Relatos

Mate mortal

La muchacha era inocente, pero ya no había forma de creer lo contrario. Nunca entendió, además, cómo empezó todo esto ni por qué terminó así. Tenía que marcharse cuanto antes, eso era lo único cierto ahora.

La institución era muy prestigiosa, aunque había allí gente dotada de esa repugnante cualidad de convertir cada espasmo de sinceridad en una afrenta, no sólo sin perder la calma sino, por el contrario, hinchándose de orgullo. Pero Alicia no pertenecía a esa clase. Su defecto, más bien, era la espontaneidad. Una espontaneidad civilizada e inocua pero lo suficientemente ingenua como para no advertir en qué circunstancias y con qué personas una simple exclamación o una expresión emotiva sobre cualquier trivialidad podía provocar agrado, recelo, simpatía u odio hasta los límites del infinito.

Fue así como aquel simple comentario sobre Susana terminó por incendiar la pradera. Y es que no tenía forma de saber que en el código de honor del grupo, ningún recién llegado podía atreverse a decir yo también puedo hacer eso sin decretar la alerta general. Susana no era la que saltaba más alto, pero ella creía que sí y era la capitana. Ninguno se habría atrevido a discutírselo. Movediza y locuaz, era de las convencidas de poder sustituir cualidades inexistentes con una cuota extra de personalidad. Pero ese era un tema prohibido y ponerlo en evidencia, de una u otra manera, era sin duda una osadía punible.

La noticia de aquella exclamación desafortunada empezó a relatarse a cada miembro del equipo que no la oyó, seguida invariablemente de la frase: cuidado con ella. Desde ese día, cada palabra pronunciada por Alicia pasaba por el escrutinio discreto pero implacable de la gente, ansiosamente expectante del primer desliz que confirmara la sospecha. Y cada vez que Alicia decía yo puedo, no importa en qué contexto o circunstancia, corría la voz de alarma: ¡era verdad…! Habría venido a desplazarlas.

Alicia no lo sabía, pues todos la saludaban con naturalidad. Sólo que cada ausencia suya era motivo para un comentario: ¿te fijaste en lo que dijo? Ella tampoco imaginaba que a las fabulaciones iniciales se irían sucediendo otras, conforme la perseverancia de sus compañeras en la observación de su comportamiento cotidiano fuera encontrando o imaginando más motivos para la sospecha. Cada efusión en el saludo a algún miembro del directorio, cada coincidencia con el administrador en el bus de retorno, cada distraído elogio que recibía del entrenador, era una magnífica razón para volver a repetir en los solitarios pasillos de aquel viejo coliseo el susurro de cada día: ¿te fijaste…?

No era sorprendente, entonces, que antes de cumplir su primer semestre, Alicia fuera para el resto del equipo una intrusa, una igualada, una coqueta y sobre todo, una saboteadora, que había llegado con la mezquina misión de apoderarse de la capitanía y desplazar a las más antiguas de las preferencias de los directivos.

Por la misma razón, no sorprendió tampoco que fuera separada por el entrenador apenas iniciado el campeonato, finalmente persuadido por sus demás pupilas de que Alicia era una conspiradora, que la habían visto conversando mucho con el gerente, que había trascendidos inquietantes de esas sospechosas pláticas y que su conducta traidora, tarde o temprano, terminaría haciéndolo su víctima. Julio no tenía ninguna evidencia de la veracidad de tales imputaciones, pero tampoco estaba dispuesto a echarse encima a las otras muchachas ni a convertirse él mismo en objeto de sus comentarios.

Lo realmente insólito fue la absurda y repentina muerte de Susana. En sus declaraciones a la policía, el entrenador dijo que las últimas palabras que le dirigió la capitana el día anterior fueron: si no me dejas participar en la selección del equipo titular del campeonato, me pego un tiro. Varias jugadoras corroboraron el testimonio, pero además juraron haber escuchado a Alicia murmurar en voz baja: yo también puedo hacer eso.

Lima, febrero de 2009

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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