Cuentos

Voynich

Ninguno de los médicos, menos la policía, podía explicar las heridas de Alberto. Sus manos y sus pies estaban perforados y sangrantes, como si hubieran sido atravesadas por un clavo grueso. La escena de la sala, con Beto sobre el piso, desnudo y desangrándose, con los brazos y las piernas extendidas como el hombre de Vitruvio de Da Vinci, parecía típica de una película de terror. Jamás imaginé verlo así, en una condición tan espantosa.

Por suerte los bomberos paramédicos llegaron a tiempo. Todavía respiraba. La policía llegó un poco después, pasó harto tiempo fotografiando la escena y recogiendo muestras, tal como los detectives de criminalística de las series policiales. No había señales de nada irregular. Puertas y ventanas cerradas. No huellas. Ningún objeto que pudiera considerarse el causante de esas feroces heridas. Ningún rastro en la escena que fuera indicio de la presencia de algún intruso. Como es lógico, me hicieron miles de preguntas. Me examinaron. No encontraron evidencia alguna que les hicieran sospechar razonablemente de mí. Después me llevarían también al hospital al verme pálido y temblando. Me había bajado la presión. La situación pondría en shock a cualquiera.

No veía a mi primo desde la navidad pasada, pero el sabía que en marzo vendría a pasar unas semanas con él aprovechando el receso temporal de mi instituto. Fue entonces que se declaró la pandemia y la cuarentena me obligó a quedarme. Éramos casi hermanos. De niños habíamos vivido juntos muchos años y siempre nos buscábamos. A mí me encantaba su pasión por la historia y la lingüística, a él mi afición por las novelas de misterio.

Beto estaba obsesionado con el enigmático manuscrito Voynich, un texto anónimo de 240 páginas, de idioma desconocido, probablemente escrito en la primera mitad del siglo V a juzgar por la antigüedad de los pergaminos. En ese extraño libro podía apreciarse diagramas circulares, con soles, lunas y estrellas que evocaban las constelaciones zodiacales. Treinta figuras de mujeres desnudas sosteniendo estrellas los circundaban, también imágenes de otras mujeres bañándose en tinas conectadas entre sí por tuberías en forma de órganos del cuerpo humano. Era asqueroso. Beto me contó que su primer propietario fue un oscuro alquimista de inicios del siglo XVII, en la antigua Praga.

Aunque su contenido hasta ahora no ha podido ser descifrado, las investigaciones de mi primo le estaban llevando poco a poco a develar el misterio. Quise pasar mis cortas vacaciones con él precisamente por eso, me interesaba escuchar sus nuevas hipótesis, era una historia inspiradora que me trasladaba al escenario de los relatos de Edgar Allan Poe o de Guy de Maupassant, mis favoritos. Beto me había dicho por teléfono que tenía ahora más certezas sobre el verdadero significado de ese extraño manuscrito y que no le gustaba nada lo que estaba descubriendo.

Pasé esa noche en el hospital, acompañándolo. Amaneció consciente, aunque algo atontado por los sedantes. ¿Cómo te sientes Beto? ¿Qué fue lo que pasó?, le pregunté. Entonces me lo contó todo. Me dijo que antes de acostarse fue a dejarle su alimento a Petunia, su mascota, un hámster que era su adoración. Estos animalitos acostumbran a salir a comer de noche. Pero no estaba en su jaulita, una espaciosa urna de vidrio muy hermética. Imposible que hubiese podido salir por sí misma. Fue a buscarla a su estudio y le sorprendió ver su laptop encendida. Estaba seguro de haberla apagado y guardado. Tenía un aviso de correo. Curiosamente, era un correo enviado desde su propia cuenta de la oficina a su correo personal. El mensaje solo decía: Cuidado con lo que haces.

Le pareció extrañísimo, pero su cabeza estaba en ese momento enfocada en Petunia. Fue a buscarla a la cocina y allí fue donde la encontró, inerte, tendida boca arriba sobre la tabla de picar, con las patas extendidas y clavadas sobre la madera. Me dijo que se horrorizó y salió a buscarme para enseñarme, cuando de pronto todo se oscureció, algo lo arrojó al piso y lo arrastró con fuerza. Un olor fétido lo envolvió y empezó a provocarle náuseas. Luego sintió un dolor intenso en las manos y en los pies, que le hizo gritar con todas sus fuerzas hasta perder el conocimiento.

En ese momento de su relato, sus signos vitales empezaron a decaer. Llamé a la enfermera, vinieron los médicos, pero fue en vano. No lograron resucitarlo. Qué doloroso verlo así. Nunca imaginé que mi visita iba a terminar en una tragedia. Por supuesto, conté a la policía todo lo que Beto me dijo antes de morir, tomaron nota de su historia con cierta incredulidad y me dijeron que investigarían. Me dijeron también que no salga de la ciudad.

En medio de la pandemia, los rituales mortuorios son difíciles. Ni sus padres pudieron venir a su entierro. Me tuve que hacer cargo de todo yo mismo. Después les enviaría sus cenizas.

Regresé al departamento a recoger mis cosas, siempre en compañía de un policía. Me hubiera gustado poner un poco de orden antes de regresar a mi casa, pero me advirtieron que no toque nada. De todos modos, debía llevarles la llave a mis tíos, ya les tocaría a ellos hacerse cargo del resto. Pasamos por el costado del lugar de la sala en que lo encontré, allí estaba las marcas de tiza dibujando su cuerpo, allí estaba todavía la sangre sobre el piso. Entré a su estudio a recoger mi gabardina y me dio curiosidad no ver su laptop sobre el escritorio, como me dijo que la encontró anoche. Estaba sobre la silla, desconectada y guardada en su funda de cuero, tal como acostumbraba dejarla este maniático cada noche antes de acostarse. Luego le pedí al policía ir al corredor donde estaba la urna de Petunia. Encontré a la pequeña ardilla despierta y ansiosa, parada en dos patitas sobre el vidrio, como solía hacer cuando había agotado sus provisiones.

Lima, 29 de octubre de 2020

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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