Cuentos

La bala atrapada

Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros 
La otra es creer que todo es un milagro
Albert Einstein 

Denisse había desaparecido hacía tres días y estábamos a 24 horas del espectáculo. Al principio pensé que estaba enojada conmigo, pues habíamos discutido un poco sobre los números de esa noche y no había aceptado ninguna de sus sugerencias. Al segundo día, sin embargo, la estuve llamando a toda hora y su celular estaba siempre apagado. El resentimiento no podía durarle tanto. Además, teníamos la responsabilidad del show, ella nunca me abandonaría en estas circunstancias. Desde que nos asociamos hace tres años, nunca he salido solo a escena y ella jamás me ha fallado. El tercer día llamé a sus padres y ellos me dijeron que no sabían nada de Denisse desde el lunes que vino a mi taller. Aunque me resistía a pensar que algo malo le hubiera pasado, mi angustia era mayúscula y la noche del jueves estaba al borde de la desesperación.

Matías hablaba con dificultad, en parte por el efecto de la anestesia, aunque esforzándose por acentuar sus palabras y por acompañarlas con el movimiento desordenado y enérgico de su mano izquierda. No era para menos. Tenía el hombro derecho fracturado por un impacto de bala que, en realidad, iba dirigido a su corazón. Había pasado una noche dolorosa e incómoda, pero ya era de día y el cuarto del hospital, habitualmente sombrío, lucía radiante con las cortinas abiertas de par en par.

Fue entonces cuando ella reapareció –continuó su historia. ¡Matías! ¡Matías!, gritaba mientras echaba la puerta abajo de mi casa. Eran las once de la noche. Usted es el mago Matías, ¿verdad?, me preguntó, antes de que pudiera decirle nada. Denisse, ¿qué te ocurre, dónde has estado?, alcancé a responderle, claro que soy yo. ¡Escúcheme! He venido a advertirle, ¡no vaya al teatro mañana, se lo suplico! Su voz sonaba extraña y su tono era desgarrador. Pasa por favor, le dije, necesitas calmarte. Pero ella se negó a entrar, me dijo que no podía quedarse, que por favor cancele la función y que no me ponga a tiro. Luego desapareció a toda prisa y no tuve chance de seguirla.

Lo que el mago contó después, arriesgándose a incitar los prejuicios de su interlocutor, es que la semana anterior recibió la visita de Mariano Fortini, un médium argentino muy conocido que estaba de paso por Lima camino a Nueva York. Este personaje quiso conocer al gran Matías y lo buscó para charlar un rato. Lo llevaron a almorzar al Malabar, el famoso restaurante de Schiaffino, y se quedaron conversando toda la tarde. A las seis, Matías se despidió porque debía ir a ensayar, pero Denisse quiso quedarse a continuar la plática, fascinada con las insólitas anécdotas del visitante. Fortini, un barbudo y melenudo psicólogo clínico de unos 40 años, tenía la cualidad de comunicarse con los muertos, desde los seis años podía verlos, hablar con ellos, soñarlos y tener visiones de sucesos ya ocurridos o que estaban por ocurrir.

Denisse siempre fue una muchacha particularmente sensible. Una vez cuando era niña, estando sola en casa, vio a su abuelo caerse por las escaleras. Rogó después a su madre que no lo dejen subir sin compañía cuando venga a verlos. Pero no le hicieron caso y a los pocos días el abuelo llegó de visita, subió a la terraza y se rodó seis escalones. Sólo se rompió un brazo, pero ella quedó muy asustada por haber anticipado la escena con tanta exactitud. Aunque el abuelo había muerto ya hacía varios años, Denisse sentía siempre su presencia y quería que Mariano la ayude a comunicarse con él. Matías los dejó conversando de todo esto. Fortini partía esa misma noche a los Estados Unidos.

Los días posteriores –prosiguió Matías su relato- ella se mostró muy alterada y ansiosa durante los ensayos, aunque no sabía explicar por qué. Estaba muy susceptible, discutía por todo y se puso a objetar cada idea previamente acordada sobre el show del viernes. Yo le explicaba que era imposible a esas alturas hacer variaciones, pero ella insistía sin darme razones. El martes ya no vino al taller y sólo apareció fugazmente el jueves por la noche, como ya le conté.

Ayer viernes, el Teatro Británico estaba repleto de espectadores, familias enteras, muchos niños. Los diarios habían sido muy generosos conmigo y habían abundado las notas destacando las cualidades del espectáculo. La expectativa era enorme. Yo, sin embargo, tuve que improvisar apoyos de última hora porque Denisse no apareció. Sinceramente, estaba tan preocupado por su paradero y por la presentación de esa noche, que no tuve la tranquilidad necesaria para atar cabos ni reflexionar sobre sus advertencias.

El número principal del show era el de la Bala Atrapada, un truco que consistía en recibir un disparo de un revólver cargado con una bala marcada, simular el impacto y después escupirla sobre un plato y permitir que la gente compruebe que, en efecto, se trataba de la misma bala. Lo ensayé muchas veces, lo había hecho antes, todo estaba bajo control.

Como era habitual, pedí un voluntario para que haga el disparo y un joven sentado en la platea, de unos 25 años, muy bien vestido, se paró sin titubear y se dirigió raudamente hacia el escenario. Estaba tan concentrado en mis propios movimientos que en verdad no me di cuenta en qué momento sustituyó mi arma por la suya, pero en el instante en que me apuntó recordé las palabras de Denisse la noche anterior: que no me ponga a tiro. Entonces, abandonándome a mi instinto e impulsado por un temor inexplicable, rompí el protocolo del acto y me incliné un poco hacia mi izquierda. Es por eso que la bala me dio en el hombro. De lo contrario, ahora no estaría hablando con usted señor comisario.

Llegado a este punto de la historia, el mago detuvo su relato. Respiraba ahora con agitación y apretaba con fuerza el puño de la mano izquierda. El policía llamó a la enfermera y lo conectaron al balón de oxígeno de inmediato. Recordar los hechos le había acelerado el ritmo cardíaco. Valgan verdades, la Bala Atrapada, un ingenioso ardid que se empezó a practicar como acto de magia desde tiempos remotos, había cobrado muchas víctimas a lo largo de su historia. El mago Raoul Curran, por ejemplo, fue asesinado en 1880 por un espectador que le disparó desde su asiento con una pistola real, para comprobar la veracidad de sus habilidades. El mago Michael Hatal murió en 1899 porque no logró cambiar a tiempo las balas verdaderas por las falsas. Al llamado Mago Negro del Oeste, en 1922, su propia mujer le disparó adrede con balas genuinas sobre el escenario.

Pero Matías, un hombre obsesivo y minucioso, tenía todo preparado para que nada malo pudiera ocurrir. Las balas que usaba no eran de plomo ni estaban cargadas de pólvora. Además, nunca había sentido la animadversión del público como para sospechar de un atentado, todo lo contrario, la gente lo quería. ¿De dónde salió ese loco? ¿Por qué quiso lastimarlo? ¿O acaso quiso ponerlo a prueba, como al Mago Curran?

El médico llegó de pronto y le pidió al comisario retirarse del cuarto. Había sido suficiente interrogatorio por ese día. Pero Matías estaba muy preocupado por Denisse, quien seguía no habida. Sus padres ya habían denunciado su desaparición. Entonces se quitó la máscara de oxígeno y le dijo al policía con la voz quebrada, vaya por favor al 698 de Fernando Castrat, en Surco, esquina con Nicolás de Piérola. Esa casa está deshabitada. Busquen allí a Denisse y si la encuentran –ojalá no me equivoque- díganle que no he muerto, que abandone sus miedos y que le debo la vida.

En efecto, la policía partió en su búsqueda y encontró a la bella joven exactamente donde el mago les dijo. Estaba arrinconada y sollozando en una esquina oscura y sucia de la sala de esa vieja casa abandonada. ¿Cómo pudo él saberlo, así de pronto? Desgreñada, sucia y con signos de deshidratación, la muchacha estuvo desconcertada durante largos minutos, sin saber quién era ni qué hacía allí. Estalló luego en llanto cuando le contaron que Matías estaba en el hospital y preguntaba por ella. Suplicó que la lleven donde él.

Grande fue la sorpresa del comisario cuando verificó que el inmueble donde la hallaron había pertenecido a su abuelo. El policía entonces recordó que, según el relato de Matías, la noche del jueves, cuando Denisse lo visitó en su casa, no parecía ser ella misma. Ni siquiera tenía la plena certeza de quién era él y le pidió una confirmación antes de hablarle. Recordó también que la chica le había pedido al médium argentino entrar en contacto con su difunto abuelo.

Pero no, ¡qué tonterías! Se estaba dejando sugestionar –impropiamente- con la historia encandilada de ese extraño señor. Lo que puso en su informe al final es que la joven había sufrido un episodio de amnesia temporal y que el instinto la había llevado a refugiarse en la antigua casa de su abuelo. Era sin duda la hipótesis más racional. Naturalmente, para evitar preguntas incómodas de sus superiores, omitió mencionar que el dato se lo había dado nada menos que su socio. Y aunque nunca dejó de intrigarle, prefirió no hacerse más problemas con eso. Razón tenía el Rey, pensó, cuando le dijo a Alicia que lo bueno de las cosas que no tienen sentido, es que nos ahorran la molestia de encontrarle alguno.

Autor: Luis Guerrero Ortiz
Fecha: Lima, 23 de mayo de 2014
Fotografía © Peksnita/ www.flickr.com

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

5 Comments

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    Ocongateño

    Maestro Luís, muy intersante éste relato.
    Felicitaciones…
    En la IE Gran Mariscal Andrés Avelino Cáceres, impulsamos la estrategia "avelino lee", si me permite voy ha utilizar éste relato para trabajar con los estudiantes.
    Atentamente
    Nilo Achahui Almanza
    Director

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    Ocongateño

    Las políticas educativas, deberían reajustarse para implementar una "EDUCACIÓN PARA LA INCERTIDUMBRE", pues no sabemos a qué nuevos retos se enfrentarán nuestros estudiantes, o qué necesidad laborales habrá; muy a pesar que se predice, sin embargo la duda es ¿que sociedad espera a los estudiantes del 1er grado de primaria que éste 2014 empiezan sus estudios y concluirán la EBR el 2024?, entonces un joven que termina su 5to grado de secundaria cómo se articulará a la educación superior ¿qué carreras universitarias se ofertarán o qué carreras ya no habrán, etc. Nilo

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    luisguerrero

    Nilo, muchas gracias por tus comentarios y reflexiones, para mi sería un honor que leas mis cuentos a tus alumnos, me cuentas después qué reacciones suscitó. Y es verdad lo que dices, hay que aceptar que la incertidumbre es parte de la vida y que nunca se puede tener todo bajo control. Un abrazo.

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    luisguerrero

    Sebas muchas gracias! Me alegra mucho, no sabes cuánto, saber que lees mis cuentos y que te agradan. Eso me motiva a esforzarme cada vez más a contar historias que puedan despertar el interés de un lector exigente como tú. Un abrazo enorme!

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