Memorias

La resbalosa

Una botella de aceite por favor.

No tendría más de nueve o diez años cuando ocurrió. Por entonces, se usaba manteca de chancho para cocinar. Venían en latas de gran tamaño con una etiqueta impresa de color verde que decía «Gordito» y que llevaba el dibujo de un cerdo feliz. Se despachaba a granel. Se entenderá entonces por qué un aceite en botella era toda una novedad. Venía en un envase de vidrio y llevaba una etiqueta ovalada, también de color verde, que decía «Cocinero» y más abajo, sobre letras blancas, «100% Vegetal Pasteurizado». La botella era voluminosa, era de un litro y pesaba más de un kilo.

La superficie era algo grasosa y podía deslizarse o mancharte la ropa. Por eso el muchacho de la bodega la envolvió en un periódico y me la entregó. Ya no recuerdo cuánto costaba ni si hubo vuelto, pero le entregué todas las monedas que mi madre había sacado de su monederito negro para hacerme el encargo. La situación económica de la familia no era próspera, mi padre era trabajador gráfico y su salario era nuestra única fuente de ingresos. Mi madre era su hábil y meticulosa administradora.

Recuerdo que recibí la botella envuelta, la apreté contra mi pecho y emprendí el camino de regreso a casa. No serían más de trescientos metros que me separaban de ella, pero lo recorrí despacio, pensando en sabe Dios qué. Atravesé el amplio corredor que separaba la bodega de la escalera que conducía a la pequeña playa de estacionamiento que se debía atravesar para llegar al bloque de viviendas, pasé de largo por la oficina de correos, la misma que visitaba cada semana para preguntar por cartas; y también por la cancha de fútbol, inmensa, vacía, de un impresionante verdor, en la que no sospechaba que llegaría a jugar años después cuando llegara a la adolescencia.

Me gustaba recibir encargos. Así como salía a comprar, el pan o lo que sea, también escogía el arroz, sacaba las arvejas de sus vainas, pelaba y desgranaba los choclos, molía la carne en la moledora de mano, vigilaba la leche puesta a hervir en la cacerola, hacía tostadas pasando el pan sobre el fuego de las hornillas, daba de comer al canario y también a los pollitos que nunca nos faltaban o regaba el jardincito que teníamos en la entrada. Esas faenas eran parte de una rutina que amaba.

Solo me faltaba cruzar la pista, que era corta y lucía despejada. Cuando estaba a escasos metros de mi casa, la botella, cuya base había humedecido el papel que la contenía, lo rasga y se desliza, cae al suelo y se hace añicos. Mis ojos aterrados observaron cómo esa densa mancha de color amarillento empezó a esparcirse lentamente sobre el pavimento, arrastrando las astillas de vidrio de su frágil envase. El espectáculo era desconcertante, inquietante, muy perturbador, no podía ser cierto ¿Cómo pudo pasar esto? La tenía bien sujeta.

Recuerdo haber caminado hasta la puerta de mi casa compungido y asustado, jamás imaginé que algo como esto podría ocurrir. Todo iba tan bien, todo era tan normal, tan simple, tan cotidiano. Fue tal vez una de las veces en que experimenté, con una fuerza desacostumbrada, el significado de la impotencia y también de la culpa. ¿Qué iba a decir ahora? ¿Cómo podía explicar esto? Los segundos que duraron mis pasos hasta llegar me parecieron eternos, caminé despacio, como deseando no hacerlo.

Toqué la puerta que daba a la cocina y que no sé por qué se le llamaba «falsa», a mí me parecía tan real como la desgracia que acababa de vivir. Mi madre abrió y me vio parado, inmóvil, con la envoltura arrugada de un periódico de ayer, engrasada y vacía, entre mis manos.

Se resbaló y se rompió, le dije, tartamudeando y con los ojos llorosos.

Nunca olvidaré el rostro de mi madre. Sorprendida, seria, inquisidora, me miró fijamente y sus ojos de reproche me hicieron empequeñecer muy lentamente. Llevaba puesto un mandil blanco y había colocado sus dos manos en la cintura, dándole fuerza al enojo en que se iba transformando su desconcierto. No me dijo nada, solo me miraba, quizás pensando rápidamente en qué clase de respuesta correspondía a su rol materno en una situación como esta. Nadie estudia para ser padre. Pero los infinitos segundos que transcurrieron fueron uno de los peores de mi corta vida. Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Todo estaba consumado. No había forma de volver atrás. Sin embargo, del fondo de mi alma me salieron seis palabras:

Yo lo voy a pagar mamá…

No era cierto. No tenía dinero ni ingresos propios. Era solo un niño. Pero tenía que reparar la falta. Sabía que haber roto por descuido esa botella era algo grave, pero el enojo de mamá me hizo sentir que era gravísimo. Sabía que, en el fondo, el problema era el drama de tener que gastar el doble por el mismo producto, por un producto esencial para la comida de cada día. Algo tenía que hacer para compensarlo. No sabía cómo, pero debía pagarlo.

Fue entonces que mi rostro se estremeció con una bofetada inesperada. Sentí que haber dicho que pagaría por la botella había sido un delito mayor que haberla roto y no entendía por qué.

Mi madre fue siempre una persona extremadamente amorosa, tierna, acogedora, nunca lo puse en duda. Quizás por eso este episodio quedó grabado en piedra y rompió varios cristales en mi conciencia. Tantos y tan finos, que mi memoria borró para siempre lo que ocurrió después. No recuerdo que más pasó. Solo tengo en mi cabeza la imagen de ese niño tembloroso, cabizbajo, inerte, parado frente a la puerta de su casa, con una mejilla rosada y unas hojas grasosas de periódico en las manos. ■

Lima, octubre de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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