Relatos

La gallina, la galleta y la educación

En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón
Edgar Allan Poe (1809-1849)

No sé de dónde salió, pero me enterneció verla picando desesperadamente el polvo y las piedritas del camino. Pobre gallinita, pensé, en esta senda tan trajinada de tierra muerta no hay nada que se parezca a un alimento. Entonces empecé a trozar sobre el suelo la galleta de soda que tenía en la mano. Hacía hambre a esa hora de la mañana, y en esa comunidad de colonos ni en los alrededores de Puerto Esmeralda había bodegas ni tiendas de ninguna clase, pero podía compartir al menos una.

La gallina se abalanzó sobre la galleta y empezó a picar el suelo a una velocidad asombrosa. Cuando no quedó nada trocé otra y la gallina siguió comiendo, supongo con felicidad. Pero de pronto se frenó. Levantó la cabeza y se mantuvo unos segundos en posición de alerta, como si alguien o algo se acercara. No había nadie a nuestro alrededor. Yo estaba al pie del río y mis compañeros estaban tan alejados que se les divisaba empequeñecidos. Acto seguido, el animal partió a la carrera hasta desaparecer de mi vista.

No alcanzaba a comprender qué la hizo abandonar la escena de ese modo, dejando parte de la galleta en el suelo. Yo no había hecho ningún movimiento brusco, no se había escuchado ningún ruido fuerte, nadie se había acercado, no había motivo para huir. En fin, mi cabeza se enfocó en los temas del taller que estábamos ofreciendo a los docentes del valle, en los tallarines que volveríamos a tener en la mesa del almuerzo, en el calor insoportable de esa mañana y en el frío con que nos sorprendería la noche, cuando de pronto la veo regresar a toda carrera. Pero no venía sola. Detrás suyo corría una manada de pollitos.

Siempre había imaginado a las gallinas como animales muy básicos y no sabía si lo que la vi hacer en ese momento podría calificarse como un acto inteligente -aunque ahora creo que lo era- pero sí como un acto de amor. Había sido testigo de asombrosos gestos de cuidado con sus crías en mamíferos, también en palomas, pero ¿en gallinas? Después he asociado el hecho a una frase de Humberto Maturana, cuando decía que el amor es una emoción que amplifica el campo de nuestras percepciones y hace que el mundo en todos sus matices emerja ante nuestros ojos. Esta gallina estaba hambrienta, era evidente. Pero cuando vio que yo seguía partiendo más galletas entendió que había allí una fuente de alimentación a la que se podía recurrir sin riesgo y fue a traer a su prole con confianza.

Caroll Gilligan llama ética del cuidado a un tipo de desarrollo moral que instala en nosotros la disposición a incluirnos, a nosotros mismos y a otros, en la responsabilidad del cuidado. No sé si esto aplica para las gallinas, no creo que Gilligan lo haya imaginado así, pero lo que sí creo es que no aplica para nuestras escuelas. Los niños recluidos en estas instituciones son obligados más bien a rivalizar por el mérito y a que cada uno responda por sí mismo. La gallina de esta historia, estoy seguro, no llevaría allí a sus pollitos.

Lima, agoto de 2008

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

2 Comments

  • Jorge Rafael Cáceres Sánchez

    En la actualidad hay aún muchas instituciones que continúan otorgando diplomas de 1er lugar y 2do lugar al término del año escolar, manifiestar que siempre estuve en desacuerdo con esta práctica

  • Maria Teresa Moreno

    Me encantó tu relato. Sobretodo tu capacidad de asombro y de observación, los animales tienen un instinto de cuidado, las gallinas protegen a sus pollitos y los alimentan, cuando ya son grandes los dejan ir. Si los seres humanos aprendieramos a cuidar a nuestros hijos, dandoles seguridad afectiva, crecerían seguros de si mismos, con capacidad de explorar e interactuar con su entorno de manera autónoma. Es importante que el cuidado pueda que sea un instinto de sobrevivencia pero lo que marcará la diferencia es la calidad de los cuidados.

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