Cuentos

Último deseo

A sus 97 años, Martin vivía solo. Su esposa lo había dejado hacía diez años, víctima del cáncer. No le había sido fácil la vida con él por sus pesadillas recurrentes, siempre las mismas, que los despertaban agitado cada noche. Martin había sido parte del ejército estadounidense que en 1944 empezó a liberar el territorio italiano de la ocupación nazi. La dura experiencia de la guerra, los cadáveres en las calles, las escenas de horror que presenció en Auschwitz, los amigos que perdió, mutilados por una bomba o atravesados por una bala en la cabeza, se metían continuamente en sus sueños. Martín sobrevivió, pero su alma no. Fue herida de muerte por el espanto, la crueldad y la tristeza.

Martin vivía en Boca Ratón, una ciudad de la costa sureste de Florida. Sus vecinos lo querían. Desde la muerte de su esposa estaban pendientes de él, prestándole ayuda en todo lo que necesitase. Pero él era un hombre solitario, callado, mustio, que solo esperaba la muerte. Esa mañana, sin embargo, le esperaba una sorpresa.

Ciertamente, la escena era inusual. Cuando asomó por la ventana para ver quién tocaba su timbre tan temprano, vio un grupo de gente que lo esperaba afuera, cada uno con platos y canastas de comida en las manos. Eran sus vecinos. Qué los trae por acá, preguntó. Leímos la noticia, le dijeron.

En efecto, numerosos diarios de todo el mundo habían informado días atrás el acontecimiento: «Soldado estadounidense se reúne con los tres hermanos que estuvo a punto de matar hace ochenta años». Lo habían leído en el New York Times. Solo estaban esperando que regrese de Bolonia para abrazarlo. Eran vecinos desde hacía muchos años, pero ninguna sabía que él había sido soldado en su juventud, menos aún que había vivido una experiencia tan insólita como esa.

La historia la deben haber leído, les dijo Martin, en medio de los dulces, jugos y empanadas que le trajeron para compartir, qué más les puedo decir. Mi compañero y yo entramos a esa vivienda en busca de soldados alemanes. Los estábamos persiguiendo y habíamos estado combatiendo casa por casa. La adrenalina nos tenía en alerta máxima, pero estábamos nerviosos. La muerte viajaba con nosotros. En esta casa no parecía haber nadie, hasta que vimos una enorme canasta de paja que se movía un poco. Sin duda, había alguien escondido adentro. No había tiempo de averiguar quién, un segundo de duda te puede costar la vida. Le apuntamos con el fusil dispuestos a disparar, cuando una mujer salió de la nada y puso su cuerpo contra mi arma gritando: ¡no, no, no, son niños!

Lo demás seguramente lo conocen. Los tres niños asustados, las risas, los abrazos, el chocolate compartido, la foto del recuerdo, esa vieja foto en blanco y negro que me ayudó a encontrarlos setenta y siete años después y que ahora se ha hecho famosa. Durante el tiempo que permanecimos en esa aldea, los visité varias veces para jugar con ellos. Tenía apenas veinte años. Vi morir a tanta gente que amaba. De todo lo vivido en esa guerra, ese fue quizás el único recuerdo que me hacía sonreír, que me hacía creer que vivir, después de todo, todavía valía la pena. De pronto se me metió en la cabeza la idea de verlos. Necesitaba saber que seguían vivos, qué habían hecho de sus vidas, esas vidas que pude haber destruido en un segundo de terror y de furia. Necesitaba hacer eso antes de irme, necesitaba irme en paz, con algo de paz al menos.

Martin, dijo uno de sus invitados, gracias por contarnos esto, lo habíamos leído sí, pero escucharlo de tus labios es un privilegio. Nunca hubiéramos imaginado todo lo que viviste. Eres un ser humano increíble. Cuéntanos por favor qué te dijeron los tres hermanos, qué recordaban de ese hecho, leímos que solo uno se acordaba de todos los detalles. ¿Cómo te recibieron? ¿De qué más hablaron?

Sentado sobre su viejo sofá de cuero beige, relajado, con las manos sujetando un trozo de pastel de manzana que no había llegado a morder aún, con la cabeza recostada sobre el cojín blanco que solía usar para ver televisión y sus gruesos lentes negros caídos sobre la nariz, Martin ya no escuchaba.

Lima, 25 de agosto de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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