A la joven Malena ya no le simpatiza Raúl desde hace meses, pero su familia está tan habituada al novio, que ella siente inapropiado pedirle que no vuelva más por su casa. La madre de Malena está harta de su marido, de su mal genio, su irresponsabilidad y sus maltratos. Pero es el padre de su hija después de todo y cree que es mejor tener un bellaco en casa que ninguno. Sofía, la prima de Malena tiene un profesor que jamás responde una pregunta en clase y al que le ha pescado varios errores en las operaciones que realiza en la pizarra. Pero su mamá le ha aconsejado dejar las cosas así y no ganarse un lío en el que quizás salga perdiendo. Los colegas de primaria del profesor de Sofía se tropiezan cada año con las dificultades crónicas de sus alumnos para leer, hecho que los limita seriamente en el estudio de otras materias. Por eso los exámenes que les toman no suelen ser muy exigentes o tendrían que hacer repetir el año a casi todos irremediablemente.

Malena, su madre y su prima Sofía se sienten obligadas a aceptar situaciones que en verdad les de­sa­gradan, desaprueban y rechazan, sea por no retar a quienes sienten con más poder que ellas mismas, sea por no crearse un conflicto adicional que podría ponerlas en entredicho ante terceros. Parecen ser los mismo motivos que llevan a los profesores de Sofía a simular cada año que sus alumnos saben lo que en realidad no saben para pasar de grado. Las consecuencias de la verdad serían penosas para todos. Será lo que explica que en el Perú, 9 de cada 10 estudiantes de 6º de primaria no comprendan bien lo que leen, a pesar de haber aprobado todos los grados anteriores.

Sucede que el Instituto de Opinión Pública (IOP) de la Pontificia Universidad Católica del Perú, dirigido por Fernando Tuesta Soldevilla, acaba de publicar una nueva encuesta sobre educación aplicada a medio millar de hombres y mujeres mayores de 18 años, habitantes de 31 distritos de Lima Metropolitana. En dicha encuesta, el 52% «aprueba» simbólicamente la educación peruana con notas que van del 11 al 15, pese a que buena parte de sus respuestas a preguntas más analíticas revelarán con transparencia el poco aprecio y confianza que verdaderamente les merece. Lo que mostraría cuan sólidamente instalada está en nosotros la costumbre de dar por aprobadas y aceptadas situaciones que en el fondo rechazamos.

En encuestas de años anteriores, como las encargadas por Foro Educativo al Instituto APOYO o del mismo IOP, el abismo entre la buena valoración de la opinión pública a la educación que reciben y las cifras que describen con crudeza sus peores indicadores, ha sido clamoroso y preocupante. Pero en la encuesta de este año de la Universidad Católica lo que llama la atención es la incongruencia entre la calificación asignada y la opinión sincera de los propios encuestados.

Veamos. Un 68% de ciudadanos cree que los colegios públicos no preparan a los jóvenes para conseguir buenos trabajos en el futuro y un 58% cree que tampoco los está formando como buenos ciudadanos. Más aún, un 55% declara que matriculará a sus hijos en un colegio estatal este año, pero apenas un 4% de ellos cree que allí se aprende mejor que en un colegio privado. Estamos hablando entonces de alrededor de dos tercios de limeños que, si hemos de ser sinceros, no confían mucho en el valor de los aprendizajes que sus hijos podrán lograr en el colegio.

Pero si hay desconfianza en sus resultados, la hay también en la calidad de la experiencia escolar. Un sorprendente 75% advierte que los profesores tienen la costumbre de avanzar la clase sin mostrar preocupación por que todos hayan aprendido realmente. Avanzar el programa curricular a todo galope hasta cumplirlo en los plazos oficiales, sin importar los muertos y heridos que queden en el camino, ha sido siempre un valor indiscutido en la cultura escolar. Este dato revelaría, sin embargo, que está dejando de ser un valor compartido con las familias. De otro lado, un 48% afirma que sus hijos sólo aprenden a repetir de memoria antes que a pensar y comprender. Que casi la mitad de limeños diga esto significa que la repetición, respaldada en una inmensa tradición al interior de los sistemas educativos, fuertemente anclada en el sentido común de muchos maestros además, ¿estaría dejando de asociarse espontáneamente al aprendizaje?

Pero hay más sorpresas. Mirando las complejas intersecciones de la relación entre la escuela y la familia, un notable 56% de limeños sostiene que las tareas que el colegio deja para la casa suelen ser excesivas, difíciles o aburridas; un 53% admite tener que sentarse a ayudar casi siempre a sus hijos a realizarlas; y un rotundo 86% prefiere que se realicen en el colegio y con asesoría del profesor. Es decir, hay una mayoría inclinada a pensar que el aprendizaje escolar es principalmente responsabilidad de la escuela, la que no debe buscar eludir o relativizar descargándola en parte sobre los poco aptos hombros de los padres. Este es otro de los viejos mitos de la escuela que pareciera estar perdiendo terreno en la percepción de las familias.

No es que las familias se nieguen a jugar un rol en la educación de sus hijos, pero quizás están buscando encontrar uno mejor que el que se les ha asignado por tradición. Un 77%, nada menos, señala que colabora siempre –faltaba más- con actividades pro fondos para el colegio. Un 66% declara que asiste casi siempre a las reuniones de padres de familia a que son convocados, y un 64% que revisa constantemente los cuadernos, exámenes o notas de sus hijos en casa. Sin embargo, sólo un 30% de limeños señala que nunca o pocas veces se ha visto obligado a reclamar a los profesores por problemas en las tareas o la enseñanza.

Esto quiere decir que para la mayoría de padres no pasan desapercibidos los problemas en la calidad de la enseñanza, ni se quedan inmóviles frente a ellos, ni se confunden respecto de dónde está la responsabilidad principal: un contundente 89% sostiene que es el director del colegio quien tiene la obligación de garantizar a todos los estudiantes buenos aprendizajes, algo que hoy no puede hacer por la enorme carga administrativa que les adjudican las normas y la creencia que su tarea no está en las aulas. Más aún, un 65% dice que los padres de familia deben participar en el nombramiento del director, aunque para un 62% es él quien debería decidir el contrato de sus profesores.

Pero la encuesta de IOP permite ver también dónde creen los habitantes de esta ciudad que deben estar los controles de la calidad del servicio. Un 96% está de acuerdo en que los docentes sean evaluados periódicamente, y un 90% en que la calidad del desempeño que sus resultados revelen debiera ser el criterio para fijar la remuneración. Un 61% señala, así mismo, que la principal responsabilidad de fiscalizar la calidad de la enseñanza escolar es del Ministerio de Educación y sólo un 7% la refiere a los Municipios, a contrapelo de la intención oficial de municipalizar los colegios.

Pero lo asombroso acá es que un rotundo 91% afirma que los alumnos deberían también evaluar periódicamente la enseñanza que reciben. Algo ajeno a las tradiciones y chocante tal vez para muchos docentes, aunque respaldado en el artículo 53 de la Ley General de Educación. La encuesta no pregunta si esta evaluación deba tener consecuencias pero en verdad, no necesita tenerla. A los maestros y directores les haría mucho bien escuchar, sólo escuchar periódicamente la imagen que reflejan en quienes deberían ser la principal razón de su trabajo profesional, algo aún difícil de lograr en una cultura tenazmente centrada en los intereses y necesidades de los adultos.

Emplazados a definir el problema principal de la educación nacional, los encuestados señalan fundamentalmente tres: un 28% menciona la mala formación de los profesores, un 25% la falta de presupuesto en el sector educación, y un 21% la poca voluntad de los políticos y los gobiernos de enfrentar los problemas de la educación. Para haber recibido mensajes constantes en los medios de comunicación señalando a los docentes como la raíz de todos los males, sorprende que los ciudadanos no dejen de percibir, a la vez, el factor económico y el factor político, ambos en la esfera del poder, como problemas igualmente decisivos en la educación nacional.

También es verdad que las respuestas a varias preguntas anteriores revelan una percepción algo más compleja de la situación que la reflejada en esta síntesis. Por ejemplo, mencionar a los docentes como un problema mayor no ha impedido, al mismo tiempo, al 86% y al 72% de los encuestados respectivamente manifestar su acuerdo con que tengan un sindicato que defienda sus derechos y con que hagan huelga cuando consideren que estos derechos no se respetan.

Invitados a mencionar soluciones, las respuestas de los encuestados apuntan principalmente a dos: un 41% propone capacitar a los docentes y un 16% mayor inversión en educación. Pero esta segunda opción tiene un matiz trascendente: un 97% está de acuerdo con que el Estado dedique una parte significativa de sus recursos a la educación de los más pobres, una de las claves maestras del Proyecto Educativo Nacional que sólo el 23% declara recordar.

La encuesta de la Universidad Católica da para más, pero baste con esto para graficar la brecha incomprensible entre la nota aprobatoria y la opinión desaprobatoria de los limeños respecto a la educación. No obstante, semejante incongruencia no es tan extraña. Malena y Sofía dicen que el más querido en su colegio es el profesor-buena-gente, aquel que sabiendo que no saben, las pasa de año. La indulgencia con el error, el defecto o el fracaso, suele ser una invitación cómplice a la reciprocidad. Si fuera el caso, la educación peruana les debe una a los habitantes de esta ciudad.

Luis Guerrero Ortiz

El río de Parménides
Fotografía © Rantes/ www.flickr.com
Lima, 02 de Marzo de 2008

Impactos: 1068

Total Page Visits: 307 - Today Page Visits: 1