Cuentos

Un presagio del fin del mundo

Es de mi hijo menor, pero ahora nos vamos a vivir fuera del país y no podemos llevarla. Le suplico que la reciba, los vecinos me han dicho que usted recoge animalitos desamparados, no sabríamos dónde dejarla.

La señora fue amable. Yo le acepté en parte por compasión, en parte por curiosidad, pues nadie acostumbraba traerme al consultorio esta clase de animales que me causaban fascinación desde niña. Pero no me dio tiempo ni de preguntar su nombre, la mujer se hizo humo después de dejármela sobre la mesa, como si se tratara de un perrito atropellado. A juzgar por su tamaño, casi un metro de longitud, tendría quizás unos tres años de edad. Su breve cresta y su alargada cabeza, me indicaban que era una hembra. Felizmente estábamos en enero y el calor jugaba a su favor, pero me resultaba difícil entender las razones de la gente para sacarlas de su hábitat y traerlas a la ciudad como si fueran mascotas. Ahora tenía delante mío, medio adormecida, hermosa, monumental, a esta enorme iguana.

Desde que estudiaba veterinaria me gustaba llevar animalitos magullados a casa, perros, gatos, conejos, palomas, los recogía, los curaba y me los quedaba. A mis padres no le hacía mucha gracia esta costumbre, pero al menos reconocían que «hacía magia con ellos», como decía mi madre. Algo parecido me decían mis profesores en la universidad. Terminé el bachillerato y la maestría con más honores de los que imaginé. Me propusieron que haga carrera académica, me dijeron que podían auspiciarme el doctorado en la Universidad de Leipzig. Pero no acepté. Siempre fui una estudiante de perfil bajo, odiaba la notoriedad, Por eso preferí refugiarme en el consultorio y llevar una vida tranquila, sin presiones, sin sentir obligación de responder a las expectativas de nadie.

Así fue como terminé adoptando animalitos y el vecindario rápidamente tomó nota de mi amor por todas las mascotas desheredadas del mundo. Pero esta iguana era otra cosa. La señora, a quien nunca había visto por el barrio, no me dijo su nombre ni su dirección, ni me preguntó siquiera si cobraba por el servicio de guardería.

Por fortuna, tenía en casa un jardín interior con una hermosa madreselva y un ficus de buen tamaño, al que eligió de inmediato como su nuevo hogar. Decidí llamarla Rebeca. Aunque estuve haciendo algunas consultas para ver si podía devolverla a la selva, de donde nunca debió salir, todo fue bien con el animalito en casa, hasta que llegó el tiempo de la reproducción. Ignoraba si Rebeca estuviera preñada, pero si acaso, sabía que las iguanas suelen enterrar sus huevos en febrero y ya me había resignado a la idea de que terminaría arruinándome el jardín.

Fue entonces que empecé a notar algo extraño en su pecho y en su panza. Estaban algo hinchados. La examiné con cuidado, le hice algunas pruebas y el animal parecía estar sano, excepto por ambos detalles. La hinchazón se fue haciendo más pronunciada en las siguientes semanas.

No era una experta en reptiles, pero me quedé intrigada, por lo que decidí hacerle una ecografía. Quería descartar un tumor o alguna inflamación interna debido a alguna infección. Pero en el momento en que iba a llevarla al consultorio, desapareció. La busqué por toda la casa y cuando estaba a punto de darme por vencida la encontré en la esquina de un depósito de cosas viejas que tenía en la parte de atrás, en pleno «trabajo de parto». Mis ojos se negaban a aceptar lo que veían. Las iguanas son ovíparas. Pero este animal estaba dando a luz, como un mamífero. Saqué como 30 fotografías de esta escena increíble con mi celular y aguardé a prudente distancia. Al salir su cuarta cría, la madre empezó a amamantar a los recién nacidos. No tenía lógica, era un reptil, contradecía por completo las leyes de la evolución y la naturaleza, pero estaba ocurriendo delante de mis narices.

La iguana y yo soportamos estoicamente el asedio de mis colegas y aún el de la prensa durante los siguientes 30 días, pues la noticia causó un impacto tremendo en la comunidad científica nacional e internacional y en la opinión pública. Era lógico. Solo que no medí las consecuencias que eso traería en mi apacible vida.

Me negué a que se la lleven para investigarla, temía que cualquier cambio de ambiente o rutina la estresarla demasiado y afectara la relación con sus pequeñas crías. Pero acepté entrevistas a la National Geographic y me reuní en casa con varios científicos de diversas partes del mundo. Aparecí dos veces en la portada de la revista Caretas, me hicieron un reportaje para El País y otro para el Washington Post. Hasta la prestigiosa revista Animal Science Journal me entrevistó. Me incomodaba tanta popularidad y no sabía cómo evitarla.

Cierta prensa llegó a llamar a mi iguana el «eslabón perdido» en la evolución del homo sapiens, alentando la teoría de los reptilianos y nuestra supuesta matriz alienígena. Entretanto, Rebeca daba muestras de una inteligencia sorprendente. Sabía que las iguanas podían comunicarse con otras a través de señales visuales, y a mí me miraba fijamente cada vez que necesitaba algo. Lo curioso es que no me resultaba difícil deducir su hambre, su fastidio, su temor, su cansancio e incluso su alegría, a través de sus ojos. Sabía por los estudios de Frans de Waal que solo los simios, los elefantes y los delfines eran las especies con mayor capacidad de empatía, pero… ¿los reptiles?

Cuando estaba en casa, Rebeca y sus crías, como los gansos de Konrad Lorenz, me seguían donde fuera: al dormitorio, a la cocina, a la biblioteca, al baño. Cuando quería llamar mi atención, resoplaba fuerte, después me miraba esperando a que interprete su deseo. Aprendió incluso a responder a su nombre y prefería estar a mi lado en pleno día que irse al jardín a tomar el sol como todos los de su especie. Estábamos conectadas.

Pero tenerla en casa me resultaba ya insostenible. Rebeca era un milagro inesperado en mi vida, aprendí a quererla de una manera muy especial, por lo que no tenía la más mínima intención de exhibirla como a King Kong en Nueva York. El problema es que tampoco quería convertirla en mi pasaporte al jet set de la investigación científica, como me sugerían algunos colegas. Al lado de la aristocracia académica mundial me iban a mirar como una pichiruche. Yo no trabajaba en ninguna universidad o centro de investigación, era sólo una modesta veterinaria de barrio que ya no podía ni trabajar. El asedio de los periodistas era extenuante, el teléfono no dejaba de sonar, los vecinos estaban mortificados, no sólo por el alboroto constante, sino por el miedo que les daba una criatura que algunos empezaban a considerar demoníaca. La prensa amarilla ya había sacado portadas donde afirmaban que era un animal maldito y un presagio del fin del mundo.

Fue entonces que me rendí. Decidí entregarla, por su propio bien, y ponerla en mejores manos que las mías. Hice un buen trato con la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de Minnesota, donde le darían el máximo cuidado. Ellos fueron muy gentiles al ofrecerme una plaza de investigadora principal en esa institución, con una remuneración de ensueño. Pero me asusté, ni siquiera hablaba bien el inglés, nunca estuvo en mis planes vivir en los Estados Unidos, así es que decliné. Pasarían por Rebeca en los próximos tres días. Me daba una enorme pena, pero pensaba que a la larga era lo mejor para ella y para mí.

Podríamos decir, sin embargo, que Rebeca entró en depresión. Después de haber pasado todo este tiempo dentro de la casa, de pronto regresó a su árbol con sus cuatro retoños. Le ponía sus verduras al pie del ficus y solo bajaba ella a llevarse la comida. Rehuía mi mirada y no hacía caso cuando la llamaba. Parecía saber lo que estaba pasando. Estaba resentida.

El viernes por la mañana vinieron por ella como estaba convenido, pero Rebeca se había esfumado. La búsqueda fue infructuosa. Supuse que había trepado por las madreselvas, con su familia a cuestas, y huido hacia otro jardín. Buscamos en todas las casas vecinas, yo estaba asustada, sabía que no era muy querida en el barrio y no deseaba que nadie la lastimase. Después de una semana de búsqueda, nos dimos por vencidos. Ni las recompensas ofrecidas por televisión en los siguientes días dieron resultado. Rebeca desapareció.

Al cuarto mes de su repentina huida, retornó la calma a mis días. Apagados los flashes de las cámaras en los alrededores de mi casa, silenciado el teléfono, extinguidas las visitas de periodistas y encumbrados personajes de la ciencia, olvidada al fin por los noticieros de la televisión, el círculo de la fortuna parecía haber completado su vuelta y había podido regresar a mi anonimato.

Pero mi desazón también era grande. Quizás por pensar que mi decisión de permitir que se la lleven podía entenderse como una traición. Rebeca confiaba en mí, el destino la había llevado a mí, nos entendíamos bien, se sentía segura conmigo. En otras manos iba a dejar de ser Rebeca para convertirse simplemente en un bicho raro, en una rata de laboratorio. Pero a ratos pensaba también que a quien estaba traicionando era a mí misma.

Me senté en mi sofá, con la mirada vacía. Todavía estaban sobre la mesa de centro las revistas científicas que recogían mis palabras sobre ella. Leía y releía frases que no creía que podrían haber salido de mi boca. ¿Qué hacía yo argumentando la hipótesis de una posible nueva rama genealógica del homo sapiens? Repasaba los rincones de la casa por donde Rebeca caminaba, recordaba su mirada penetrante, la canasta de ropa sucia que eligió para anidar y que no me había atrevido a tocar desde que se fue, la expresión nerviosa de mi rostro en la portada de Cosas, con ella en mis brazos. Rebeca se había ido y se había llevado consigo algo de mí que no sabía que tenía o que me incomodaba reconocer, por las consecuencias que podía traer a mi vida.

Entonces decidí despejar mi mente. Me levanté, cogí una tijera y salí al jardín a podar mi madreselva, que había crecido hasta por demás durante el verano. Quería dejar de pensar.

Fue al cortar la tercera rama del follaje que me encontré nuevamente con esos enormes ojos, brillosos e inmóviles, clavados sobre los míos. Me quedé inmóvil por largos minutos, mirándola fijamente. ¿Por qué volvió?

Una multitud de escenas pasaron entonces por mi mente, todas asociadas a la timidez que acompañó mi infancia, a la fama de nerd solitaria que me gané en la secundaria y que no me abandonaría durante los años que estudié la carrera, a la llegada de Rebeca a mi consultorio y a toda la cadena de sucesos posteriores, a esa falsa paz que me dejó su huida y el vacío en que me encontraba ahora. Pensé en la oferta del Dr. Hunter, en la actualización de mis estudios de inglés; en la pintura que le hacía falta a la fachada de mi consultorio; en dónde iba a meter ahora a cinco iguanas en la casa; en la American Society of Animal Science; en las pocas verduras que me quedaban en el refrigerador…

Lima, diciembre de 2014

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Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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