Relatos

Ceder para vencer

Hay derrotas que tienen más dignidad que la victoria.
Jorge Luis Borges

Tenía once años cuando se estrenó y fue mi serie favorita. Era su primera película y también el inicio de la fama de Bruce Lee. Ser apenas el chofer del héroe no era precisamente un papel protagónico, pero hoy, varias décadas después, no hay nadie que no lo tenga presente y no hay nadie que recuerde quién hizo el papel del Avispón Verde. Su extraordinaria habilidad para la lucha nos dejó impresionados a una legión de gente y despertó mi pasión por las artes marciales.

Seis años después aparecería otra serie que me tuvo pegado al televisor por 48 meses. Hace poco me enteré que el papel principal le fue ofrecido a Lee pero que al final se le cedió a David Carradine por los fuerte prejuicios raciales contra los chinos en la Norteamérica de entonces. De cualquier modo, el kung fu ya formaba parte de mis mayores ilusiones y me había llevado incluso a leer mucho sobre sus orígenes y sus técnicas.

Un tiempo antes del estreno de esta segunda serie ya había convencido a mi padre para que me matricule en una academia. Estaba en mis últimos años de la secundaria. Aprendí karate en mi primera temporada y luego probé con el judo en la segunda. No enseñaban kung fu, pero el aprendizaje de ambas disciplinas me metió en ese mundo. No había motivo para quejarse.

Naturalmente, luchar me ilusionaba, pero los entrenamientos cuerpo a cuerpo eran los menos. La mayor parte del tiempo, novatos aún, lo invertíamos en ejercitar el cuerpo y en aprender técnicas. Por eso no me causaría sorpresa después que al pobre Daniel LaRusso lo mandaran primero a encerar y pulir antes de entrenarlo en el combate.

Mi profesor de judo era un japonés de un metro noventa. Corpulento, circunspecto. Luego de las rutinas de rigor, nos sentábamos en círculo sobre el tatami alrededor suyo. Parado en el centro, sin ningún amago de sonrisa, nos iba llamando uno a uno para luchar con él. Un principio básico de las artes marciales es la observación. Necesitas notar hacia dónde gira o se desplaza el cuerpo de tu oponente desde el segundo inicial de sus movimientos para saber en qué dirección dirigir los tuyos. Todo se define en instantes. No hay chance para pensarlo demasiado. En la lucha, la observación, la intuición y la velocidad antes que la fuerza es lo que decide tu victoria o tu derrota.

Para mí esto no era un juego. Estaba viviendo un sueño. Yo quería ser Bruce Lee. Por eso me compré libros, por eso practicaba en casa. Pero, como es lógico, no había un solo entrenamiento en que el discípulo venciera al maestro. ¿Qué oportunidad podríamos tener nóveles y frágiles quinceañeros frente a un cinturón negro que nos doblaba en peso? Ah, pero yo sabía que en el vasto universo de las artes marciales, David podía vencer a Goliat si tenía la destreza.

Mi maestro era más hábil que nosotros, eso estaba fuera de toda duda, pero luego de observarlo hasta el cansancio, descubrí al fin su debilidad. Su confianza. Nosotros salíamos a luchar con él con temor y respeto. Él sabía que le bastaba un 5% de su habilidad para ponernos en el suelo. Por eso, luego del saludo ceremonial, no iniciaba el combate en actitud de alerta sino con displicencia, con la confianza de quien se sabe superior.

Por eso, ese día, cuando me tocó el turno, me puse de pie, incliné la cabeza a modo de respetuoso saludo, y me acerqué al centro lentamente sin quitarle los ojos de encima. Una vez frente a frente, lo que tocaba era cogernos de las solapas del judogi e iniciar el forcejeo. Fue en ese instante en que noté no solo su parsimonia sino su cuerpo ligeramente inclinado hacia su derecha. Entonces no lo dudé. Lo tomé muy rápidamente de las solapas, puse mi pie izquierdo sobre el lateral externo de su pie derecho e hice lo que él nos había enseñado: lo jalé fuertemente hacia mi izquierda apoyado en su propio peso, treinta kilos mayor que el mío. El profesor cayó al suelo. Los rostros de mis compañeros lo decían todo. Nadie podía creer lo que estaban viendo.

El Sensei se incorporó con dignidad. Se arregló el uniforme, se acomodó sus lacios cabellos negros, volvimos a hacer el saludo y retomamos el combate. En los siguientes cinco minutos, que fueron como cinco horas para mí, no dejé de caer al suelo ni un solo segundo. El profesor me dio la lección de mi vida. Los chicos observaban sonriendo, como diciéndome tú te lo buscaste.

Esa noche regresé molido a mi casa. No había hueso ni músculo que no me doliera. Pero no me sentí humillado. Esa derrota, pública, dura y sonora, cuyas marcas perduraron por varias semanas, fue la más sabrosa de mi vida.

Lima, 02 de junio de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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