Cuentos

Tres esquinas

La fila todavía era larga y los músculos de la cara ya le dolían de tanto sonreír. La muñeca la tenía también adormecida, no era común firmar más de cien dedicatorias seguidas. Necesitaba ir al baño, pero no había manera de escapar de allí. No es que no estuviera a gusto, el cariño de la gente lo llenaba de motivos para seguir escribiendo, pero esa noche estaba más cansado que de costumbre. La gente había rebalsado el auditorio desde temprano y con razón, Oliver era un éxito de librerías desde que publicó su primer libro hacía tres años.

«De dónde vienen tus miedos (y cómo tenerlos a raya)» se convirtió en Best Seller en apenas tres meses. El jamás había escrito libros de autoayuda. Ese en particular lo hizo a manera de exorcismo, le molestaba tanto su inseguridad que necesita hablar de esto a los cuatro vientos para ver si así encontraba la forma de abrir un poco las ventanas a su confianza. No había que estudiar mucho para averiguar las causas más comunes de ese sordo estado emocional, siempre agazapado en los momentos de decisión más importantes. Pero no quería escribir un tratado de psicología, sino el testimonio sincero de una exploración personal al fondo mismo de sus temores más tenaces. En su caso, allí contaba la forma como tuvo que luchar con esa voz interior que le exigía dar más y cada vez más de sí mismo hasta cruzar la línea de lo razonable.

Desde entonces aceptaba los aplausos con menos vergüenza. Por eso, esa noche se sintió cómodo y feliz, solo lo afectaba el cansancio de una larga jornada que había estado repleta de reuniones y coordinaciones. El libro que presentó, «Diga lo que piensa (pero dígalo bien)», también nació del esfuerzo por sacarse otro clavo. Había sido criado para no hacer sentir mal a las personas diciendo siempre lo correcto. Y cómo le irritaba no encontrar la forma de llamarle idiota a quienes se ganaban con creces el privilegio de un insulto educado. En el libro daba consejos para cultivar el sutil arte de la ironía, que al final podía resultar mucho más demoledor que una cachetada, pero también para compadecerse de los motivos que podían llevar a las personas a hacer o decir cojudeces sin mala intención.

  • ¿A quién se lo dedico?
  • A Stephanie, señor Oliver

Era la última de la fila, los empleados del lugar ya estaban haciendo la limpieza y los amigos de la editorial lo estaban esperando con el taxi en la puerta. Pero él necesitaba antes pasar por el baño. Ya no sabía cómo sentarse. “A mi querida amiga Stephanie, con gratitud e ilusión” decía la dedicatoria. La muchacha abrió sus enormes ojos negros al leerlo.

  • ¿Por qué con gratitud?
  • Por interesarte en leerme, respondió Oliver sonriéndole
  • ¿Y por qué con ilusión?
  • Porque te animes a leer el próximo
  • ¿Y cuál será el próximo?

En efecto, había uno más en la cocina y lo tenía muy avanzado. Le había puesto provisionalmente por título «Cómo rescatar tu adolescencia (y disculparte con ella)». Ya que se había metido al lío de la expiación personal, necesitaba también hablar compasivamente con el muchacho que fue. Necesitaba exonerarlo de culpa por las tontas aprehensiones que llenaron entonces su cabeza y le impidieron vivir con más ganas ese periodo lindo de la vida.

Precisamente, Stephanie no tendría más de quince o dieciséis años, estaba acompañada de su madre, que según le dijo fue quien leyó primero el libro y se lo pasó después para que aprenda a decir siempre lo que piensa. Si lo que estaba escribiendo ahora le ayudaba a ser quien ella quisiese ser y no quien los demás esperaban que fuese, habría un alma menos sufriendo en la Tierra.

  • El próximo será uno que te encantará leer
  • Pero ¿de qué tratará? ¿No me puede decir?

Oliver necesitaba el baño. Ya estaba en su límite. Miró a la niña por un instante y sus lindos ojos trajeron a su mente la imagen de la muchacha que lo ilusionó hasta el llanto en los últimos años de la secundaria, pero a la que jamás se atrevió a confesar sus sentimientos. Admiró siempre el desparpajo de sus compañeros, que no temían mostrarse como eran ante las chicas, arriesgándolo todo.

  • ¿Acabaste el colegio ya?
  • Este año lo acabo
  • Entonces me apuraré en terminar de escribirlo para que lo leas antes de graduarte
  • ¿Y no me va a decir sobre qué tratará?
  • Hija, ya no molestes al señor, terció la madre
  • No, está bien, dijo Oliver, se lo diré. El título no lo he decidido aún, pero será uno que te ayudará a mirarte al espejo y a conversar amablemente con tu propia imagen.
  • Me deja en la luna…
  • Hija, basta

Oliver le sonrió, se paró, le dio la mano y corrió hacia una esquina del auditorio. Stephanie lo vio alejarse hasta desaparecer en la zona de los servicios.

Lima, 10 de junio de 2021

Impactos: 7

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *