Memorias

Villadiego

Tendría nueve años cuando esta injusta persecución empezó. Él tendría cinco o seis años más que yo, no lo conocía, nunca supe su nombre, estaba en la secundaria, pero no sé qué vio en mí tan insoportablemente ridículo que decidió tomar acción en mi contra. Me esperaba en la puerta principal a la hora de salida y luego me perseguía hasta el paradero del bus burlándose de todas las formas posibles. Nunca me golpeó, pero humillarme era su pasatiempo favorito. No recuerdo cuántas semanas o meses duró el asedio, pero fueron muchos y convirtió el timbre de salida en el anuncio de la hora macabra.

La ruta que seguía a diario hasta el paradero era la más obvia y directa, saliendo por la puerta principal se doblaba a la izquierda y se caminaba en línea recta unas tres cuadras, por lo general solitarias, se cruzaba luego una avenida de doble vía y eso era todo. Un tramo más allá se esperaba el ómnibus o el tranvía. Él lo sabía. Por eso me esperaba y hasta ahí me seguía todos los días. Nunca atiné una respuesta, intuía que cualquier reacción mía lo volvería más agresivo y que quizás era eso lo que estaba esperando. Por entonces desconocía la historia de David y Goliat, pero yo no cazaba lobos con una honda, no tenía el entrenamiento del pastor ni manejaba ningún arma capaz de matar gigantes. Jamás se lo conté a nadie, el miedo, la angustia, el desconcierto, se quedaron en mí.

Siempre fui un muchacho tranquilo, seguía las reglas, no buscaba peleas ni me metía en ninguna, tampoco molestaba a nadie, el vínculo que tenía con mis compañeros estaba hecho de buen humor, porque nos gustaba reírnos siempre, de todo y de todos. No más que eso. Por eso me extrañaba ser objeto de la atención de un desconocido, que estando por terminar la secundaria no tenía motivo para inmiscuirse en la vida de los niños. Estar averiguando el perfil de los alumnos de primaria para discernir sus simpatía y antipatías era absurdo o enfermizo.

Un día se me ocurrió una manera de huir. Los cines tienen una puerta de escape. El colegio también la tenía. Había una puerta trasera por la que salían los estudiantes que eran recogidos por una movilidad escolar. No era mi caso, pero ¿Por qué no podría yo salir también por allí?

Nunca lo había intentado. El paisaje trasero del colegio era una incógnita. Sólo había visto el desfile ritual de los muchachos hacia el portón posterior a la hora de salida. Ese día me sumé a la aglomeración acostumbrada y al traspasar la puerta por primera vez pude descubrir el otro lado de la luna. La calle de atrás abundaba en camionetas de toda marca y color estacionadas en fila. Abundaba también en niños y, sorpresa, en vendedores de helados, dulces y pasteles de todo precio y sabor. Desde ese día, ese lugar se volvió mi paraíso. No solo me libré de mi acosador, sino que descubrí rutas paralelas para llegar al mismo destino. Por si fuera poco, podía hacer mi nuevo recorrido comiendo unas bolitas de yuca bañadas en miel o pequeños caramelos de tres colores en forma de cono, insertados en delgados palitos de madera.

La vida continuó y, aunque esta fue una muy especial, no fue la primera ni la única ocasión en la que me tocó evadir una situación difícil o abrumadora. El trabajo, los estudios, el amor, la vida, nunca pierden oportunidad para ponernos contra las cuerdas. Tengo un vago recuerdo del contenido de las conversaciones cotidianas que sostenía mi madre con mi padre o con alguna de mis hermanas, pero desde niño le escuchaba utilizar con cierta frecuencia la expresión “tomar las de Villadiego”. A esa edad, todavía no había leído El Quijote, pero por los gestos que ella hacía con las manos podía deducir que aludía al acto de escapar de algo o de alguien.

Que hay muchas maneras de huir de lo que nos agobia o amenaza, lo sabía perfectamente. En mi caso, por ejemplo, mi cuarto era siempre mi refugio. Alguna vez, jugando carnavales con los amigos del barrio, un globo reventó en mi cara y el dolor arruinó la diversión, al menos la mía. El incidente motivó una discusión en la que salí perdiendo, entonces abandoné el juego llorando de rabia y me encerré en mi cuarto. Hasta mi adolescencia, encerrarme a leer y escuchar música o simplemente a pensar era mi puerta de escape a cualquier circunstancia que me causara ansiedad.

Sería muchos años después, cuando usé esa misma frase de manera casual despertando la curiosidad de una amiga muy versada en el mundo de las letras, que sentí la necesidad de averiguar el origen de tal expresión. “Nunca la había escuchado”, me dijo ella.

Mi pesquisa dio resultado. Pues resulta que Villadiego fue una Villa fundada por un tal Diego Rodríguez Porcelos en el siglo XIII, y que aún existe en España, a 38 kilómetros al noroeste de Burgos. En su tiempo fue el lugar donde se refugiaban los judíos que huían de sus perseguidores, por lo general deudores que no podían pagar los préstamos que les hacían. Allí gozaban de la protección del Rey Fernando III. Cervantes lo sabía y por eso puso esa expresión en boca del Caballero de la Triste Figura.

Aunque no siempre, la vida puede llevarnos a enfrentar situaciones más duras o tal vez más complicadas de las que se nos presentan en la infancia, como también a buscar puertas de escape, escondites, refugios alternativos, a veces temporales, otras definitivos, algunos más simbólicos que tangibles, pero no menos efectivos según las circunstancias. Una habitación, un restaurante, la casa de un amigo, la banca de un parque solitario, hasta el cuarto de baño. Lo cierto es que aún hoy, en cada oportunidad en la que debo tomar las de Villadiego, como lo hice en mi niñez, no puedo dejar de recordar a mi madre diciendo eso y frotando las palmas de sus manos con una pícara sonrisa. ■

Lima, octubre de 2023

Impactos: 27

Total Page Visits: 226 - Today Page Visits: 1
Foto del avatar

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *