Cuentos

Inmersión

Aunque el agua recién empezaba a penetrar por la parte baja de la carrocería, el auto se hundía lenta e irremediablemente. El solo había pestañeado, fue un segundo, un instante apenas, no entendía o no aceptaba lo que estaba pasando, lo sentía absurdo, imposible, sus alumnos lo iban a estar esperando, era la clase final, les había mandado leer el Fedón para abrir un debate sobre el suicidio de Sócrates y se había preparado muy bien para discutir sobre todos los sentidos de la muerte. Su primera reacción fue intentar abrir la puerta, pero se detuvo al tomar rápida conciencia de lo que pasaría. No sabía nadar. Al menos ahí adentro estaría protegido por un tiempo. No sabía por cuánto. Luego sacó el celular de su maletín y llamó a su asistente, de seguro estaría ya en la universidad. No respondía. Le dejó un mensaje de voz contándole el accidente y pidiéndoles que avise a los bomberos, que vengan a sacarlo de inmediato. Di a los alumnos que me esperen, le dijo, empezaremos en la segunda hora. Luego sintió rabia, tenía los pies sumergidos y el agua seguía subiendo poco a poco sobre sus rodillas. ¿Cómo iba a dar la clase así? Se desesperó. Luego lloró. Luego respiró despacio, muy despacio, y empezó a repasar su vida.

Esa mañana se levantó muy temprano, a pesar de haberse acostado pasada la media noche. No le hacía mucha gracia tener que corregir trabajos de madrugada, la cabeza no funcionaba igual, pero había tenido tantas interferencias durante el día que recién pudo sentarse a hacer eso después del último noticiero de televisión. El verano asomaba, el sol había penetrado la ventana de su dormitorio al amanecer, iluminando de un modo muy particular los Funkos dispuestos en el borde. Tenía toda la colección de Stranger Things: Eleven, el Oficial Jim Hopper, Mike Wheeler, Dustin Henderson, Will Byers, incluso el Demogorgon, que le había sido obsequiado por sus alumnos el día de su cumpleaños. Sin insinuaciones, le dijeron.

Estaba tan distraído pensando cómo empezar la clase que debía dar a las nueve, que se le quemaron las tostadas. No era la primera vez que le pasaba eso, y estaba acostumbrado a comerlas así negritas con harta mantequilla y mermelada. El café de cada mañana tenía la paciencia de molerlo y pasarlo en su vieja cafetera francesa, con harta canela y cascaritas de naranja para que la seducción empiece con el aroma y culmine la faena con el sabor. Pero se entretuvo revisando noticias y correos en su celular mientras desayunaba y se retrasó diez minutos de su hora habitual de salir. Cogió sus llaves y fue a sacar su auto de la cochera a toda prisa.

Él manejaba un antiguo Renault azul en muy buen estado a pesar de ser un modelo del 60. Lo tenía siempre brillando por dentro y por fuera. Encenderlo cada mañana y respirar el olor a cuero encerado era uno de sus pequeños placeres antes de emprender el viaje. Colocó su maletín en el asiento de al lado mientras pensaba qué atajo tomaría. Miró su reloj por enésima vez y decidió ir por el acantilado. No era su ruta habitual, pero llegaría más rápido sin duda y gozaría de paso de una vista espectacular. Dio su último bostezo y emprendió la marcha.

La carretera de la Costa Amalfitana fue declarada patrimonio mundial en 1977. Sinuosa, con tramos muy estrechos y con tránsito en ambos sentidos, ofrece un panorama espectacular a uno de los lugares más bellos del mundo. Era tan linda como riesgosa en algunas partes, pero dadas las circunstancias era la mejor vía para llegar rápido a la Universidad de Salerno. El viejo Renault se desplazó con placer dibujando “eses” al borde del Mar Tirreno, mientras su conductor no dejaba de bostezar y no podía dejar de evocar con nostalgia los paisajes andinos de su añorada Caraz. Qué lejos del mar había nacido, pero cuán cerca del cielo.

Mientras tanto, sus alumnos empezaban a llegar y a llenar el aula. Era la última clase y al cabo de tres meses habían aprendido a amar la filosofía tanto como a su profesor. Además, le tenían preparada una sorpresa. Al final de la clase le obsequiarían con gratitud un Funko de Daenerys Targaryen montada sobre uno de sus dragones, para que pueda iniciar otra colección con los personajes de Games of Thrones. Estaban preparados, además, para fotografiar su cara de sorpresa cuando abriera la caja. Su asistente aguardaba con ellos, algo fastidiada. No recordaba donde había dejado su celular, si en el taxi que la trajo a la universidad o sobre la mesa del comedor de su casa.

Lima, 30 de octubre de 2020

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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