Ensayos

La madurez invisible

Alguna vez me intrigó lo lento que se siente el avance de los aviones en el aire, como si flotaran en vez de adelantar. Hasta que un amigo me invitó a mirar por la ventanilla y a reparar en que lo que se iba dejando atrás en breves lapsos de tiempo, no eran los postes de luz de una carretera sino cerros y ciudades. Entonces descubrí que se puede caminar por la vida sin mirar el camino y sin darnos cuenta de la cantidad de territorio conquistado con nuestros propios pies. Quedándonos con la sensación, además, de estar suspendidos en un tiempo eterno, sin haber ganado un metro de sabiduría o de felicidad más allá de la edad.

Si pudiéramos conversar con los que fuimos antes, durante nuestro primer amor adolescente, en los desconciertos aurorales de nuestra vida universitaria, en medio de la primera crisis laboral de nuestra vida adulta o en el umbral de las rupturas más dolorosas, podríamos pedirles que nos hagan las preguntas que entonces eran fuente de angustias inabarcables. Acaso nos sorprendería el sentirnos en capacidad de responderlas todas con rotunda facilidad. Y tal vez, nuestros bisoños alter egos sonreirían extrañados ante las interrogantes que nos perturban ahora.

Es que no mirar el camino es no sólo perderse el paisaje y las siempre instructivas incidencias de la ruta, sino instalarse en la ceguera respecto de nuestros propios progresos. Como si la única realidad posible ante nuestros ojos fuese la distancia que nos falta recorrer y el único pensamiento válido el que se enfoca en los destinos a los que nos falta llegar. Si mirar hacia adelante suele tener muchas ventajas, no mirar nunca para atrás tiene siempre sus costos.

Será tal vez porque hemos tenido al lado desde niños a alguien que nos recordaba todo el tiempo lo que no habíamos hecho todavía, será porque hemos vivido siempre al límite entre lo que necesitábamos o deseábamos y lo que no podíamos alcanzar, pero lo cierto es que resulta muy común olvidar lo que fuimos y lo que tuvimos que ganar o perder y construir, enteramente a mano, para ser lo que ahora somos. La consecuencia de esta crónica falta de memoria es una desazón atravesada en la garganta que nos rebaja todo el tiempo la confianza y convierte en ilusión cualquier atisbo de esperanza en llegar más lejos.

No hay en verdad hazaña, grande o pequeña, que se haya emprendido ni alcanzado sin partir de un estado inevitable de insatisfacción. Pero una cosa es la ansiedad e incertidumbre que nace de la ambición por cruzar la línea del horizonte y otra muy distinta esa falsa sensación de estancamiento y desventura que no nos deja inventariar –ni utilizar- los réditos de nuestra propia experiencia, apagando a cada instante el fuego de nuestras aspiraciones.

Algún día se inventará un espejo bastante más completo y útil de los que ahora existen. Uno que sea capaz, por ejemplo, de reflejar con nitidez no sólo las líneas del rostro o de la mano, sino también el puntaje acumulado en el duro oficio de vivir, con bonus incluido. Mientras no esté a la venta, no nos quedará más remedio que hacer el esfuerzo de bucear en nuestro lado oscuro, para recuperar la evidencia, por ahora invisible, de nuestros mejores aprendizajes.

Lima, 10 de octubre de 2010

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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