Relatos

La palabra extraviada

Me habían dicho que esa maestra era un ejemplo en el arte de hacer participar a sus estudiantes. Había evidencias. Se había grabado una clase en la que la profesora, exhibiendo todas sus cualidades, había logrado involucrar a todos ellos en una sesión. Estudios oficiales reportaban desde hacía varios años que la mayor parte de docentes no hacía eso. Apenas si les proponían preguntas cerradas que se podían responder de una sola manera. Era, por tanto, digno de verse.

Años atrás presencié la clase de una profesora igualmente valorada como modelo en el ámbito de la participación activa de sus alumnos. Recordaba perfectamente lo que vi en esa ocasión: una docente muy protagónica que daba órdenes ininterrumpidas a sus estudiantes para que realicen actividades variadas, una tras otra, las cuales se cumplían al pie de la letra sin dudas ni murmuraciones. Durante las horas que presencié esa clase no se escuchó en el aula una voz distinta a la de la profesora.

Quienes me recomendaron visitarla en esa ocasión posiblemente valoraban más el hecho que los niños no estaban sentados, pasivos, mudos e inmóviles, toda la mañana. Es verdad, se les vio haciendo muchas cosas diferentes. Que lo hicieran obedeciendo y no usando su propia cabeza para tomar decisiones por sí mismos parecía un dato sin importancia.

El nuevo caso que me estaban proponiendo ver tenía que ser diferente.

El día que señalado para ver el video fui uno de los primeros en llegar. La expectativa era alta y estaba justificada. Si queríamos estudiantes que no se limiten a escuchar y repetir las palabras de sus profesores, como lo hicimos nosotros y nuestros padres cuando fuimos niños, sino que se atrevan a pensar y a proponer ideas, era indispensable darles oportunidades continuas para expresarse. Naturalmente, para que un profesor promedio pueda permitirlo, era necesaria una metamorfosis. Quizás esta maestra ya la había hecho, valía la pena observarla.

Las primeras escenas mostraron a una profesora alegre y empática, muy segura de sí misma, ofreciendo una explicación sobre las religiones prehispánicas a estudiantes de quinto grado de primaria. En un momento de su exposición, mostró la imagen de un símbolo sagrado tallado en piedra. Se podía apreciar la cara de un animal feroz, situado entre los felinos y los ofidios, pero con el cuerpo de un ser humano. Entonces pidió opinión a sus alumnos sobre su posible significado. Y aquí vino lo bueno.

Serían treinta las manitos que se levantaron casi al mismo tiempo. La profesora le dio la palabra a cada uno, se paraba a su costado y los escuchaba atentamente con una cálida sonrisa. Nunca los interrumpió ni apuró ni corrigió. Niños y niñas se explayaron proponiendo hipótesis muy diversas con toda libertad. En verdad, lo que veían mis ojos eran sorprendente. No quedó un solo chico sin hablar y su maestra les concedió todo el tiempo que necesitaron.

En ese momento recordé otra escena. Tiempo atrás había visitado una escuela y observado la clase de un profesor que, en un momento de su exposición, también lanzó una pregunta a la clase y un enjambre de manos se levantaron. Entonces, le dio la palabra a un niño que estaba sentado delante suyo y como la respuesta que ofreció era la que él esperaba, le dio la razón, tomó sus palabras y retomó su exposición. Las otras veinte manos levantadas tuvieron que bajarse, el resto se quedó sin oportunidad de hablar. Es que, en realidad, su profesor no quería escuchar su opinión, solo le interesaba la «verdad» y uno de sus compañeros ya había adivinado. No había más que decir.

El video continuó. Cuando terminó de hablar el último niño, la maestra regreso pausadamente a la pizarra y se volvió mirando a la clase. Era un momento crítico. Quería ver qué hacía con todas las ideas vertidas por sus estudiantes, no todos habían opinado lo mismo, la oportunidad de abrir un debate estaba servida. No había palomitas de maíz en la sala de reunión, no era lo apropiado en ese escenario, pero la ocasión lo ameritaba. Había suspenso. Lo que haría la profesora en ese momento tenía que ser el punto de quiebre.

Entonces ella empezó a hablar. Mi atención estaba en su punto más alto. Sus primeras palabras fueron, hasta donde recuerdo, algo así como «para estas religiones, esta imagen simbolizaba la deidad…». Es decir, invirtió los siguientes minutos en explicar al detalle el significado de la efigie de piedra en el contexto de esas culturas. Sus alumnos la escucharon en silencio.

Lo que vi en ese momento me trajo a la mente una escena parecida. En otra ocasión, presencié una clase de matemática en la que el docente pidió a sus alumnos resolver un problema en equipo y presentarlo después a toda la clase. Los estudiantes invirtieron un buen tiempo en analizar el caso, discutir la forma de resolverlo, elaborar el informe dando cuenta de sus decisiones y sus resultados, transcribirlo en hojas grandes de papel y, finalmente, pegarlas en la pared para poder exponerlo. Lo que no sospechaban era que, en ese momento, su profesor los mandaría a sentarse y tomaría él la palabra para evaluarlos, analizando cada informe y señalando sus aciertos y errores. Ninguno tuvo la oportunidad de explicar y justificar lo que había hecho.

El video y la clase terminó con la exposición de la profesora. Si se trataba de hacerlos participar y entendíamos por eso que pudieran expresarse, lo había hecho bien. Todos hablaron y ella escuchó con respeto cada una de sus opiniones. Maravilloso. Sin embargo, no rescató ni una sola de sus ideas, no sometió a discusión sus discrepancias, no hizo visible sus coincidencias, no abrió un diálogo ni les propuso cotejar sus puntos de vista para llegar a una conclusión común. Ni siquiera aludió a sus hipótesis durante su posterior exposición. Ella llegó a la clase con un discurso preparado y solo lo interrumpió para que sus estudiantes hablen. Luego de cumplir con ese ritual, lo retomó y lo concluyó tal como lo tenía planeado.

La maestra tenía una reputación bien ganada, se le veía una persona responsable, dedicada y carismática, pero se esforzó por conciliar lo inconciliable. De un lado, aceptó la importancia de permitir que sus alumnos se expresen y lo hizo posible; de otro lado, fue consecuente con la idea previa que tenía de la enseñanza: el docente es el poseedor de la verdad y tiene la responsabilidad enseñarla, es decir, de revelarla a sus estudiantes. Eso hizo también. No estaba en su registro que el conocimiento, para ser asumido, debe sentirse necesario y que un medio útil para lograrlo es permitir que se analice, se discuta, se coteje y finalmente se emplee para construir conclusiones propias. Tampoco lo estaba en el registro de los maestros que mis recuerdos trajeron a mi mente.

Noam Chomsky dice que todo lo que se impone desde fuera, así sea importante y se haga con amabilidad, se llama adoctrinamiento. Llevamos tres siglos haciendo eso. Para Sócrates, «solo el conocimiento que llega desde el interior es verdadero conocimiento», por eso dialogaba con todos los que se acercaban a él buscando respuestas, para hacerlos pensar por sí mismos y para que puedan encontrarlas desde sus propias reflexiones. Esa fue su convicción y fue lo que practicó en la antigua Grecia 400 años antes de Cristo. Han transcurrido dos milenios y medio desde entonces ¿Cuántos años más deberán pasar para que lo entendamos? Mientras eso no ocurra, la palabra de los niños, así les concedamos expresarla en las aulas con afecto y sinceridad, como la maestra de esta historia, seguirá siendo una palabra extraviada.

Lima, noviembre de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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