Naddia Altamirano

La apuesta

Varias veces visité la casa de Carmen. Los trabajos escolares, nos tomaban largas horas en las tardes. Vivía con su mamá, dos hermanitos y un padrastro con presencia intermitente. Su mamá salía muy temprano, trabajaba como enfermera en el seguro social. Carmen me contaba el drama de ser hermana mayor, las cosas que tenía que asumir siendo aún una niña.

Como una ardillita asustadiza y curiosa, se colgaba de mi brazo, sus profundos ojos oscuros atisbaban el mundo con temor. Bajita y regordeta, aun así, parecía ser una chica mayor.

Se formó una relación muy estrecha, parecida al engreimiento entre una niña con su muñeco favorito. Yo era su payaso, su muñeco que la hacía reír. A cambio, me daba un chocolate, un comentario, una celebración de sus risas y palmoteos, pero creo, más bien una cataplasma a la herida abierta de su corazón de adolescente incomprendida.

Pasado un tiempo, me sentí forzada a hacerla reír todo el tiempo y me negué a seguir haciendo más bromas para su diversión.

Un día, mientras acariciaba mi largo cabello, me dijo. ¿Ambas somos muy amigas no? Claro. Nuestra amistad durará for ever and ever, agregó y puso esos escritos que colocaban las adolescentes en la contratapa de los cuadernos: – odio, + amor, x siempre ÷ las dos.

¿Qué pasa si de un día para otro dejo de hablarte de la nada, insistirías en hablarme? Claro, normal, no me hago problemas con esas tonterías.

Un día llegó al aula, se sentó a mi lado, no saludó, clavó la mirada en la pizarra, volteó, no me miró a la cara sino como si fuera un mueble arrimó sus cosas. Ok, estás haciendo el juego ese- le dije y seguí escribiendo en mi cuaderno.

Al día siguiente, igual. Pasados unos días más, le dije que ya era bastante tiempo y teníamos que ponernos de acuerdo para hacer un trabajo. Como si fuera una grabadora, sin mirarme, respondió: He pedido al profesor hacer el proyecto sola.

Ok, sigues con el asunto, pensé. A la semana siguiente mantuvo su actitud. Luego me llamaron a otro grupo y me fui a hacer el trabajo con otras chicas. Al retorno, le pregunté cómo le había ido en el proyecto, pero su mirada seguía apuntando al frente, una espesa nube de tristeza se dibujó en sus ojos.

¿Qué espera que haga, que le pida perdón?, ella empezó este juego – les comenté a nuestras amigas comunes y se entrecruzaron opiniones: Sí, háblale. Ya le hablé. Pero háblale bien.

Tal vez porque me había cansado o por lo voluble que suelen ser las amistades adolescentes, me hice amiga de otras chicas menos complicadas. Pasaron los meses, se acercó el fin de año y no nos habíamos vuelto a hablar. En la fiesta de Promoción, tampoco.

La tristeza y fastidio inicial de su alejamiento, pasó al olvido, gané otras amistades.

Carmen, toda pequeñita y silenciosa se fue alejando de todas tratando de pasar desapercibida.

Una semana antes de finalizar las clases, me encontré con su madre, ella al parecer ignoraba este alejamiento y me pidió visitara su casa, “su marido, al fin había desaparecido, no había más peleas que temer, su hijita me consideraba su mejor amiga y me echaban de menos”.

Entonces, muy contenta, busqué a Carmen en el recreo, la saludé, le conté que había visto a su madre. Mi saludo cayó en costal roto.

Pregunté a las compañeras qué es lo que pasaba.

Ella cree que no has considerado su amistad tan importante como para insistir y buscarla.

¿Qué cosa quiere, que le dé un beso en el poto? He tratado de hablarle muchas veces y nada.

Ok, pero háblale bien- sugirieron.

Tal vez porque no se sintió convencida que la amistad valía la pena o porque se ofendió con la frase grosera, ella tampoco se acercó.

Muchos años después la encontré en una institución pública, sentada en la sala de espera. Ambas: señoras con hijos, sospecho.

Me alegré de verla y tal vez porque no me sentía en falta o no domino el arte de hacerse el loco para evitar a un conocido o lo considero una pérdida de energía y tiempo, decidí hablarle. No terminé de pronunciar la primera sílaba de su nombre, el muro frío de su cara me detuvo, viró su cabeza, su mirada quedó clavada en la ventana cerrada de la sala.

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Psicóloga que se ha desempeñado en el área educativa y social comunitaria en instituciones privadas y estatales entre ellas el MIDIS, COARs y proyectos sociales de la Fundación Telefónica y ONGs, tanto en trabajo de campo, de orientación clínica y de coordinación dirigido a niños, niñas y familias. En todas las labores ejercidas en diversos espacios, le ha interesado sobre todo observar, escuchar y conocer la naturaleza humana, asombrándose siempre de sus creaciones y misterios. De lo que se siente más orgullosa es haber logrado "una habitación propia" y haber redescubierto, la placentera soledad de leer y escribir. Ejerce paralelamente, la experiencia de ser mamá de Cristóbal, el descubridor de mundos. Sin proponérselo, ha participado en una publicación colectiva de relatos escritos para El Mundial de Escritura, «Relatos Valientes de mentes peligrosas» (2021). En «Secretos del arte de narrar» (2018), selección de relatos de un taller dictado por Petroperú, se publicó su primer relato.

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