Cuentos

No te duermas

No tenía necesidad de llegar a ninguna parte en especial. En verdad, no le interesaba el destino. Ni siquiera lo había elegido él. Era la primera vez que salía de Lima y solo sabía que irían de paseo a la sierra central. Lo que le importaba era el viaje. Nunca había subido a un tren, solo los conocía de la televisión y, claro, tenía uno de juguete. Vivir esa experiencia era como vivir un sueño. Era también la primera vez que viajaba con sus padres a un lugar que no estuviera dentro de la ciudad y que no fuera en bus. Salir de Lima, atravesar la cordillera, encaminarse a un lugar desconocido y nada menos que en un tren, a sus seis años era algo que nunca imaginó vivir.

Sus ojos no se apartaban de la ventana. Ver pasar las calles, las gentes y los árboles a un ritmo cada vez más vertiginoso le resultaba fascinante. El ruido que hacía el desplazamiento de la máquina sobre las vías, en su monótona cadencia, era adormecedor y le gustaba, podía alternar los paisajes cada vez menos urbanos que aparecían ante sus ojos con esa deliciosa oscuridad en la que uno se sumerge cuando pestañea despacio y les concede a sus párpados el permiso de permanecer cerrados los segundos que necesiten.

De pronto, lo increíble. Apareció una señorita con una bandeja trayéndoles jugo, leche, frutas y pan ¿Comer en el tren? ¿En pleno viaje? Le parecía un lujo. Cuando viajaban en bus desde su casa hasta el centro de Lima, su madre metía en una bolsa de papel dos panes dulces con mantequilla, por si el trayecto resultaba largo, que nunca lo era. Esto era otra cosa. La señorita se acercó, desplegó una mesa y colocó allí el fabuloso desayuno. Para él fue toda una fiesta.

Cuando su atención regresó a la ventana, notó que las ciudades habían desaparecido. También los humanos. Ahora era vegetación y montañas de muy distintos tamaños lo que aparecía ante sus ojos. Sabía que el viaje duraría horas, podía distribuir su tiempo entre comer, mirar, hablar, pensar y parpadear despacio. El tren se había elevado. La línea férrea estaba rodeando los cerros como una serpiente abraza a su presa. Allá abajo, el abismo, inmenso, lejanísimo, aterrador. Lo había visto en películas. Esto era real.

Lo que podía verse por la ventanilla empezó a parecerse bastante. Eran casi las mismas escenas que se sucedían una y otra vez, rocas, ríos, vegetación, con el fondo melodioso del sonido del tren al desplazarse sobre el metal, sacudiendo ligeramente una larga fila de vagones a un lado y otro. Él quería mirar, todo esto era nuevo, pero era inevitable cerrar los ojos. Todo era adormecedor. Después de todo, pestañear también formaba parte de la felicidad del momento.

Los gritos lo despertaron y el sacudón también. En pleno serpentear de la montaña, el tren se había salido de la línea y se tambaleaba. La gente no paraba de gritar. Su padre lo sujetó muy fuerte, mamá lloraba. De pronto, el vagón empezó a ladearse, desde su ventana podía verse a los vagones delanteros inclinándose lentamente hacia el precipicio y jalando a los que venían detrás. Empezaron a caer, lo estaba viendo y no podía creerlo. Muy pronto les llegó el turno, en medio de un griterío general su vagón también se ladeó y empezó a caer, el abismo que hacía unas horas era solo un dibujo lejano que le evocaba películas de aventura se iba haciendo cada vez más y más cercano a sus ojos. A su edad, la muerte estaba fuera de sus planes. Imposible describir su pánico. Él también lloraba.

El estruendo le dejó sordo y perdió el conocimiento. Fuego, humo, gritos, fierros arrugados como una lata de gaseosa entre las manos de un gigante furioso, eso fue lo que vio al despertar. Sus padres no estaban por ninguna parte. Había mucha gente esparcida por doquier, sobre las piedras y los árboles o flotando en el río. Él estaba no solo consciente sino aparentemente entero, nada le dolía demasiado, pero estaba empapado en sangre y no sabía si era suya o de los muertos que le rodeaban. No tenía fuerzas para gritar. Tampoco parecía haber alguien vivo en los alrededores que pudiera oírle. Naturalmente, ya no se oía la cadencia del tren al discurrir por las vías, ya no había tren, pero igual se sentía adormecido, sus párpados se abrían y cerraban lentamente.

No se sabe cuánto tiempo pasó, pero cuando abrió los ojos de nuevo, lo primero que vio fue a sus padres sonriéndole. Te dormiste, le dijeron mientras acariciaban su cabeza. Le preguntaron si tenía hambre. Algo atontado todavía, les dijo que sí, y entonces llamaron a la señorita para pedir comida. Eso le entusiasmó. No les contó su sueño o, mejor dicho, su pesadilla. Le daba miedo el solo recordarlo. Pero ahora estaba en paz y miraba con alivio el hablar y reír despreocupado de las gentes en su vagón. A los pocos minutos, una inmensa hamburguesa con papas fritas y harta mayonesa fue colocada por una amable señorita delante suyo. Con los ojos abiertos a más no poder, empezó a comerla apresuradamente, como si se tratara de su última cena.

Lo que le desconcertó al bajar la vista fue notar que tenía la camisa y el pantalón llenos de sangre fresca. Sus padres también. ■

Lima, octubre de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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