Cuentos

No me digas que me amas

¿Tú me extrañas? No le había preguntado si lo amaba, porque esa respuesta podía ser fácil de pronunciar. Le había preguntado si lo extrañaba, pues sólo se extraña con dolor lo que se necesita y se ama. Entonces clavó su mirada en ella, urgido de una frase, de una palabra, cualquiera que ésta sea, pero que termine con la angustia de la espera. Y aunque su cabeza presagiaba lo peor, su corazón mantenía la esperanza.

Había reclamado mucho esta conversación desde hace días y Sofía le había sido siempre esquiva. Ahora estaba a punto de bajar el telón. Ahora tenía nuevamente frente a sí su rostro de ninfa adolescente, sus largos cabellos alisados cayendo sobre sus hombros descubiertos, el entallado y liviano vestido azul que eligió para esta cita, su mirada piadosa y titubeante, sus largos y delicados dedos jugueteando distraídos con el tenedor. Pero Ariel no era capaz de articular una frase más larga de manera coherente. Y es que no entendía cómo es que después de tantos meses de amor desenfrenado, Sofía se había distanciado de ese modo.

La sanguchería era modesta, limpia y bien iluminada, la mayor parte de sus gastadas mesas estaba libre de parroquianos, un ambiente que favorecía la discreción que requería esta plática. El tráfico de la avenida La Marina, especialmente ruidoso a esa hora de la noche, también contribuía a la reserva de la conversación con una conveniente sinfonía de bocinas, motores y silbatos. No era un escenario tan grato como un Pardo’s Chicken o un Burger King, pero era mucho menos concurrido y era, además, lo que a su edad podía pagar.

Los muchachos se habían conocido casualmente en la academia de natación. Una suma de pequeñas bromas y coqueteos cada vez más audaces a lo largo de varias semanas, los había ido aproximando hasta derivar en la primera de sus citas fuera de la piscina, citas que luego se multiplicarían tanto como sus ganas de cruzar la línea de la amistad. En efecto, Ariel y Sofía, a escasas semanas de haber concluido sus estudios secundarios, se entregaron al amor con el entusiasmo y la fogosidad que les permitía saberse, al fin, en el umbral de la vida adulta.

Fue así que, con el correr de los meses, sus encuentros furtivos en cines y parques solitarios se fueron volviendo un hábito tan recurrido como bien disimulado al interior de sus casas.

Es que había algunos inconvenientes. Ariel tenía una pareja, una ex compañera de colegio cuya madre se había hecho amiga de la suya desde que tenían 14 años de edad. La consideraban ya parte de la familia. A Sofía le ocurría algo similar. Un joven cinco años mayor que ella, ex alumno del padre en el Colegio Militar Leoncio Prado, era su enamorado oficial desde hacía un año. Ambos sabían que salirse del libreto iba a ser motivo de escándalo familiar. Cada vez que ella quiso terminar con él, la temeridad concluía con la misma frase materna: sobre mi cadáver. Ambos conocían bien las circunstancias del otro.

Sofía lucía algo más tranquila que él. Su bien maquillado rostro no reflejaba la angustia del instante. Al menos, eso parecía. Ella seguía enamorada de Ariel, sus ojos no dejaban lugar a la duda. Además, se había puesto el vestido azul para agradarle. Pero también era verdad que había enfriado las cosas con él deliberadamente: el tono cariñoso, las palabras mágicas, los engreimientos mutuos, los fue desplazando poco a poco por una calculada sequedad. Ella sentía que había llegado con Ariel demasiado lejos, bastante más de lo imaginado al principio. Sus labios sobre su cuello, sus manos bajo su falda, sus dientes sobre su pecho, se habían vuelto para ella una obsesión, una manía, una adición. Nunca había experimentado algo así. Le daba pánico verse descubierta, como quien copia un examen, y la culpa la estaba matando. Había venido eludiendo esta reunión, precisamente, para ahorrarse el suplicio de las explicaciones.

Los inviernos suelen ser oscuros en Lima. A las seis de la tarde, el cielo era apenas una colosal, húmeda y deprimente túnica gris que empezaba a derramar sus primeras gotas sobre esa parte de la ciudad. Ariel esperaba la respuesta de Sofía con impaciencia. Quería escuchar un sí rotundo de sus labios, acompañado de un abrazo desesperado y un beso apasionado que borrara el sinsabor de estas semanas. Su respiración era rápida y tenía los puños apretados. Sabía que el día en que ella decidiera alejarse no tendría manera de retenerla.

Sofía observaba con desinterés el pan con pavo y salsa criolla que Ariel le había ordenado sin preguntarle. Miraba de tanto en tanto la calle y lo miraba a él cada vez que bajaba sus ojos o los clavaba en el vacío esperando su respuesta. Él tampoco comía el suyo. Por lo demás, sus distraídos y reiterados juegos con el tenedor, nunca tan bien acariciado como esa noche, habrían sido la delicia de Freud. A ratos se acomodaba la larga cabellera hacia el lado izquierdo, ensayando vanamente una trenza que se desarmaba al soltarla. Por más esfuerzos que hacía por hablar, el temor al desborde la inhibía.

Alguna vez a Ariel le asaltó la curiosidad por conocer las razones de sus padres para haberle puesto el nombre de un detergente. Se enteró entonces que Ariel significaba en hebreo «El león de Dios» y que eran varios los ángeles que llevaban ese nombre. En La Tempestad, una obra de teatro de William Shakespeare, Ariel es un espíritu del aire asociado a la música y la belleza, pero capaz también de desatar tormentas. Ese dato le había llevado a pensar que tenía poder para elevarse sobre las circunstancias y arreglar cualquier situación. Pero esa noche, Ariel era un ángel derribado y con las alas heridas. Sentía que Sofía se le iba, y aunque sólo le bastaba un sí para ascender nuevamente hasta los cielos, su silencio lo estaba arrojando hacia el abismo. Estaba dispuesto a luchar, qué duda cabe, pero necesitaba saber si ella deseaba hacerlo también.

El minuto que se tomó Sofía para responder a la pregunta fue eterno.

De pronto, el silencio se rompió. Sofía alzó sus inmensos ojos pardos, soltó el tenedor sobre la mesa, se alzó el cabello de la cara con espontánea elegancia y haciendo gala de una enorme serenidad, le dijo sin titubear:

Sí Ariel, yo te extraño… pero, la verdad, también lo extraño a él.

Por primera vez en su corta vida, Ariel sintió ese agudo dolor en el pecho que sobreviene al desengaño. Por un segundo sus ojos se desorbitaron, desesperados por encontrar un lugar de la mesa, de la pared o la ventana donde clavar la vista lejos de ella. Estiró sus dedos y los contempló por un breve momento, como quien intenta reconocer una parte de su cuerpo que pareciera no pertenecerle ya. En ese instante había dejado de ser el León de Dios, para convertirse en el Ariel que en uno de los libros de la Biblia Gnóstica conducía a los espíritus desencarnados hasta el hoyo ardiente de la muerte segunda. Se sentía sucio, ridículo, insignificante. No entendía qué hacía allí sentado delante de una muchacha extraña y en ese lugar nauseabundo, con un mugriento sánguche sobre su mesa cuyo hedor le parecía insoportable.

Aguardó un instante y se levantó en silencio. Se cerró la casaca y se dirigió hacia la puerta sin volver la vista atrás. Una vez afuera, se metió por un pasaje lateral, lloró unos instantes a solas y se perdió después en el claroscuro de esas calles angostas. Atrás quedó una joven de vestido azul, sentada y taciturna, contemplando con extraña calma dos sánguches de pavo, intactos, bien servidos, merodeados con insistencia por una mosca insolente. ¦

Lima, 02 de marzo de 2014

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Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

One Comment

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    Noemi Ortiz Vilchez

    Felicitaciones, muy interesante la lectura, Usted, siempre ta agudo y profundo, porque hay mucho más
    por decir… el encuentro y el desencanto cuando oímos de la otra persona lo que no queremos oír. ¿Me extrañas? Sí, pero al otro también…
    ¿Qué extraña pregunta y relacionarla con el AMOR, porque también la costumbre de estar juntos, nos lleva a decir "Te extraño…"

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