Cuentos

La esquina maldita

La noche y el amanecer sonaban de manera diferente. Su reloj aún no marcaba las seis de la mañana y la campana persistente del camión recolector de basura la obligaba a levantarse para sacar las bolsas de rigor. No bien había vuelto a su cama los gritos de ¡papaya casera, papaya, lleve papaya a seis soles la caja!, la hacían levantarse de nuevo. Era una oferta demasiado tentadora. Cada semana compraba su cajón, así no le alcanzara la vida para consumir seis papayas ella sola hasta la semana siguiente. No eran los únicos camiones mañaneros que pasaban anunciando algo e interrumpiendo su sueño, pero a pesar del disgusto, le hacían el favor de ponerla en pie para alistarse y salir a tiempo al trabajo.

La noche era otra cosa. El chirrido metálico de las carretillas desaceitadas cargando desmonte, el ruido de la tierra, las piedras y los ladrillos rotos descargándose sobre el suelo, los gritos y las risas de los peones, eran ruidos a los que podría haberse acostumbrado sin mortificarse. El detalle es que los escuchaba cada noche exactamente detrás de su casa, pues gracias a la oscuridad de esa esquina era el lugar elegido por ellos para depositarlos. No era una estación transitoria, previa a su evacuación del barrio. Era su destino final.

Hay una teoría, la teoría de la ventana rota, que dice que cuando un vidrio se rompe y no se repara nunca, inexorablemente, se irán rompiendo los demás. Es el axioma del descuido y era el que regía en el vecindario. Más de un vecino estaba haciendo obras en sus viviendas, si no eran reparaciones, levantando un cuarto o un piso nuevo, techando o derrumbando paredes para levantar otras. Ella misma había construido un cuarto adicional en su casa, pero pagó a una persona para que lleve el desmonte al botadero municipal. Sus vecinos tenían una idea más práctica. Cuando alguno de ellos mandó tirarlos a la espalda de la casa de Marta por primera vez, al ver que esa osadía no tuvo consecuencias, los demás harían lo mismo.

Ella se cansó de reclamar puerta por puerta. Nadie admitía la culpa. Mientras tanto, el desmonte se había acumulado hasta llegar a la altura de la pared, lo que ofrecía la escalera perfecta para que cualquier amigo de lo ajeno pudiera entrar y salir de su casa con toda comodidad. No estaba preocupada. Estaba indignada. También asustada.

El barrio era muy religioso. Practicaba esa clase de religión que supone festejos, homenajes, donaciones y un sinnúmero de creencias singulares, entre otros ritos variados, con la sola excepción del amor al prójimo. A Marta misma le habían dicho que debía arrojar lentejas al techo del cuarto que acababa de construir en el patio de su casa para atraer la suerte. Lo hizo, pero lo que atrajo fueron palomas, que retribuyeron el alimento sembrando el techo con lo único que estaban en posibilidad de ofrecer. Ella sabía también que en cada obra terminada la bendición del cura era un ritual de rigor. Algunos le decían que debía arrojar monedas en los cimientos para que nunca falte el dinero. En la Grecia del siglo XVII se echaban a los cimientos la sangre de un animal y al animal mismo. Los antiguos enterraban personas. En Bolivia se hace un sahumerio previo por si acaso habitara el terreno el alma atormentada de algún difunto.

Salvo las lentejas, ella no prestó oído a ningún procedimiento parecido. Pero sabía que la idea de las almas vagabundas era muy popular en el vecindario. El propio albañil que levantó su cuarto, en efecto, le había dicho que algunas noches había visto con sus propios ojos a una mujer horrenda caminando sin rumbo por las calles aledañas.

Una noche, acostada ya y en trance de dormir, sintió ruidos que parecían venir de su propia casa. Su perro se puso en alerta y empezó refunfuñar. Su primera reacción fue levantarse y colocar una silla detrás de la puerta de su habitación. Asomó discretamente por la ventana y le pidió a su perro que se calle, quería escuchar. Sabía que terminarían metiéndose a mi casa, pensó. Los ruidos cesaron, pero ella no pudo volver a dormir. Al amanecer revisó y comprobó que todo estaba en su sitio, había sido falsa alarma. Pero no estaba dispuesta a volver a vivir el terror de esa noche. Algo se le debía ocurrir.

—Vecina, ¿escuchó usted unos ruidos extraños anoche?
—No vecina, no oí nada. Pero a veces se escucha, dicen algunos que esto fue antes un cementerio y que las almas se pasean

La bodeguera le dio un dato que ella no sospechaba.

—Vecina, me dijeron que a veces se ve por aquí una mujer horrenda, ¿ha oído hablar de eso?
—Por supuesto, yo no la he visto pero mi esposo dice que él sí, algunas noches.
—¿Y otros vecinos la han visto?
—Sí vecina, por suerte yo nunca, ¡Dios no lo quiera!

A la semana siguiente, los albañiles reanudaron su rutina nocturna y se volvió a escuchar la bulla del vaciado del desmonte detrás de la vivienda de Marta. Eran tres carretillas que iban y venían chirriando a más no poder con renovado cargamento. Pero esta vez, algo distinto ocurrió. En uno de sus viajes, en esa calle oscura, de faroles estropeados y en noche de luna nueva, vieron aparecer la silueta de una mujer encapuchada con el rostro y el atuendo completamente blancos dirigiéndose lentamente hacia ellos. Los muchachos, que conocían bien la historia de la mujer horrenda, corrieron en distintas direcciones dejando abandonadas sus carretillas. Dicen que desde es día ningún trabajador de construcción civil aceptó volver a poner un pie en esa esquina, una esquina que la consideraron maldita.

Esa noche, sin embargo, lo que más lamentó Marta era haberse gastado absolutamente toda la crema blanca desmaquillante con la que hacía su mascarilla facial antes de acostarse.

Lima, 7 de abril de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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