Cuentos

Silencio en las almas

Me acuerdo de muy pocas cosas del jardín infantil, pero me acuerdo muy bien de Claudia. Mi madre dice que lloraba y lloraba por ella, que la miraba todo el tiempo sin decirle nada y que ella se corría de mí. Que un día me acusó con la profesora porque le incomodaba sentirse continuamente observada. No me acuerdo de eso, lo único que tengo bien registrado es aquella vez en que le dio un beso a otro niñito en la mejilla, pues estallé en llanto y no quise regresar al Nido en semanas. Al entrar a la primaria fuimos a distintas escuelas y la perdí de vista, pero me la encontré de nuevo, sorpresivamente, en cuarto de secundaria. Coincidimos en el mismo colegio preuniversitario, en Jesús María.

La primera vez que la vi la reconocí al instante y empecé a temblar inexplicablemente. Se había convertido en una muchacha hermosa. Alta como una tierna jirafita bebé, siempre delgada, de piel morena, de frondosa cabellera negra, con unas pequeñas y pobladas cejas y enormes ojos café, conservaba la misma sonrisa dulce de sus cinco años. Llamaba la atención y, como era de esperarse, los chicos la asediaban. Compartimos aula todo el tiempo, algunas veces me hacía preguntas al paso sobre las tareas que nos dejaban, pero yo tartamudeaba y le respondía con monosílabos. Por supuesto, no se acordaba de mí y nunca me atreví a presentarme ni a decirle nada sobre los episodios del Nido. Qué vergüenza, le hubiese reavivado un mal recuerdo. Tampoco le dije que me gustaba y vaya que me gustaba, otros chicos menos tímidos que yo se lo habían dicho antes y no quería exponerme a su rechazo. Al igual que en el Nido, me conformaba con mirarla en silencio.

¿Tú eres Manuel, no? me dijo una mañana. No, le dije, soy Carlos. Ay disculpa, siempre te confundo con Manolo. En realidad, mi parecido a Manuel era mi única oportunidad de lograr que ella me mirara a los ojos y me sonriera una que otra vez, aun cuando se tratase de sonrisas para la persona incorrecta. Pero no me incomodaba. Al menos no era para ella cualquier chico de la clase. Era el que se parecía a Manolo. Y eso era todo lo que tenía.

Aunque nunca pude sacarla de mi cabeza, no la volví a ver después hasta mi tercer año en la universidad. Yo iba a sociología y ella a psicología, por lo que no nos habíamos cruzado hasta entonces, pero coincidimos en la clase de historia universal, un curso que ambos teníamos pendiente. Parecía una predestinación. A sus 20 años, Claudia lucía espectacular. Ahora andaba con el pelo suelto y su larga melena negra le llegaba hasta la mitad de la espalda. Sobre ella siempre reposaban unos finos lentes oscuros, con los que cubría la mitad de su rostro cada vez que salía a la luz. Espigada y esbelta, alegre todo el tiempo y de risa fácil, su sonrisa dulce y su forma de caminar la delataban.

Tú eres Claudia, ¿verdad? no sé si me recuerdas, en el colegio, yo soy el que no era Manuel. Uf, quién sabe de dónde saqué valor para abordarla. Quizás el verla sola en la cafetería, leyendo a Eric Hobsbawm con evidente ansiedad y una taza de café sobre la mesa, me hizo pensar que no esperaba a nadie. Cuando ella levantó sus enormes ojos para ponerlos sobre los míos sentí desfallecer. Y cuando recogió su pelo echándoselo para atrás y me regaló una sonrisa sentí ganas de huir, llevándome ese recuerdo y guardándomelo para siempre en algún lugar inaccesible ¿Qué más podía pedir? Sí te recuerdo, me dijo. Ay pero, disculpa ¿cuál era tu nombre?

No me importó que supiera y no supiera quién era yo. Era el primer contacto personal explícito que había tenido con ella desde el jardín de infantes. No podía desperdiciar la oportunidad ¿Sabías que Hobsbawm también fue crítico de jazz?, le pregunté. En el colegio, en los recreos, la oí escuchando algunas veces a Charlie Parker o a Ella Fitzgerald, intuía entonces que el jazz podía interesarle. La conversación de esa mañana le probó que sabía cosas de aquel historiador que podían hacerlo sentir más amigable y, por supuesto, que conocía bien sus ideas sobre la revolución industrial británica. A esas alturas, ya me había leído su Historia del siglo XX y al parecer con mayor interés y menos angustia que ella. Estaba listo para ofrecerle un atajo.

Así empezó todo. De pronto había dejado de ser para ella el anónimo muchacho que no era Manuel para convertirme en Carlos, el chico que sabía historia. Estudiamos juntos varias veces, aunque siempre en compañía de terceros, pues ella se encargó de hacerme fama y de traer a nuestras jornadas de repaso a sus amigos más cercanos. Incluido a su enamorado.

En el ciclo siguiente las cosas volvieron a la normalidad. Es decir, cada uno tomó su rumbo en su respectiva facultad y nuestros encuentros se hicieron cada vez menos frecuentes y más casuales. A veces coincidíamos en la cafetería, a veces en los pasadizos o las escaleras y nunca dejaba de saludarme con cordialidad. Casi siempre estaba acompañada. Las veces que iba sola, sin embargo, no encontraba las palabras ni el valor que me permitieran decirle, por lo menos, una pequeña parte de todas las cosas que ella me hacía sentir. Por ejemplo, te extraño. Te pienso todo el tiempo. Qué difícil me resulta la vida sin ti.

Con el transcurrir de los meses Claudia se fue de mí así tan fácil como entró, sin avisarme. Nunca más la vi en la cafetería ni en ninguna otra parte. Me enteré después que había tenido que dejar la universidad por problemas familiares, pero tampoco me atreví a llamarla o escribirle para preguntarle. Después de todo, ¿qué era yo para ella? Tan solo el compañero que la ayudó a estudiar historia universal por un semestre, como tantos otros podrían haberlo hecho de seguro con otros cursos. Después de ese episodio no me volvió  a buscar. No estaba en su círculo de amigos. Ella, además, tenía su pareja. Tenía que ubicarme. Una vez más, elegí el silencio.

Cuando terminé la carrera me fui a hacer un posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México. Necesitaba cambiar de aire y de paisaje, conocer nueva gente, renovarme la sangre. Dos años duró la maestría, pero después estuve un año como asistente de cátedra. Luego me ofrecieron una plaza de profesor. Era una oferta muy importante para mí pues me iba a permitir iniciar el doctorado en paralelo, aunque esto implicara mudarme definitivamente al D.F. Curiosamente, la otra asistente del curso, llamada Raquel, era una mexicana alta, delgada, morena y de cabellos largos, con una personalidad tan parecida a la de Claudia que a veces la llamaba así distraídamente ¿Quién es Claudia?, me preguntó un día mientras nos dirigíamos en bus al Centro Comercial Santa Fe. Le pedí disculpas y le respondí con evasivas. La verdad, su presencia me inquietaba. De hecho, habíamos empezado a salir algunas veces para conocernos mejor. Lo paradójico es que me fui a México para escapar del recuerdo de Claudia y terminé encontrándome con  su reencarnación.

Antes de asumir el cargo, tuve que regresar a Lima por un mes. Necesitaba tramitar papeles y dejar en orden muchas cosas si mis planes ahora eran vivir en México. Y fue en mi universidad, en mi alma mater, cuando acudí a gestionar varias constancias, que me encontré a Claudia.

Carlos, ¿eres tú? ¡Se me hizo difícil reconocerte así con barba! Me dejó helado. A sus 24 años, estaba igual de bella o quizás aún más. Había regresado a la facultad a completar sus estudios y, para mi sorpresa, estaba visiblemente emocionada de verme. Se acordaba de mí. Me invitó luego a comer una torta en la cafetería y conversamos sin parar durante tres horas. Me dijo que estaba haciendo natación y estudiando danza moderna, lo cual explicaba su espléndida figura. Le pregunté por su novio, ese imbécil, me dijo, terminamos hace dos años, ahora estoy con otro chico. Más o menos con él, es tranquilo. Me contó que todos sus amigos habían acabado ya la carrera y que estaba estudiando con puro mocoso en la facultad, pero qué se le va a hacer y hay que vernos más seguido Carlitos.

Esa misma noche nos vimos de nuevo. Nos sentamos en una esquina discreta de un bar recién inaugurado en Barranco, sobre unos mullidos taburetes de color beige con mesitas bajas. Al lado había un estante de cinco niveles y unos cinco metros de ancho repleto de botellones multicolores, atravesados por luces indirectas que proyectaban tenues reflejos naranjas, rojos, amarillos, celestes, verdes y azules sobre las paredes rústicas de ladrillo. El piso y los techos de madera aportaban al ambiente calor e intimidad. El sitio era bello.

Delante de mío estaba Claudia, con un sencillo vestido crema, corto y entallado, adornada con hermosos aretes y pulseras de plata. Un bellísimo medallón marrón con bordes plateados colgaba sobre su pecho y su larga cabellera negra, recién alisada, le daba majestuosidad a su presencia. Lucía aliviada y feliz, me miraba y me sonreía a cada instante mientras me contaba otros capítulos de su vida reciente. Yo estaba viviendo un sueño. Había esperado veinte años por un momento así con ella y el destino había dispuesto que ocurriera justo ahora. Justo ahora.

Aunque hubo poco tiempo para hablar de mí, pude contarle hacia el final de la velada una versión sucinta de absolutamente todo lo que había hecho desde que dejamos de vernos, incluido lo de México. Claudia me escuchó atentamente, me hizo muchas preguntas, luego hizo una larga pausa y me dijo, bueno, para serte sincera me siento muy bien contigo, y lo único que sé es que tenemos un mes por delante, hay que aprovechar el tiempo.

Ese mes duró una eternidad. Nos vimos casi todos los días estirando el tiempo a más no poder, y mis viejos sentimientos de admiración, mi antiguo encandilamiento, mi obstinada ilusión infantil, volvieron a despertar por completo. El velo del misterio de esa enigmática muchacha por fin se plegó y fui descubriendo a una Claudia sencilla, generosa y sensible como la Madre Teresa, intuitiva como una vidente en ciernes, carismática como una cantante pop, con la discreta sensualidad de una Nora Jones y tan tierna a veces como aquella niña de cinco años que me robó el corazón. Estaba entusiasmado.

Era consciente de estar caminando sobre una delgada línea rosa y de no saber hacia qué lado inclinarme. En ningún caso iba a obtener ganancia sin pérdida. No podía quedarme en medio. Tenía que regresar y no quería. Tenía que quedarme y no podía. Algunos días me replegaba asustado y Claudia no sabía dónde encontrarme. Pero después reaparecía y ella parecía entenderlo todo. Es verdad, yo esperé todo el tiempo una señal de su parte que jamás se produjo y es probable que ella estuviese esperando una palabra mía que jamás pronuncié. Si tú me dices ven seré todo para ti, si tú me dices ven lo dejo todo. Esta canción de Los Panchos resonó en mis oídos mañana, tarde y noche durante esos largos días. Ninguno de los dos dijo ven.

Los últimos días de mi estancia en Lima fueron particularmente tensos. Tenía tantas cosas que decirle y no me salían las palabras. Las veces que lo deseaba, esperaba de ella algún gesto que me ayudase a hablar. Pero eso no ocurría y yo lo interpretaba como la cautela propia de una persona consciente de sus límites, que no quería seguir avanzando más. Fue por eso que decidí callar. No la llamé, no le escribí ni respondí sus mensajes, decidí marcharme sin despedirme porque tenía miedo de no poder hacerlo sin partirme en dos.

El domingo por la noche hice mis maletas. Guardé mis certificados en un sobre y los metí en el maletín de mano. Puse algo de ropa, libros, algunos recuerdos de familia, mis discos de música, varias de mis películas favoritas, pequeños adornos de especial significado para mí, hasta que no pude soportarlo más. Llamé a Claudia desesperado y me respondió recién al quinto intento.

Tratando de contener las lágrimas, le confesé cuánto la amaba, todo lo que significaba para mí, lo importante que habían sido estos días que pasamos juntos, pero sólo la escuchaba decir aló, aló, aló. Soy yo, le dije, no me quiero ir. No me oía. Pensé que el celular estaba fallando y volví a llamarla. Ocurrió lo mismo. Entonces me di cuenta que no era el aparato. No me salía la voz. Grité con todas mis fuerzas, una y otra vez. Fue en vano. No podía hablar, tenía las palabras ahogadas en mi garganta. Traté de serenarme y no me fue posible. Sentado sobre mi cama, con la maleta a medio hacer, no podía dejar de llorar.

El aviso del taxi en mi puerta me devolvió a la realidad. Era tiempo de partir. Me apresuré a guardar lo que faltaba, me puse el saco y los lentes oscuros para que nadie note la hinchazón de mis ojos y me embarqué al aeropuerto. La voz no me regresaba, tuve que hacerme entender por señas o escribiendo en un papel lo que necesitaba decir. El vuelo se me hizo interminable, no pude dormir ni dejar de sollozar en silencio.

Una vez en México pude por fin descansar. Dormí casi 12 horas seguidas. Pero fue inútil, seguía sin voz. Fui al médico y después de varios exámenes que descartaron neoplasias y cualquier otro factor biológico, me diagnosticaron afonía por estrés. Todos los tratamientos que seguí en los meses siguientes fueron infructuosos. No pude dictar la cátedra y tuve que trasladarme, gracias a la generosidad de las autoridades de mi Facultad, al área de investigación. Allí me quedé a hacer carrera. De Claudia no supe más.

Pese que el pronóstico era el de un mal temporal, cuatro años después seguía en la misma condición. Fue duro, pero me habitué a eso, tuve que aprender a desenvolverme en el silencio. Durante ese tiempo, Raquel y yo nos acercamos bastante, me tuvo mucha paciencia y nos hicimos muy amigos, aunque nunca llegamos a nada. Esta discapacidad me volvió paranoico y no quería sentir la lástima de nadie.

El 5 de marzo de ese año cumplía 28 y estaba rodeado de amigos en casa. Fue entonces que recibí esa inusual llamada ¿Carlos?, me dijo una voz familiar. En ese instante pasaron por mi mente una inmensa cantidad de imágenes a un ritmo vertiginoso. Se me vinieron de golpe muchos recuerdos inconscientemente borroneados, los corazones que dibujaba subrepticiamente en el jardín infantil y el vacío del primer rechazo, mi llanto de rabia en los baños del colegio secundario por saberme siempre ninguneado, la depresión de mi último año en la universidad y que casi me impidió graduarme, mis deseos de huir y la crisis de mi retorno a Lima. ¿Claudia?, respondí espontáneamente. Sí, me dijo, ¡feliz cumpleaños!, ¡qué lindo es escuchar de tu voz!

Lima, 12 de abril de 2014

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Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

3 Comments

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    LUIS ALIAGA

    Profesor Luis, ¿es usted el Carlos de la historia? De serlo, sue romántico relato y de no serlo que tal inspiración.Su simpre atento alumno de IPAE, el profesor Luis Aliaga.

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    luisguerrero

    Muchas gracias tocayo por tus palabras, casi siempre hay algo de uno en los personajes que uno crea, y algo de uno puede ser una experiencia personal o la experiencia de alguien muy cercano o una experiencia intensa de alguien a quien aprecias mucho o quizás de algún desconocido, pero que te llega al alma por conectarse de uno u otro modo contigo. Gracias por leerme y por darte el tiempo de escribir tus impresiones. Abrazo

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