Cuentos

Una noche loca

Las sábanas lucían gastadas pero limpias y despedían un ligero olor a lejía. El cubrecama no parecía sucio, aunque sus tonos convenientemente oscuros y con diseños barrocos hacían difícil afirmarlo a ciencia cierta. Una pequeña lámpara de vidrio pavonado blanco, empotrada en la cabecera de la cama, no tenía foco ni interruptor y hospedaba a una familia de arañitas en la parte interna de la pantalla. La habitación, en verdad, era estrecha. La cama, el velador y una discreta mesa de aluminio, apenas dejaban un pasadizo libre entre la puerta y el baño, donde había una especie de tina, pero no jabón ni toalla ni agua caliente. Se respiraba humedad en todo el cuarto y un olor ligeramente fétido, que parecía salir de la rejilla de desfogue de la ducha.

El inodoro perdía agua y el sonido del flujo llenaba la habitación con su cadencia. Al cabo de unas horas, sin embargo, el olor y el sonido llegaban casi a desaparecer de mi consciencia. La tenue tonalidad del amarillo de sus cuatro paredes reflejaba el desgaste de los años y el color no aportaba alegría sino monotonía al ambiente. Desde la ventana que daba a la calle, haciendo a un lado las polvorientas cortinas de tela beige, a través del sucio ventanal, se podía observar los techos mugrientos de las casas vecinas y el cielo gris que daba cobijo al pueblo.

El tapizón, que en sus orígenes fue verde, parecía limpio, pero no invitaba a caminar descalzo. El foco de 30 watts que iluminaba la habitación era en realidad una invitación al sueño. Suficiente quizás para una noche, para esa noche, para mi primera y mi última noche en ese pueblo. Al día siguiente debía proseguir mi viaje en camioneta unas cuatro horas hasta mi destino, pero esta parada en tránsito era inevitable.

Después de hacer unas coordinaciones por teléfono con mis colegas locales, entré al baño. Cuando ocupé la habitación el piso estaba seco, pero ahora estaba inundándose. Un hilo de agua salía del inodoro y se deslizaba sobre las gastadas losetas grises hasta formar un charco que amenazaba con entrar al dormitorio. Bajé a avisar a la recepción del hostal. El crujir de las maderas viejas de esa estrecha escalera no pasaba inadvertido y anunciaban a cualquier parroquiano. Por eso el muchacho ya me estaba mirando cuando llegué al primer piso. Escuchó mi relato sin mostrar sorpresa y me dijo que subiría enseguida. No estaba así cuando llegué, le dije. Es que estaba la llave cerrada, me dijo, la abrí para que usted pueda usarlo.

Regresé al cuarto y no había terminado de abrir la puerta cuando sentí los pasos apurados del recepcionista subiendo las escaleras. Traía una escoba y unos trapos. Entró a la habitación, observó la escena, cogió la escoba y empezó a empujar el agua hacia el interior del baño. Luego colocó los trapos en la entrada. Me dijo que los deje ahí para que el agua no inunde toda la habitación. ¿Eso es todo lo que harás?, le pregunté. El agua seguirá saliéndose toda la noche, le dije. Para eso he puesto dos trapos, me respondió. Mañana llamo al gasfitero para que venga a arreglarlo. ¿Mañana? ¡Cuando venga va a tener que entrar nadando! ¿No me puedes cambiar de cuarto? El chico sonrió, se encogió de hombros y me dijo que todos estaban ocupados.

El muchacho se fue. Me quedé parado contemplando el dique de tela vieja que había improvisado. Sabía que eso no resistiría tantas horas, pero ¿qué me cabía hacer? O ignoraba el hecho y dormía, después de todo vendrían por mí a las cinco de la mañana; o permanecía en alerta toda la noche previniendo el riesgo de una inundación casi segura. Me senté en la cama y dejé por un momento invadir mi mente de un sinfín de preocupaciones. El largo viaje que me esperaba, los afanes en los que estaría metido en los próximos días al llegar a mi destino, el tiempo que me demandaría ese trabajo o el soroche que debería prevenir. Minutos después, el sonido del flujo de agua se dejó de escuchar. De seguro, el chico había cortado el agua. Al menos ese problema estaba momentáneamente resuelto. Claro, no podría usar el baño hasta que el charco se atenúe solo, es decir, hasta que el agua filtre al techo de la habitación de abajo.

Hice a un lado el cubrecama y me eché sobre las sábanas con la ropa puesta, por si las dudas. Solo me desabotoné el jean, me saqué las botas y las medias, guardé mis lentes y puse mi billetera sobre la pequeña mesita lateral que hacía las veces de velador. No usé esa almohada, mi chompa la sustituyó con más garantía. Al menos no olía a lejía. Recostado boca arriba, ahora podía apreciar mejor la suciedad, las grietas y la humedad de un techo que alguna vez fue blanco.

También pude notar los nidos de arañas en los rincones. En verdad, lo habitaba una familia de arácnidos tan extensa que sentí que estaba invadiendo sus dominios. Los bichos no eran pequeños y sus colores no asemejaban en nada al gris de las arañas caseras. Eran de otra raza. Bajé nuevamente a la recepción a informar del hecho. El chico me escuchó, otra vez inmutable, subió conmigo llevando una escoba y estuvo largo rato intentando deshacer los nidos a escobazos. No era un procedimiento muy confiable, me dejó más bien la sensación de estar removiendo un panal de avispas. Ya no le van a molestar, me dijo, con una sonrisa burlona. Si me pican te llamo, le dije, para que vayas llamando a una funeraria. Apagué la luz y me volví a acostar. Solo rogaba que las sobrevivientes, que de seguro habría, no tomaran venganza conmigo.

No me fue fácil dormir. La tenue luz de la calle que se filtraba por la ventana dejaba traslucir la suciedad de las cortinas, sus huecos y descosidos, la silueta de los bichos pegados en la tela. El resplandor no llegaba hasta el techo, lo que no me dejaba ver si ya estaba realmente deshabitado. Si no lograba coger sueño, dormiría durante el viaje. No me agradaba esa idea, cuando viajaba entre montañas prefería estar con los ojos abiertos. Por si fuera poco, se escuchaban voces y risas en el pasadizo, eso me inquietaba también. La puerta no tenía llave ni pestillo. Ese era otro detalle que en este alojamiento estaba demás reclamar.

La noche se hizo larga, cabeceaba a ratos, pero no podía dormir. El frío, el zumbido de los zancudos en mis oídos, el olor a humedad, las ganas de ir al baño sin poder hacerlo. Solo esperaba que el reloj marque las cinco. Fue a esa hora que la alarma de mi celular me sacó de la duermevela. Sorpresa, el baño estaba sonando de nuevo. Sin duda, el muchacho había abierto las llaves otra vez. Era mi oportunidad de entrar. Salté de la cama, abrí las cortinas y una nube de polvo reactivó mi alergia. No me importaba toser, necesitaba la luz del día. Miré el techo, algunas arañas habían regresado.

Me dirigí entonces al baño, en verdad me urgía. Abrí la puerta y lo primero que apareció ante mis ojos no fue un charco de agua sino un animal negro, voluminoso, de cuerpo humedecido y repugnante olor, parado sobre el inodoro. Me miraba fijamente. El único lugar de donde pudo haber salido era el desfogue del inodoro. Cerré la puerta de inmediato y bajé a recepción. El muchacho no estaba. Lo busqué por los alrededores y noté que la puerta principal estaba cerrada desde afuera con cadenas y candado. Estábamos encerrados. Ya nada me sorprendía a esas alturas. Por suerte, había un baño pequeño en la desierta oficina de administración. No lo pensé dos veces. Era un baño sucio, angosto, maloliente, el foco estaba quemado, el inodoro no tenía tapa, pero al menos había papel, agua y jabón. Una gran suerte.

Cuando salí, el recepcionista ya estaba de regreso y abría la puerta de la calle. ¿Estás loco?, le dije, ¿por qué nos encerraste? Me dijo que había ido a comprar el pan para el desayuno y que, por seguridad, no podía dejar la puerta abierta cuando él no estaba. No cabía discutir su lógica, nuestra idea del mundo era totalmente opuesta. Le conté más bien de la rata. Dejó entonces su bolsa de pan sobre el mostrador y con la parsimonia de costumbre agarró su escoba. Al parecer, era su herramienta principal. Subí con él hasta la habitación, pero le dije que no quería presenciar la batalla ni conocer al ganador. Puse en su mano los quince soles por la noche de alojamiento y le agradecí por todo. No sé por qué le dije eso. Me preguntó si no me quedaba a desayunar. Le sonreí, moví la cabeza de izquierda a derecha, le di la mano, agarré mi maleta y me fui. La cuatro por cuatro ya estaba afuera esperándome.

¿Qué tal dormiste?, me preguntaron mis anfitriones. Dudé un poco antes de responder. Bien, todo bien, gracias, les dije. Qué bueno, me dijeron, al menos descansaste bien, porque en el pueblo al que vamos los alojamientos son pésimos.

Lima, 7 de marzo de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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