Gestión,  Políticas

Instrucciones para hacer fracasar una política pública

Dicen los memoriosos que antes de la llegada triunfante del Libertador San Martín al Perú, ya existían los cargos de alcaldes y regidores. No obstante, las municipalidades serían consagradas más tarde por la constitución de 1828, luego suprimidas en 1839 y restauradas catorce años después. Así, cuando Manuel Pardo es elegido presidente en 1872, estaban nuevamente activadas. Según los historiadores, Pardo fue uno de los mejores presidentes de la segunda mitad del siglo XIX, pese a que tuvo que gobernar un país al borde de la ruina. Se esforzó por afirmar la débil institucionalidad existente y avanzar hacia una modernidad basada en el bienestar material de todos los peruanos, prescindiendo de la guerra y los golpes militares. Pero Manuel Pardo también se interesó mucho por la educación, abrió numerosas escuelas y creó el primer Reglamento General de Instrucción Pública, un intento pionero por descentralizar la educación y darle alcance nacional.

Lo que la historia no parece haber registrado es un confuso episodio que habría ocurrido durante la gestión de Pardo. Dicen que antes de entregar la escuela primaria a las Juntas Provinciales y la Media a las Juntas Departamentales –órganos descentralizados que acababa de restablecer- se le habría cruzado por la mente municipalizar la educación. Dicen que llegó a preguntar a su Ministro de Instrucción Pública si los municipios podrían hacerse cargo de administrar las escuelas de su comuna. Lo animaba el deseo de que la educación mejore, alejada de los desatinos de las burocracias, habituadas a mandar desde la capital de la joven república. El ministro tomó nota del encargo y, como es natural, solicitó a sus funcionarios que diseñaran un proyecto sobre la materia.

Cuentan, además, que los desprevenidos funcionarios habrían recibido la orden con desconcierto, pero dando a su jefe todas las seguridades de tener una propuesta completa al más breve plazo. Era gente buena pero muy acostumbrada a concentrar todas las decisiones. Escépticos inveterados de la solvencia de las provincias para gobernarse a sí mismas, también sabían que no podía desacatar una orden. Solicitaron consejo, entonces, al más experimentado de ellos, un hombre sagaz y recurrente lector de «El Príncipe». El susodicho aceptó el reto y escribió, con toda la confidencialidad del caso, un minucioso y asombrosamente franco memorando con instrucciones. Este documento, si acaso es verídico, habría sido rescatado del olvido, un siglo después, de manera completamente casual.

El memorando de marras, que hoy podría servir como una guía magistral para hacer fracasar cualquier política descentralista en educación, decía lo siguiente:

«1. Busquen atajos, sean sumamente expeditivos. Muchos esperarán que hagan el proyecto en consulta con los alcaldes. No cometan ese error. Todos sabemos que los alcaldes no entienden de educación. Consultarles sería hacerles perder a ustedes su valiosísimo y escaso tiempo. Además de dinero, pues habría que hacerlos viajar desde sus alejadas localidades hasta la ciudad de Lima. Por lo demás, ustedes saben que ellos harán finalmente lo que el gobierno central les diga, les guste o no, más aún si van a recibir dinero extra por sus nuevas funciones. Sean pragmáticos y abrevien el camino. Por algo forman parte del Poder Ejecutivo del Estado peruano. Nunca lo olviden.

2. No se compliquen con los antecedentes, reivindiquen la originalidad. La experiencia de otros países en la materia podría aportarles lecciones interesantes pero también revelaciones preocupantes, recomendaciones complicadas o una larga lista de advertencias. Todo lo cual puede ponerlos nerviosos, restarles seguridad y alargar sus plazos. Por eso, tómenlo con calma. Digan que aquello que no funcionó en otro país, no tiene por qué no resultar aquí. Reivindiquen su derecho a la originalidad, recuerden que son funcionarios experimentados y apóyense en ustedes mismos. Sobre todo, interpreten del modo más fiel posible las órdenes que han recibido. Si esto no sale bien, siempre podrán decir: señor ministro, nosotros sólo hicimos lo que usted nos pidió que hiciéramos.

3. Transfieran todo, no se hagan responsables de nada. No se detengan a pensar qué funciones están a la altura de los municipios, cuáles debería conservar el Ministerio y cuáles podrían realizar de maneja conjunta. Mejor no se involucren. Después los acusarán de centralistas. Transfiéranles todas vuestras obligaciones: desde el pago del personal, compras y contratos, hasta el currículum y la calidad de lo que se aprende en las escuelas. Sería ideal que el Ministerio diseñara soluciones a los problemas mayores, pero esa es una tarea compleja, toma tiempo, puede no salirles bien y los va a distraer de sus otras ocupaciones. Transfieran todo tal como está. Si sale mal, ustedes podrán decir: señor ministro, les dimos todas las facultades, son los alcaldes quienes deben responder.

4. No hagan diferencias entre municipios pobres y ricos. Algunas municipalidades son pobres y tendrán por eso más dificultades que otras para cumplir este nuevo rol. Pero no carguen ustedes con esa preocupación. Un proyecto debe demostrar que funciona en toda clase de realidades. Que cada uno pida al Ministerio lo que necesite para administrar bien sus escuelas, si fundamentan bien les darán dinero, si no es problema de ellos. Y si a pesar de todo no les alcanza, que el alcalde busque fondos adicionales, el verá de dónde. Si no lo logra, será su responsabilidad. Así se aprende.

5. Diluyan al máximo las responsabilidades hacia abajo. Hagan corresponsables de la administración escolar a los directores de las escuelas, a las familias, a todos los vecinos. Que formen una junta y decidan sobre todo. Una medida como esta los prestigia a ustedes como promotores de la democracia y, por añadidura, delega a ellos toda responsabilidad por sus malas decisiones. Ustedes saben que el alcalde más voluntarioso puede verse desbordado por la cantidad de temas que debe resolver con su junta de vecinos y directores, más aún cuando no tienen el tiempo ni los conocimientos suficientes. Así, todos podrían terminar achacándose mutuamente la responsabilidad por sus errores. Entonces, ustedes podrán decir con genuino pesar: señor ministro, todo está en manos de ellos, penosamente, así es la democracia.

6. Escuchen a todos, pero manténganse fieles a sus propias ideas. Una vez conocido, habrá muchas personas que quieran alcanzar una opinión o una crítica a su proyecto. Reúnanse con todos, escuchen todos los puntos de vista, anoten toda recomendación, agradezcan toda sugerencia. Pero manténgase fieles a sus propias ideas. Recojan sólo ideas colaterales que no contradigan la esencia de su propuesta. Una cosa es criticar desde fuera y otra es estar adentro. Nadie sabe mejor que ustedes lo que conviene hacer, nunca lo duden. Pero escuchen y sonrían a todos siempre. Así podrán decir después: señor ministro, nos reunimos con todos y hemos tomado en cuenta sus aportes.

7. Resérvense siempre la última palabra. Guárdense para ustedes la potestad de normar. Así, si las cosas se salen del carril y empiezan a tornarse inconvenientes, van a tener poder para cambiar las reglas de juego y evitarse problemas. Que ellos decidan todo en sus respectivas localidades, pero las pautas y los límites pónganlos ustedes. En cualquier controversia ustedes pueden enviar una directiva esclarecedora. Claro, ustedes saben que las normas en el Perú suelen desconocerse o malinterpretarse, así es que siempre podrán decir: señor ministro, la norma que expedimos es sumamente clara, los problemas se han producido porque ellos no la han sabido aplicar.

8. No importan los resultados inmediatos, sino que se aprecien sus esfuerzos. Si ustedes, con toda su experiencia, no han podido hacer de la educación nacional algo mejor de lo que es hoy, menos lo podrán hacer los alcaldes. Además, hablemos claro, estando el país como está, la educación pública no va a mejorar de la noche a la mañana y eso es culpa de otros. Así es que, lo mejor que podría ocurrir con este proyecto es que sean reconocidos como funcionarios laboriosos que han puesto lo mejor de sus esfuerzos por descentralizar la educación y resolver sus viejos problemas. Siempre podrán decir: señor ministro, se hizo el máximo esfuerzo posible, pero lamentablemente circunstancias ajenas a nuestros deseos no han permitido llegar más lejos.

9. Entreguen informes optimistas y destaquen sólo lo bueno. Si las cosas empiezan a ir mal y los problemas se vuelven inocultables, digan que hay que tener paciencia con los alcaldes, que toda obra humana es imperfecta, que todo se va ir solucionando poco a poco y que los procesos en educación son de largo plazo. Enfaticen la seriedad de su proyecto, reiteren que fue ampliamente consultado, destaquen sus pequeños logros, minimicen sus deficiencias. Cuando el Presidente o el Ministro se den cuenta de la inviabilidad de todo esto, ya será imposible volver atrás y se van a ver obligados a repetir con ustedes que todo marcha bien. Ustedes saben, además, que el siguiente ministro o presidente podrán desconocerlo y anularlo todo. Cuando eso ocurra, ustedes seguirán allí y adivinen a quienes encargarán las nuevas autoridades hacer el nuevo proyecto».

Que se sepa, un plan municipalista así concebido, nunca fue implementado durante el gobierno de Pardo. Lo que hace suponer, si acaso la historia que me contaron es cierta, que nunca se llegó a diseñar, quizás por la negativa de los funcionarios del Ministerio de Instrucción Pública a acatar tal memorando. Pero si llegó a existir como propuesta, quizás fue rechazada de manera enérgica por el Presidente Pardo, un hombre demasiado inteligente como para recibir gato por liebre. Lo que preocupa en verdad, es el destino que pueda haber corrido con el tiempo este memorando, si en realidad existió, y el uso inescrupuloso que podría hacerse de el.

Luis Guerrero Ortiz
El río de Parménides
Foto: Fondo Editorial del Congreso del Perú
Lima, 30 de abril de 2007

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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