Cuentos

Perdurable

Sus hijos habían tomado la decisión en nombre del amor, pero con muchas dudas sin resolver. El proyecto era atractivo, muy atractivo. No había seguridades completas, pero qué más daba. Su padre estaba muriendo. Esto les daba una esperanza. Había pasado veinte años desde que le indujeron el coma. Ellos ya estaban alrededor de los cincuenta, la misma edad que tenía su padre entonces. Ahora él tenía setenta, pero lucía igual que el día en que lo durmieron. La ingeniería genética había sobrepasado los límites de la ciencia ficción. No solo lo había librado de las células malignas, sino que había logrado controlar las que causan el envejecimiento. Incluso la terapia física le había sido leve y había reactivado sus músculos en un plazo muy breve gracias a una tecnología que sería la envidia de la tripulación del USS Enterprise.

El riesgo mayor, ellos lo tenían muy claro, estaba en su mente. Él estaba resignado a morir y le habían regalado una especie de inmortalidad sin preguntarle. Ahora todo le parecía extrañísimo. Desde el auto robótico en que lo llevaron a casa, la ciudad vertical en que se había convertido Lima, el orden en el tráfico, que ya había dejado de estar bajo control humano, el aire limpio, la casa inteligente, con todas sus funciones automatizadas, como en las películas que gustaban ver hasta el 2025. Esa tecnología futurista era una realidad a gran escala, había evolucionado y, sobre todo, estaba al alcance de mucha gente. Bueno, no de todos, no al menos en su país, donde la pobreza seguía siendo un problema para el cuarenta por ciento de la población. El hombre estaba desconcertado, todo preguntaba, le parecía estar viviendo un sueño y le generaba angustia la posibilidad de despertar de pronto en su antiguo lecho de agonía, del que tenía un perfecto recuerdo.

Su hija mayor lo llevó a su casa, un departamento pequeño, completamente informatizado, en el piso treinta de un edificio ubicado en Lince, donde alguna vez funcionó un centro comercial al que les gustaba ir cuando eran niños. Él estaba extrañado de verlos mayores y más aún de verse a sí mismo en el espejo. Ya no estaba su esposa. Muchos de los amigos y familiares por los que preguntaba insistentemente habían muerto hace años. Su perro también. No entendía por qué él no. Esa era la razón de su llanto durante las primeras noches de su asombroso despertar.

El proyecto médico del que fue parte era un piloto. Esa tecnología, ideada para hacer posibles viajes espaciales muy prolongados en estado de hibernación, se había puesto a prueba en varios países y recién podría pensarse como una posibilidad para todos. Para todos los que pudieran pagarla. A los voluntarios no les costó nada, por el contrario, fueron compensados por haber afrontado los riesgos y contraindicaciones propios de un experimento de laboratorio. Pero ni ellos ni su madre ni sus hijos ni sus amigos estaban a salvo de la enfermedad, la vejez y la muerte.

La indicación que recibieron era la de observar a diario sus signos vitales. Claro, había una pulsera que hacía eso y enviaba las señales al hospital en tiempo real, pero ellos debían leer sus reportes para estar al tanto. También una dieta especial, había estado veinte años alimentado de suero. No debía hacer esfuerzos físicos exagerados, solo los ejercicios que le habían prescrito y claro, caminar, debía salir a caminar todos los días de cincuenta a noventa minutos. Esa era una de las pocas cosas que las máquinas no podían hacer por él.

Su primera salida fue traumática. Ya había visto mucho de raro camino al departamento, pero ahora tenía bajo sus pies las antiguas veredas que lo conducían a comer pasta en El Bambino o hamburguesas en el Mc Donald’s o a ver una película en Cine Planet o, algunas cuadras más allá, al parque Mariscal Cáceres o al viejo Tip Top. Solo el parque subsistía. Después de la gran pandemia, los centros de comida rápida solo atendían a domicilio. Los cines habían desaparecido, derrotados por los servicios de streaming por suscripción y la tecnología tridimensional de los televisores inteligentes, con sonido envolvente, que volvieron obsoletas las grandes salas de exhibición. En su lugar, enormes edificios inteligentes le daban al distrito un estándar de posmodernidad primermundista que jamás imaginó llegar a alcanzar. En realidad, más allá de las grandes ciudades de la costa, que se habían convertido en prósperas megápolis automatizadas, el resto del país no había cambiado mucho.

¿Quiere decir que yo los veré envejecer y morir? Bueno, sí papá, así ha de ser.

Naturalmente, no era inmune a la muerte. Podía morir atropellado, ahogado, atragantado o por causa de una caída, un disparo, un navajazo, por la picadura de una viuda negra, también por una emoción demasiado fuerte, pues el corazón es un rebelde y se acelera sin pedir permiso, a pesar de los antihipertensivos. Pero con los cuidados básicos y una vida tranquila, al menos en teoría, podría celebrar un bicentenario. Sus amigos no. Su familia tampoco. A él le tocaría enterrarlos. Claro, le alcanzaría la vida para empezar de nuevo, estudiar otra vez la carrera, volver a trabajar, hacer nuevos amigos, emprender nuevos proyectos, otra vez, otra vez y otra vez. ¿Eso debía alegrarle?

El hombre entendía que estaba vivo por la fuerza del amor. Debía sentirse feliz y agradecido por ese gesto audaz de sus dos hijos que lo había salvado de una muerte segura. Pero en las noches, en la soledad de esa cama electrónica climatizada y autorregulada que debía volver imposible el insomnio, pero que no impedía el suyo, sumergido en la nostalgia de la vida, los rostros, las risas, los abrazos, que había dejado atrás hace dos décadas, no lograba discernir como regalo o castigo el haber sido interrumpido en la plácida eternidad de su sueño.

Lima, 06 de noviembre de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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