Convivencia

Luz en las tinieblas

El profesor de mi hija, un catedrático joven, cultivado, amable y carismático, egresado de su mismo colegio por añadidura, hijo a su vez de un antiguo y querido amigo, murió hace pocos días. Aunque a veces puede esperarse con sabia resignación, con explicable ansiedad o con cierto alivio, en general, la muerte suele ser una mala noticia. Más aún si se trata de una persona que se encuentra en el primer tercio de su vida, con numerosas aspiraciones y realizaciones en lista de espera. Más todavía si se produce no por causas fortuitas o por acción de algún virus letal, sino por propia decisión. Su muerte voluntaria nos ha causado gran consternación y me ha llevado a preguntarme, entre otras cosas, hasta qué punto una buena educación, como la que él tuvo, podría prepararnos para enfrentar incluso el lado oscuro de la vida, sin abandonarnos nunca al desaliento y la tristeza.

Se me viene a la mente el caso de dos colegas que se atrevieron alguna vez a abrir con entusiasmo la ventana de las emociones de sus estudiantes, espantándose después de lo que vieron. Le ocurrió a una profesora de inglés, que propuso a sus niños iniciar una sencilla conversación sobre sus familias para intentar expresarlas después en el otro idioma. Sin embargo, los relatos y testimonios de varios de sus alumnos, a cada cual más duro y desconcertante, abrumaron de tal forma a la maestra que decidió cancelar el ejercicio y cambiar de tema.

Le ocurrió, así mismo, a una profesora debutante en la profesión que decidió prestar oído, acogedoramente, a diversas consultas de sus niños sobre su vida personal. Las historias escuchadas a la hora del recreo, retorcidas moralmente y teñidas muchas veces de pasmosa violencia, se fueron haciendo cada vez más constantes, colocando a la maestra en una situación en la que le resultaba difícil manejar su propia angustia. Ella también decidió cancelar el gesto y anunció a sus niños que ya no tendría tiempo en adelante para escuchar más historias.

Llamamos problema a toda situación que exige una respuesta de nosotros, siendo que no sabemos cuál podría ser o no tenemos capacidad para asumirla. Dice el psicoanálisis que esta situación podría ser de tres tipos: un acontecimiento cualquiera de nuestra vida íntima, familiar o profesional; una necesidad personal profundamente sentida pero no satisfecha; o la barrera moral a una acción que deseamos emprender. Si la salida nos resulta completamente oscura o nos sentimos imposibilitados de encaminarnos a ella, entonces sobreviene la angustia.

Es la angustia la que lleva a los estudiantes de ambas maestras a contarles sus vidas con tanta ansiedad, esperando que su palabra eche un poco de luz a sus tinieblas y les permita encontrar alguna puerta abierta. Es la angustia la que lleva a las maestras a taparse los oídos, haciendo de cuenta que tanto dolor no existe. Así, unos aprenderán a callar su pena y otras a negarla, sin conseguir en ningún caso que desaparezca de verdad. Cuando la angustia, ese miedo a lo desconocido y a la incapacidad para caminar con esperanza en medio de la incertidumbre, se acrecienta hasta volverse insoportable, es porque la vida transcurre sin que nadie nos lance un salvavidas. O porque ya abandonamos quizás el deseo de salvarnos.

Un buen maestro, que se asume formador y no instructor, puede hacer la diferencia. Pero la formación no le da herramientas para eso ni tampoco le ayuda a afrontar sus propias angustias. Mientras tanto, «aprender a ser uno mismo» seguirá siendo una demanda esencial del currículo a la espera de una oportunidad.

Luis Guerrero Ortiz
Blog El río de Parménides
Publicado y difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Fotografía (c) SantiMB/ www.flickr.com
Lima, viernes 01 de Enero de 2009

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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