Cuentos

Segundo debut

El agua azulada la envolvió en un instante, permitiendo que el peso de su cuerpo le llevara a desplazarse por sí mismo hasta tocar el fondo. Brenda era una sirena y estaba en su elemento. Giró dos veces sobre su espalda y avanzó sin prisa unos metros más allá, dejando que la densidad de ese submundo maravilloso ponga las reglas a sus movimientos. Ella sabía muy bien lo que quería, pero lo que tenía que hacer para obtenerlo la agobiaba. Brenda amaba a Tony. Más allá de conflictos y mortificaciones inevitables, eran muchos años de convivencia grata, tierna y divertida, no podía negarlo. Se habían hecho el uno al otro. Adivinaban sus intenciones o deseos sin necesidad de decir nada, se habían acompañado tanto. Sin embargo, ella tenía planes que venía postergando por él, sentía que el tiempo de realizarlos se le escurría entre los dedos y sabía que no podía iniciar ninguno si no tomaba distancia de una manera radical.

Técnicamente hablando, el agua estaba tibia, aunque Brenda la sintió fría esa mañana. Allá abajo había paz, pero no había sol. Tony no podía valerse por sí mismo. Necesitaba atenciones constantes y una dieta especial. Es verdad que podía encargarlo y rodearlo de todas las comodidades necesarias, pero eso exigía gastos importantes que no estaba en condiciones de hacer. Al mismo tiempo, si no invertía en esa decisión, sus proyectos –que requerían de ella una genuina consagración- seguirían estancados y tendría que seguir haciéndose cargo de una situación que ya le resultaba asfixiante. Ahora bien, dejar a Tony le daba una pena inmensa, además de una culpa colosal. Parecía no haber cómo ni dónde escapar.

Sus lentes especiales ajustaban bastante bien en su rostro. No dejaban pasar el agua. Lamentablemente, no se había inventado el gorro de goma capaz de proteger su cabello del cloro por completo y, por esa circunstancia, cumplía cada sábado un rito minucioso compuesto de lociones y cremas especiales: aceite de almendras o de jojoba y una mascarilla de huevo a la semana, le devolvían brillo y vida a su larga y hermosa cabellera negra. Sin testigos, Brenda serpenteaba bajo el agua con la gracia que un delfín envidiaría. Qué sensación de libertad.

Brenda emerge de pronto, respira hondo y antes de volver a sumergirse nota una presencia extraña al borde de la piscina. ¿Tony?, ¿qué haces acá? Entonces se quita los lentes y lo mira con incredulidad, ¿cómo llegaste solo hasta aquí? Tony la mira con tristeza y se voltea para alejarse a toda marcha. Entonces Brenda alza la vista y descubre con estupor que está en el jardín de su casa. Imposible ¿Acaso estoy soñando?, se pregunta a sí misma. No había nadie más alrededor. Sale entonces de la piscina y corre detrás de Tony, quien se esfuma en la oscuridad de los rincones. De pronto, al abrir la puerta de su habitación, se encuentra en la cabina de un Cessna 195, que está a punto de despegar. Tome asiento donde guste, le dice un afable piloto. ¿Dónde vamos?, pregunta intrigada. Entiendo que a Medellín, le contesta. Allá la esperan.

Esa era la ciudad donde tenía planeado realizar varios proyectos editoriales. Brenda era escritora e ilustradora, escribía cuentos para niños pequeños con diseños muy originales, aunque no tenía tiempo para dedicarse a esa actividad por completo. Entre Tony y la agencia de viajes en la que trabajaba, a la que debía desplazarse cada mañana cruzando de un extremo a otro la ciudad, sus días estaban más que saturados. Pero, ¿quién la esperaba en Medellín, la soñada ciudad de los niños, de cuyo clima, teatros y bibliotecas había quedado enamorada, si todos esos planes estaban aún en su cabeza?

Brenda siente de pronto un frío intenso y cierta dificultad para respirar. Espere por favor, alcanza a suplicarle al piloto, debo regresar, no me siento bien. No es posible señorita, le responde, el avión ya está en el aire, ¿por qué quiere regresar. Es que no estoy lista, contesta Brenda con agitación, además no traigo nada conmigo, encima no puedo respirar bien, no sé qué me pasa. Pero fue usted quien fijó el destino, le dice el piloto sin retirar la vista del timón, nunca se sentirá lista por completo. Por lo demás, ¿no era allá abajo donde se asfixiaba?

La muchacha se levanta entonces de su asiento desesperada, abre la puerta del avión y se arroja sin miramientos. Su cuerpo flota nuevamente y se desplaza con lentitud sin un rumbo claro. Le regresa esa sensación de libertad y paz, otra vez rodeada de un azul profundo. Ahora piensa en Tony. Desde que llegó a su vida ella siempre lo quiso, pero se hizo cargo de él de un modo accidental, no lo eligió. Al cabo de once años no reniega del amor, sí de la dependencia. Se siente atada a un destino que no es el suyo, forzada a asumir una responsabilidad que la ha llevado a postergar sus sueños casi hasta el borde de lo irreversible. Pobre Tony, no puede odiarlo ni culparlo de nada, pero necesita decirle basta. Ahora quiere hacerse cargo de ella.

Brenda agita sus brazos y sus piernas, su cuerpo se mueve nuevamente, escucha gritos a lo lejos. El frío es cada vez más intenso, tiene los ojos bien abiertos, pero no hay nadie allí abajo. ¿Qué hacía ahí?, le costaba recordarlo, le costaba recordar también si fueron sus decisiones o fueron concesiones a decisiones de otros las que configuraron su vida de esta manera. Una aguda desazón le invade de nuevo. Sus bellos ojos negros se le cierran lentamente. Ya no quiere pensar.

El sábado aún no concluye, pero ha caído la noche. Brenda acaba de despertar. Tiene el cuerpo completamente adormecido. ¿Dónde estoy?, pregunta con desconcierto. Estás en el hospital, le dice una enfermera. Te golpeaste la cabeza al lanzarte a la piscina, estuviste cuatro minutos inconsciente bajo el agua. Estás viva de milagro hija y sin daño cerebral, agradécele al cielo.

¿Qué hora es?, pregunta Brenda. Son las 10 de la noche. La joven se incorpora asustada y grita: ¡no puede ser! Por favor, llame a mi hermana Marcela, le escribo el número, que vaya urgente a mi casa, ella tiene llave. Debe atender a Tony, ha estado todo el día solo, ¡debe estar desesperado! Cálmese señorita, le dijo la enfermera tomándola por los hombros, llamaré a su hermana para informarle de usted, no sabíamos a quién avisar. Sólo le advierto que en su casa no hay nadie, hemos estado llamando insistentemente. Es que no hay nadie, responde Brenda angustiada, por eso mismo quiero que vaya a ver a Tony. Él está sin comer. Tranquilícese, yo le avisaré. Pero recuéstese por favor, recupérese bien, que está debutando en la vida por segunda vez.

Es martes 30 de abril. Han pasado cinco años desde aquel suceso. Brenda Alonso, por entonces desconocida escritora peruana de literatura infantil, vive ahora sola en Medellín y continúa nadando, esta vez una hora diaria, en la piscina de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, antes de acudir a la Universidad de Antioquia donde estudia un posgrado. Esa noche presenta su décimo noveno cuento ilustrado en la XXV Feria Internacional del Libro de Bogotá. Esa noche contará esta historia por primera vez a un público que aprendió a quererla y a admirar su producción literaria, para explicarles testimonialmente que la experiencia de la muerte y la resurrección no es patrimonio de los dioses.

 Lima, 05 de agosto de 2013

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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