Relatos

Los tres silencios

Prefiero los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría.
Anatole France (1844-1924)

Tardé en darme cuenta, pero ahí habían estado todo el tiempo. Dos niños y una niña, callados, inmóviles, ausentes, con la mirada clavada sobre una mesa vacía, en un rincón de la sala, alejados de todo. El contraste era brutal. El aula era una fiesta. Niños y niñas de unos seis o siete años sentados en grupo alrededor de mesitas repletas de hojas y cartulinas de colores, conversaban, se reían, intercambiaban lápices, pinceles, sonrisas y tajadores. En cada esquina del aula había objetos llamativos debajo de carteles que decían ciencias, cuentos, aseo, juegos, y muy diversos afiches con imágenes de animales o personajes literarios se distribuían por todas las paredes.

Después de varios días de recorrido por diversas escuelas de Urubamba, la escena que encontré en esta modesta escuelita era alentadora. La profesora, una mujer joven, amable, siempre sonriente, había sabido convertir esa pequeña aula de barro en un espacio acogedor y organizado.

¿Esos niños están castigados?, pregunté. No, me respondió, lo que pasa es que no quieren trabajar. ¿Por qué no los integras con los demás?, pregunté de nuevo. Ahí han estado, me dijo, cada uno en su grupo, pero no participaban, estaban callados sin hacer nada. Por eso los junté allí. ¿Y qué piensas hacer con ellos? Creo que los voy a reportar a mi supervisor, quizás necesiten ser trasladados a una escuela para niños especiales. Yo no sé qué más puedo hacer.

La palabras de la profesora me impresionaron. En el común entender de maestros y familias, una escuela especial es aquella donde se envían a niños con discapacidades severas. ¿Puedo sentarme con ellos un ratito? La pregunta sorprendió a la maestra. Si claro, me dijo en voz baja, sin mucha convicción. Quizás pensó que perdería mi tiempo intentando conversar con tres estatuas. Entonces me acerqué a su mesa y me senté con ellos.

Hola, mi llamo Luis, soy profesor y he venido desde Lima a visitar escuelas y a conocer a los niños de Cusco. Ninguno levantó la vista. Sus caritas no hacían ningún gesto. Sus cuerpos permanecían inmóviles. ¿Cómo se llaman?, pregunté. No obtuve respuesta. Hice un nuevo intento. Miré a la niña y noté dos aretes de perlita en sus orejas. Me gustan tus aretes, te quedan lindos, ¿Quién te los regaló? La niña parecía no haber escuchado nada. Insistí. No he visto a otra niña en este salón con aretes más lindos que los tuyos. De verdad me gustan. Además, estás bien peinadita. Esa colita está bien hecha y tienes un ganchito muy bonito. ¿Tu mamá te peina? Nada. Le volví a preguntar ¿Me das tu nombre?

La niña seguía inmóvil, pero, sorpresa, los dos niños sentados a su costado habían despegado sus ojos de la mesa y habían empezado a mirarla y a mirarme. Fue cuando uno de ellos me habló: ¡Se llama María! Entonces la niña levantó los ojos por primera vez y me regalo una ligera, una fugaz sonrisa. Sus dos compañeritos también sonrieron. Entonces pregunté al niño que me había hablado cómo se llamaba. Se sorprendió, bajó la mirada y no dijo nada. Tú también estás bien peinado, le dije. Luego le hice un comentario sobre su chalina e intenté algo parecido con el otro niño. Momentos después, ya sabía que se llamaban Esteban y Tomás, ya conocía su forma de sonreír y también el timbre de su voz. Sin duda, el momento feliz de ese viaje fue el instante en que esos tres silencios se rompieron.

Te tengo una buena noticia, le dije luego a la maestra: tus tres alumnos todavía están vivos. ¿Por qué estos niños habían elegido esconderse dentro de sí mismos? No pude quedarme a averiguarlo ni a conocer finalmente su destino, pero lo que si pude comprobar es que, sea cual fuese la razón de su miedo o su tristeza, solo estaban esperando una señal que les de la confianza necesaria para volver a asomar al mundo.

Lima, junio de 2022

Impactos: 255

Total Page Visits: 545 - Today Page Visits: 2
Foto del avatar

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Marina

    Respecto a los tres silencios
    A veces, no sabemos cómo vienen esos niños al colegio, no sabemos que situaciones enfrentan, ni como viven, pero a pesar de todo están ahí frente a nosotros, presentes para trabajar y los dejamos de lado, solo ellos merecen brindarles confianza, para que nos cuenten sus problemas, como maestros debemos promover el trabajo en equipo, trabajos colaborativos. Pero la maestra dejó a un lado como si la solución fuese llevarlo a un Centro de Educación Especial, si no muestran ningún tipo de discapacidad más aún severa; a nosotros también pueden faltarnos estrategias, pues esos niños tienen derecho a una educación de calidad y con equidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *