Cuentos

Una quieta mañana

Supongo que en cualquier otro día distinto a este la vida transcurriría de otro modo por aquí. Pero hoy, todo está quieto. La calle está vacía. El viento empuja con desidia sobre el pavimento unas envolturas que parecen ser de galletas. Hay una larga fila de autos estacionados a la izquierda de esta avenida solitaria. El aún tímido sol de la mañana deja al descubierto un polvo denso sobre sus lunas, resultado sin duda de una semana de trajines, que podrían ser dos o bastantes más. Sobre el parabrisas delantero de un viejo Toyota de color gris, hay un par de zapatillas blancas con el cordón desatado y sus ojales abiertos. El detergente fue efectivo, lucen muy limpias. El sol hará su trabajo y al final de la mañana volverán como nuevas a los pies de sus dueños.

Unos cuantos metros cuesta arriba, porque la avenida es un extenso plano inclinado, hay unas personas sentadas en el piso, en la puerta de su casa. Desde aquí, parecen ser dos adultos y dos niños vestidos con sencilla modestia, han puesto comida sobre un tapiz de plástico. Es extraño. Dudo que sea para la venta, no hay nadie por aquí. Bueno, sí hay. Media cuadra más abajo, una señora de mediana edad empuja una carreta celeste de madera, que parece ser de venta ambulatoria, lo hace lento, muy despacio, pero con firmeza. No será aquí donde pueda hacer negocio.

El cielo amaneció nublado. Se sintió frío. Pero ahora luce azul, limpio, despejado de nubes y de aves. Es la única señal que nos da el tiempo de su ciclo en movimiento. En esta esquina de la Tierra, todo está inmóvil. No hay ruido de motores ni de pasos ni ladridos. Un gallo acaba de cantar. Otra pequeña señal de vida. De seguro que adentro de estas casas, que lucen planas e iguales a lo largo de esta larga, muy larga vereda, hay historias tejiéndose de distinta manera, unas con alegría, otras con desidia, algunas agitadas y otras con desgano, mezclando miradas o gestos de miedo o de asombro o de deseo con muecas de tristeza, o atrapadas tal vez en la tediosa banalidad de sus rutinas. Sus ventanas están cerradas todavía. No hay forma de saberlo.

No hay vegetación. Todo es cemento. Es la manera de vivir que han elegido las ciudades, desplazan todo vestigio de naturaleza, como si fuese el enemigo que nos disputa el espacio necesario para vivir. El verde no les hace falta para ser felices. Pero esperen. Aquí a mi derecha hay una puerta de madera, similar a casi todas las demás, sencilla y desgastada, y dice hotel. Si no fuese por el pequeño letrero, nadie podría adivinarlo. Levanto la vista y veo asomar a su interior un enorme edificio blanco de ventanas repetidas ¡Ahí hay árboles! Las copas de unos cuantos pinos que le disputan la altura dejan verse con claridad. Entiendo. La naturaleza es solo para turistas.

Miro mi celular. Vaya, la historia sí transcurre allí. El aparato refleja la vida que no asoma todavía en estas calles. Ahí adentro hay gente que habla, viaja, discute, solicita, que difunde la foto del vaso de agua que acaba de tomarse y que recibe la aprobación entusiasmada de decenas de personas. Que te anuncia lo que no quieres saber y te recuerda lo que no quieres recordar, porque en verdad el tiempo y la multitud de circunstancias que suele traer consigo a cada instante nunca se detuvo. La inmovilidad que estás viviendo en esta esquina congelada es solo una ilusión.

Ahora veo a alguien a lo lejos, allá arriba. Otra inesperada señal de vida. Unas tres cuadras más adelante una persona se ha parado en medio de la calle y agita los brazos en gesto convocante. Miro a mis costados y no hay nadie. Me está haciendo señales a mí. Abandono mi esquina y empiezo a caminar en dirección a ella. Elijo hacerlo por la pista, no hay carros en movimiento. Pero hay sol, entonces me desplazo a la vereda de la izquierda que discurre a lo largo de un muro interminable, porque que da sombra, una sombra angosta pero también interminable. Avanzo despacio, voy dejando atrás los autos empolvados, las zapatillas limpias, la señora de la carreta ya no está y la envoltura de galletas sigue dando vueltas sobre el asfalto, como cumpliendo una condena. Al menos eso creí ver.

Ya le di el alcance. Era ella. Entonces llegó el abrazo. Pensé que me habían olvidado, pero no. Me estaban esperando. Ahora ya tengo destino. La vida se vuelve a poner en marcha. Ahora es mi historia la que atraviesa estas paredes viejas y empieza a tejerse con otras.

Lima, noviembre de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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