Cuentos

La muñeca de trapo

Mas luego despierto, tú no estás conmigo
Solo está mi almohada
José José

La almohada era deliciosa. De unos noventa por treintaisiete centímetros, rellena de placas de algodón fino, bastante firme pero fresca y agradable a la vez, de esas que tienden a quedarse planas y permiten la movilidad de la cabeza. Estaba forrada con una funda preciosa, una mezcla de serigrafía tradicional con procesos de estampado moderno. La funda tenía el dibujo de una niña-princesa de cabellos negros, ojos redondos y sonrisa tierna. Tenía un vestido amarillo que caía sobre su cuerpo como una campanita y una coronita dorada reposaba sobre su cabeza.

Mi padre me la regaló al cumplir doce años. No sé si la compró o la mandó hacer, porque no vi después nada igual, pero coincidió con esa cadena de extraños sucesos que ahora quiero contarles. De niña, la oscuridad me horrorizaba. Papá se fue de casa cuando tenía ocho años y con su ausencia, se acabó la rutina del cuento a la hora de dormir, un hábito que no sé cuándo empezó porque todos mis recuerdos de esa época lo tienen a él a mi lado, leyéndome hasta quedarse dormido.

Mi madre, siempre apuradita, no continuó esa tradición, me mandaba a dormir a las nueve, me apagaba la luz y se marchaba a hacer sus cosas. Más tarde descubriría que el miedo a la oscuridad puede ser un síntoma de ansiedad por la separación. Es posible. La hora de dormir se había asociado siempre a la luz de mi lámpara, a los cuentos, a la voz de mi padre. La oscuridad vendría después asociada a la nostalgia y a la huida ritual de mi madre hacia el mundo de luz que estaba detrás de la puerta.

Dicen que a partir de los nueve años, el miedo a la oscuridad disminuye. El mío nació poco antes de esa edad y vino con pesadillas repetidas. Las cosas eran más o menos así: el techo de mi habitación se iba poniendo cada vez más negro y me iba atrayendo hacia él de manera irresistible. Me trasladaba entonces a un mundo de extrañas criaturas que me miraban con indiferencia. Ninguna me asustaba, pero provocaban en mí una soledad infinita. Mis noches, desde entonces, estaban rodeadas de oscuridad y desagradables seres, que me ignoraban o miraban feo.

A partir de mis doce años, un personaje nuevo entró en mis sueños. La hora de dormir seguía trasladándome a ese mundo de sombras, pero esta vez yo aparecía con una muñeca en mis manos. Era de algodón, con un vestidito amarillo de tela fina y sus cabellos negros de lana formaban dos colas sujetas con cinta verde. Su compañía me daba seguridad. Desde entonces, las pesadillas se fueron espaciando más, en cada mal sueño esa muñeca de trapo estaba siempre a mi lado, dándome valor para enfrentarme a todo.

A mis 14 años, estando ya en tercero de secundaria, nos fuimos una semana de campamento con todos mis compañeros a una de las playas del sur. Era la primera vez que dormía fuera de casa y estaba entusiasmada. Lamentablemente, a pesar de la buena onda de los días, mis pesadillas regresaron en las noches. Esta vez era un negro mar el que me envolvía, me veía sumergida en un mundo plagado de criaturas marinas horrorosas. La muñeca no aparecía.

Ya en casa, le conté a mi madre del retorno de los malos sueños. Me dijo que visitaríamos al psicólogo esa semana. Esa noche en casa, la primera después del campamento, las olas oscuras volvieron a aparecer en mis sueños, pero esta vez volví a tener la muñeca en mis manos. Con ella, recuperé esa sensación de seguridad que me daba su compañía.

He discutido el tema con mi psicólogo en muchas ocasiones, pues esta experiencia se repitió años después durante mi paso por la universidad. Las veces que me ha tocado dormir fuera de casa, he despertado agitada por mis pesadillas y sólo cuando dormía en mi cama, mis noches recuperaban la paz. Me ha explicado que la muñeca soy yo misma, esa niña segura de sí que espera ser rescatada de la pena o del resentimiento por la ausencia de papá. Me ha dicho que admitir esos sentimientos me curaría del miedo, la duda, la tristeza y todos los monstruos interiores que me acechan de noche.

También he conversado con él sobre mi padre y creo que todo se ordenó ya en mi corazón. A mis 22 años, no importa dónde duerma, dejé de tener pesadillas y de temerle a la oscuridad. Lo único que me sigue llamando la atención es que cada vez que duermo en casa, sea cual fueren mis sueños, buenos o malos, siempre aparece la muñeca a mi lado.

Tuve entonces un raro presentimiento. Pedí un día a mis mejores amigas, Rafaela, Jacqueline y Tatiana, a quienes nunca comenté mis pesadillas, el favor más extraño del mundo. Les pedí que durmieran una noche con mi almohada, la misma que me regaló papá en mi doceavo cumpleaños. Una almohada que he conservado intacta sobre mi cama desde entonces. No pregunten, sólo háganlo, les rogué.

Días después nos encontramos en un lounge de Jesús María para que me cuenten sus sueños. Sentadas todas alrededor de una tortilla de papas y cuatro chilcanos, me dispuse a escucharlas. Por fortuna, todas recordaban bien sus sueños, y una por una me los fueron contando.

Rafaela habló de un loco paseo en globo que atravesó la atmósfera y se dirigió hacia la estrella más próxima, Jacqueline de un viaje en tren bajo el océano, y Tatiana de su gato jugando amorosamente con una manada de hámsteres. Mientras comían y entre risas, me fueron describiendo poco a poco todos los detalles que recordaban: personajes, atuendos, expresiones, objetos, paisajes, circunstancias. En el relato de cada una, figuraba siempre una muñeca de trapo de vestido amarillo y cabellos negros de lana, que formaban dos colas sujetas con cinta verde.

Lima, 03 de febrero de 2013

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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