Docencia

Evaluación docente: entre lo que se puede y lo que se necesita

¿Volveremos a aplicar la política de peor es nada?

Si me piden evaluar 300 mil docentes en 30 días, apenas podría limitarme a preparar un simple exámen de conocimientos. Léase, una prueba para medir cuánta información manejan los profesores en diversos ámbitos. Si me esfuerzo un poco y suponiendo que tres meses bastan para diseñar, probar y reajustar instrumentos con un mínimo de fiabilidad técnica, así como para organizar un operativo de aplicación en 25 regiones, podría medir ya no conocimientos generales sino su nivel de dominio sobre las competencias que demanda el currículo en sus diversas áreas. Como hay apremio, de todos modos, podría concentrarme en dos aspectos críticos ya revelados en anteriores evaluaciones: el dominio matemático y el dominio sobre el lenguaje escrito.

Sin embargo, recordemos la motivación que anima la necesidad de conocer el nivel de aptitud de los docentes de educación básica en el Perú: diseñar planes de capacitación que sirvan para mejorar su desempeño en aula y por tanto los aprendizajes de los estudiantes. Entonces, si este es el objetivo, cabe preguntarse con toda seriedad ¿basta corregir las deficiencias de los docentes en su manejo del currículo de matemática y lenguaje para que mejore su actuación pedagógica y sus alumnos aprendan mejor?

Imaginemos por un momento que el dominio curricular del docente es una clave decisiva y suficiente, aunque eso no esté demostrado por la experiencia ni por la investigación. Hablaremos después de las variables ausentes y de su gravitación en los aprendizajes. Y entonces, surge otra pregunta ¿basta un dominio suficiente en el campo matemático y del lenguaje para que los peruanos cumplan el rol que el país requiere de ellos en función de su desarrollo humano, su inserción provechosa en el mundo global, su cohesión social y el fortalecimiento de la convivencia democrática?

Como la respuesta a ambas preguntas es un obvio no, esa respuesta suele estar acompañada de una reacción irritada, cuyo argumento central se sitúa exclusivamente en el terreno de la posibilidad: no hay tiempo para más, no hay presupuesto para más. Yo puedo entender que una posta médica precaria no tenga salbutamol para aliviar la agitada respiración de un niño durante una crisis asmática y que sólo disponga de analgésicos. Sin embargo, lo que los médicos no podrán decirle a la familia es que la antalgina lo mejorará. O que peor es nada.

Los docentes necesitan mejorar su dominio curricular en el ámbito de las ciencias y del desarrollo socio personal de los estudiantes, con la misma urgencia y dramatismo que en el campo del lenguaje y las matemáticas. En esos ámbitos hay conocimientos y habilidades que resultan tan indispensables a los niños y adolescentes peruanos como leer, sumar y multiplicar. Por ejemplo la capacidad de hacerse preguntas, de formularse problemas, de analizar, de investigar, de experimentar, así como la seguridad en sí mismos, la autonomía, la capacidad de convivir con otros diferentes y de complementarse en sus diferencias para lograr objetivos comunes, cualidades que hoy representan gravísimas deficiencias de la sociedad peruana.

En el currículo de educación básica existen estas posibilidades de aprendizaje, pero requiere de docentes que las comprendan en su real significado, que las valoren tanto como las otras, que las realicen en sí mismos y formen parte de sus saberes personales más valiosos para que las puedan enseñar con pasión y convicción. Buena parte de nuestros docentes pueden hacerlo, si se les da la oportunidad.

Si insistimos, sin embargo, en limitar sus experiencias formativas a algunos contenidos de sólo dos ámbitos del currículum, en nombre de un realismo útil para ejecutar una decisión de manera rápida y económica, pero estéril para corregir los problemas que se busca resolver, saldremos a decirle al país que puede quedarse tranquilo, pues para mejorar aprendizajes en la educación básica, la antalgina basta. El que toma las decisiones políticas quizás no lo sepa, pero cuando compruebe su fracaso quizás ya no estará el cargo y la atención de la ciudadanía estará en otro tema.

La tendencia a simplificar lo que se necesita hacer en educación hasta el grado de hacerlo manejable con lo poco que tenemos a mano, sin rupturas, sin conflictos y sin sobresaltos organizacionales, aunque no sea lo que se necesite hacer o no logre sus propósitos, no es la única manera de concebir la gestión pública. Postergar las complejidades una y otra vez en nombre de un pragmatismo para el que lo más simple y lo menos costoso sera siempre mejor que nada, es el modo más nocivo de gestionar políticas educativas y el que más daño ha causado a la educación pública.

Si queremos cambiar el estado de cosas en educación, hagamos lo que se deba hacer, ahora.

Luis Guerrero Ortiz
El río de Parménides
Foto: Foro Educativo-Oscar Farje Gomero
Lima, 2007

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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