Cuentos

Final fantasy

En el fondo el olvido es un gran simulacro repleto de fantasmas
Mario Benedetti

Era viernes y aprovechó la tarde para hacer compras. Había salido temprano de la oficina y el supermercado le quedaba cerca. Fue difícil ponerse de acuerdo con sus compañeros en el programa del seminario que estaban organizando, pero después de algún forcejeo habían llegado a algo. Él era el responsable. Le tocaba llamar a los expositores sugeridos para comprometerlos. Debía escribir además el texto que serviría de base para la nota de prensa y la campaña promocional. Estaba encargado también de la ponencia principal y tenía que adelantar un artículo breve resumiendo las ideas principales para usarlo como parte de la campaña. Tres meses era un plazo corto, pero el año se terminaba y esto no se podía postergar más.

Después de hacer las compras, llegando a casa se sentaría a ordenar y programar sus tareas, aunque quizás sus hijos no se lo permitirían. Si estaban tranquilos ocupados en sus juegos podría hacerlo. Si estaban inquietos, tendría que darles tiempo primero. Lo segundo era lo habitual, pero como estaba yendo antes de lo acostumbrado podría tener una oportunidad.

Lo primero, la leche. Les gustaba la leche fresca helada, pero mezclada con hojuelas de maíz azucarada. Metió al carrito una caja grande para que les dure todo el fin de semana. Luego fue por el queso, les gustaban los amarillos combinados con jamón. Compró un poco de ambos y un paquete de mantequilla. Después fue por el pan. En el pasado, el francés y el de molde era básicamente lo que se podía comprar. Ahora, en cambio, había una variedad tan grande que elegir era difícil. Pero hizo lo de siempre, cogió una bolsa grande de papel y le metió dos de cada clase hasta hacerla reventar. El empleado solía tener problemas para sellar sus bolsas, pues no hallaba la forma de empatar los bordes con la etiqueta. Ahora sí, lonche asegurado.

El carrito se desplazaba lentamente por los corredores en busca de la sección de carnes. Mientras tanto, a él le daban vueltas en la cabeza mil formas posibles de iniciar su artículo. Podía empezar con los motivos para realizar el seminario; o tal vez citando a algún autor reconocido a propósito del tema del evento; tampoco era mala idea arrancar con una anécdota personal. Dudó en ese momento si le convenía llevar un pollo entero o varias piezas sueltas. Entero era más barato, pero había después que trozarlo y sacarle la piel. Eligió llevar cuatro pechugas. Ahora tocaba ir por los huevos.

Camino a la caja se tropezó con la vitrina de helados. No resistió la tentación y metió dos litros al carrito, él moría por la vainilla y ellos por el chocolate. El lonche sería una fiesta. Entonces sonó su celular. Alberto, ¡qué coincidencia! Te he llamado con el pensamiento. Mira, estamos organizando un seminario para la última semana de noviembre y queríamos invitarte. Ah claro, tengo el teléfono de Claudia, te lo paso en este instante, pero dime si podrías ¿Sí? Genial, sabía que no me fallarías. Te llamo más luego para darte detalles, ahora estoy en la caja pagando unas compritas para la casa. ¡Saludos a la familia!

Con tres bolsas en la mano, se subió al primer taxi que estaba en espera en la puerta principal. Durante el camino no dejaba de mensajear a varios de los expositores propuestos para invitarlos y pedirles que separen fechas. Al llegar, sacó las bolsas del auto con dificultad, no quería aplastar los huevos. La leche y el pollo sumaban varios kilos y hacían bulto. Camino a su edificio siguió pensando en el artículo. Se estaba inclinando por la anécdota, pero tenía muchas en la cabeza, no le era fácil elegir una. La senda que conducía a su departamento era la de siempre y después de tantos años sus pies la conocían de memoria. No hacía falta dirigirlos.

Ahora estaba frente a la puerta. Buscó sus llaves, pero no las encontraba. Le pareció muy extraño. Las llevaba siempre en la cintura. Imposible que estén su maletín. Jamás las guardaba allí. ¿Las habría dejado olvidadas en la oficina? ¿Se les habrían caído en el taxi?

Iba a tocar el timbre de portería para que le abran la principal, después tocaría su puerta. Sus hijos le abrirían y saltarían a sus brazos preguntándole si trajo pan. Pero algo pasó. Entonces recordó y comprendió todo.

Esa ya no era su casa. Hacía una semana que había cancelado su vida allí después de una década de intentos por hacer que todo funcione bien. Su cuerpo lo había llevado hasta el edificio mientras su mente se ocupaba de otras cosas. Se quedó parado un buen rato con las tres bolsas en la mano, mientras sus pensamientos cambiaban de registro. Ahora se llenaron de imágenes que reeditaban las rutinas que más amaba, una tras otra, tirado en el piso, por ejemplo, guardando los juguetes en estricto orden después de compartir la última cena del día con los niños, o alistando luego el escenario para cerrar la noche bajo las sábanas, metidos todos en algún cuento de cerditos.

Lima, 11 de junio de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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