Cuentos

Regreso sin gloria

No había nadie en el parque a esa hora. La noche había entrado en su fase más negra y las luces de los faroles parecían haberse atenuado adrede por respeto a la escena de la que estaban siendo testigos. Un hombre joven, alto y forrado con una casaca negra sollozaba en silencio en esa dura banca de granito abrazado de dos niños en pijama que parecían no tener más de cinco años. Uno lloraba también, el otro tenía los ojos clavados sobre la vereda húmeda, la misma que había recorrido por la mañana en su triciclo, una y otra vez, despreocupado. Sus chompas estaban también humedecidas por la lluvia.

No hubo una explicación para la salida repentina de la casa a esa hora. No hacía falta. El episodio que la motivó se había repetido tantas veces que esa suerte de huida hacia adelante -ese mecanismo supuestamente protector que simboliza la muerte de aquello que amenaza la vida, según el psicoanálisis- no les causó sorpresa. Era tal vez la puerta que esperaron por largo tiempo su padre se decidiera a abrir. Por eso salieron sin chistar a pesar de la fría oscuridad de esa noche sin luna. Tal vez comprendieron que ese era el momento de desatar el nudo que asfixiaba sus gargantas cada fin de semana. Aunque sea así, aunque sea un rato, aunque sea a solas.

Era un escena repetida, en efecto. Podía iniciarse en cualquier momento por cualquier motivo, una veces casual, otras tantas provocado, como si rivalizar por autoridad fuese una competencia excitante, inevitable, irresistible. Esa noche fue por la cena. Los platos no habían quedado vacíos y eso era un escándalo. ¿A qué niño se le podría ocurrir irse a dormir sin comer? Pero la razón pudo ser otra cualquiera. Por qué tan tarde. Por qué tan pronto. Por qué tan lento. Por qué el apuro. Por qué ahora. Por qué después. Por qué aquí. Por qué a mí.

Los reclamos, las quejas, los enojos, el fastidio, él no lo entendía entonces, tenían menos que ver con sus hijos y mucho más con su historia. Si ella hubiera tenido a su alcance algún conjuro de magia negra capaz de borrarla para hacer de su pasado una hoja en blanco, lo habría hecho a cualquier precio. Lo cierto es que él llegó con una historia a su vida. Y con dos niños que eran su razón de vivir. Eso no se podía borrar. Eso irritaba.

Argumentar era inútil. Cuando terminas despreciando algo, las razones sobran. Las usas para justificarte, no para probar nada a nadie. Eso fue algo que él tampoco comprendió en su momento. Por el contrario, descubrió que dejar sin argumentos a quien solo busca lastimarte solo sirve para encender la hoguera. Y esa noche, las llamas llegaron hasta el cielo, a un cielo donde dios dormía indiferente.

Sentado en esa banca, condenado a pensar, saltaba de la pena a la rabia, de la rabia a la nostalgia y desde allí a la culpa. Quizás decidió mal y esa muchacha que pugnaba por convertirlo en alguien que no era, no merecía a un tipo como él. Quizás debía liberarla de esa prisión. Quizás había hecho todo tan mal que debía liberar al mundo de sí mismo. No quería volver, a su casa, a su mundo, a su nombre, a su vida. Pero la noche enfriaba más y más. No había dónde ir. No había refugio ni dinero para alquilar nada por un tiempo, tampoco un amigo al que pedir asilo sin sentirse aplastado después por la vergüenza.

No podía quedarse en esa banca para siempre, eso estaba claro. Cerrar los ojos no iba a cambiar las cosas. Al despertar, el dinosaurio todavía estaría allí. Porque no estaba afuera, el monstruo habitaba en él y le estaba comiendo las tripas.

La madrugada fue testigo del retorno. Un retorno pausado y difícil, con la espalda doblada por la derrota. Abrió la puerta con sigilo. La casa dormía. Acostó a los niños y se sentó en el piso a acompañar su sueño. La mañana trajo el olvido, el olvido ritual, ese que oculta con un manto de cinismo las tragedias para seguir viviendo. La leche, las tostadas, la mantequilla y las demás cortesías del desayuno de esa mañana fría, después de todo, no tenían culpa por sus decisiones. Tampoco los triciclos, que volvieron a rodar sobre las veredas aledañas, todavía mojadas por la lluvia triste de la noche anterior.

Lima, 04 de junio de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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