Cuentos

Que me parta un rayo

Estoy solo y no hay nadie en el espejo
Jorge Luis Borges

Marcial se volvió un tipo taciturno. De un tiempo a esta parte, sus ojos lucían siempre húmedos y enrojecidos, cada conversación que iniciaba solía estar interrumpida por largos silencios y las pocas veces que se animaba a hablar de sí mismo, de su boca solo brotaban palabras de amargura. Sus continuos rechazos a cada invitación de sus amigos lo fueron proyectando en sus círculos más íntimos como un hombre cada vez más huraño. A decir verdad, Marcial Mendoza, conocido en el pasado como un optimista y cuyos compañeros apodaban cariñosamente M&M, nunca pudo recuperarse de la muerte de Rita, una muchacha bastante más joven que él con la que había iniciado una relación tan épica e intensa como la de Odiseo y Penélope. Cuando ella ganó una beca y se fue a Madrid por unos meses, tuvo un mal presentimiento, pero jamás imaginó que no volvería verla.

Este hombre triste vivía solo en la calle Los Granados, distrito de Chaclacayo, en una espaciosa finca propiedad de sus difuntos abuelos y colindante con una pequeña colina, a cuya cima solía encaramarse cada noche para llorar a solas. Así, además de la luna, las siete estrellas de la Osa Mayor o las dos más brillantes de Orión, según el humor del cielo, fueron durante largos meses mudos testigos de un sufrimiento que parecía tan exagerado como irreversible.

Su hermano Manuel era el que más había logrado acercarse a él, después de mí. A ambos nos decía lamentar no haber podido prevenir ni evitar el accidente que le costó la vida a la muchacha. Su repentino viaje a España lo perturbó demasiado y terminó siendo el final de la historia, de una historia que apenas había escrito sus primeras páginas. Que me parta un rayo, solía repetir en sus momentos más depresivos, casi siempre después de la quinta cerveza.

En el limpio cielo de esa zona de Lima, había noches en que lograba divisar a Polaris, la estrella más brillante de la constelación de la Osa Menor y, de vez en cuando, a las estrellas de la constelación de Casiopea dibujando su corona. En la mitología griega, Casiopea era esposa del rey Cefeo de Etiopía. Se distinguía por su belleza, considerada superior a la de las Ninfas del Mar Mediterráneo. Cada vez que miraba este conglomerado de estrellas, sentado en la cumbre de esa colina rocosa, el recuerdo de Rita le arrancaba una sonrisa. Luego venía el dolor. La reina ya no estaba.

En ocasiones, tenía la suerte de gozar del espectáculo de estrellas fugaces atravesando el cielo. Son millones de meteoros de distintos tamaños los que pueden ser observados a simple vista en cualquier lugar del mundo, pero no en cualquier cielo. El cielo de Marcial era otra cosa, las estreallas dibujaban el rostro de la mujer que amaba, era perfecto. Sentado siempre sobre la misma roca, en la que había escrito su nombre y el de Rita, miraba las estrellas y se hacía una y otra vez la misma pregunta: ¿por qué se fue?

Yo le presenté a Rita. Nunca imaginé que una artesana de la madera como ella podría encontrar interés en escuchar a un ingeniero electricista hablar de las leyes de Maxwell y los fenómenos electromagnéticos. A simple vista, les gustaba escucharse y ver la emoción de mi amigo me hizo pensar más de una vez que eso terminaría en boda. Pero Rita nunca tuvo la intención de renunciar a sus aspiraciones profesionales. Ella quería estudiar fuera un posgrado y aunque Marcial siempre la alentaba, sabía que no le hacía ninguna gracia. Nunca se lo pregunté, pero se notaba.

Desde que ella murió, Marcial no volvió a ser el mismo. Su hermano contaba que había dejado de ir los domingos a casa de su madre, como solía hacer, que dejó de responder llamadas, que se fue alejando de sus diversos círculos y que solo salía de su casa para ir al trabajo o al mercado.

El sábado anterior al accidente, Marcial estaba muy abatido. Le había escrito a Rita varias veces sin obtener respuesta, hasta que se animó a llamarla. Ella fue muy amorosa con él y le explicó por qué no podían comunicarse a cada rato, las clases la tenían abrumada y necesitaba concentrarse. Está saliendo con otro hombre, me dijo, de seguro que está saliendo con alguien. La diferencia de edad y la lejanía lo hacían sentir muy inseguro. Cuando llegué a su casa, cerca del mediodía, estaba aún en pijama, desaseado y con la barba crecida. ¿No has ido a trabajar en estos días?, le pregunté. No Roberto, fue su seca respuesta. Por favor, confía, no te dejes abatir por tu imaginación, le dije. No es así, me respondió. Lo único que deseo es que un rayo me parta.

Una semana después, la noticia del accidente lo derrumbó por completo.

Transcurrieron tres meses de aislamiento casi absoluto, hasta que un domingo fui a verlo. Marcial no se levantó hasta pasado el mediodía. Me quedé a acompañarlo porque temía dejarlo solo en el estado en que lo encontré. Quería tanto a Marcial, éramos yunta desde que estábamos en el colegio. Lo ví llorar en silencio hasta quedarse dormido sobre el sofá de su sala. Miré su refrigerador, era evidente que no había comido en días. El almuerzo que llevé para los dos me lo tuve que comer yo solo. Él apenas mojó un poco de pan en la salsa de los tallarines y después de masticarlo un rato con displicencia me dijo que no soportaba el olor a tuco.

Al caer la tarde, justo cuando me disponía a regresar a mi casa, Marcial desapareció. Lo busqué inútilmente por los alrededores, hasta que recordé su manía de subirse cada noche a la colina contigua para observar las estrellas. En efecto, a los lejos pude divisar la silueta de Marcial sentado sobre su roca favorita con la mirada atenta a un punto luminoso en el cielo, extrañamente más grande de lo normal y que, además, se movía. Se trata de una hermosa estrella fugaz, pensé.

No había caso. Le dejé una nota de despedida en su puerta donde le decía que me llame si necesitaba algo. Luego subí a mi carro y me fui. Pero no me sentía en paz dejando solo a este hombre, prisionero de una depresión que ya parecía sobrepasar los límites. La muerte de esa muchacha fue una tragedia, lo entiendo, estaban además muy enamorados, pero a Rita la había conocido hacía menos de un año. La vida continuaba, el mundo no se acababa ahí. En la grabadora de mi auto escuchaba a Sui Generis cantando Y si estoy cansado de gritarte, es que sólo quiero despertarte… Bueno, Marcial no podía rasguñar las piedras de una tumba en Madrid. Tampoco serviría de nada. El amor puede llevarnos a veces a hacer cosas estúpidas, por eso temía tanto por mi amigo.

Yo vivía por entonces en Chaclacayo, al lado del colegio Rosario de Fátima y a diez kilómetros de Chosica. Estando por ingresar a casa, recordé que había dejado mis lentes de leer sobre la mesa del comedor de Marcial. No había caso, necesitaba volver. Sin mis lentes no soy nada. Subí nuevamente a mi auto y salí a la Carretera Central para volver sobre mis pasos. Entonces, el espectáculo que vi fue espeluznante: la estrella fugaz que vi al salir se había transformado de pronto en una bola de fuego que se acercaba raudamente a la tierra dejando una estela de humo en el cielo. Mi horror fue notar su trayectoria. Tuve un presentimiento y me dio escalofríos.

Contradiciendo mis instintos, puse el pie en el acelerador y me dirigí a toda velocidad de regreso a la casa de Marcial. El tráfico era infernal. Mucha gente había descendido de sus autos para contemplar y fotografiar la escena. Era de película. Yo tocaba la bocina con desesperación y avanzaba por los laterales de tierra cada vez que podía, mientras timbraba el celular de Marcial una y otra vez sin obtener respuesta. En menos de diez minutos, sin embargo, una luminosidad enceguecedora invadió el espacio y vimos bajar en diagonal una centella de fuego a una velocidad incalculable. Luego se escuchó una detonación similar al estallido de cien bombas. Todos los autos se estremecieron.

El embotellamiento duró toda la madrugada. Imposible avanzar o retroceder. A las cinco de la mañana la radio informaba del suceso: Un forado de 6 metros de profundidad y 20 de diámetro dejó el meteorito sobre la pequeña colina de la calle Los Granados en Chaclacayo. Un cráter más grande que el que dejó el que cayó en Puno en septiembre de 2007. Numerosas viviendas han sufrido daños de consideración debido a la onda expansiva. Sólo se ha reportado un fallecido hasta el momento. Seguiremos informando.

Lima, 26 de julio de 2016

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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