Políticas

La vaca, la culpa y la educación

Una compañía norteamericana mandó una vez a investigar las razones de la baja calidad de los productos de cuero que importaban de Colombia. El investigador fue a las mismas tiendas y allí le dijeron que recibían artículos caros y malos de los fabricantes. El susodicho se dirigió a ellos para averiguar si esto era cierto. Los fabricantes lo admitieron, pero se lo achacaron a las curtiembres, beneficiadas con aranceles altos para impedir la entrada de mejores cueros, como los argentinos. Se dirigió, entonces, a las curtiembres y allí le dijeron que el problema real eran los mataderos, que privilegian la carne del animal y descuidan su cuero. Trasladó la pregunta a los mataderos, donde le explicaron que son los ganaderos quienes lo arruinan pues marcan a las reses por todos lados. Los ganaderos le dijeron, a su vez, que el verdadero problema eran las vacas, pues a las muy tontas les gusta rascarse frotándose contra los alambres de púas. El investigador concluyó entonces que el cuero colombiano no era competitivo por culpa de sus vacas.

Esta historia, recogida por Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal en su libro «La culpa es de la vaca», grafica de manera elocuente cómo es que las personas podemos argumentar hasta el absurdo con tal de eludir una responsabilidad.

José Bernardo Toro, en una recordada investigación sobre la repitencia escolar en escuelas rurales de Colombia en los años 70, preguntó a los profesores por qué tantos niños reprobaban de grado cada año. Ellos señalaron a los padres de familia, por no colaborar con el maestro reforzando los aprendizajes de sus hijos en casa. Ante la misma pregunta, los padres, agricultores pobres de la zona, acusaron a sus hijos, por ser perezosos y poco inteligentes. Preguntados los niños por sus propias razones, se echaron la culpa a sí mismos, por ser flojos y cortos de entendimiento. En educación, qué duda cabe, la culpa también es de la vaca.

Estas situaciones siguen siendo normales en la vida de las escuelas. Cuando los estudiantes no han logrado el rendimiento esperado, no son pocos los maestros que convocan a reunión a los padres de familia para informarles del problema y, acto seguido, reprocharles el poco apoyo que ofrecen a sus hijos en casa. Los padres, invadidos por la culpa, no suelen contradecirlos. La experiencia les indica además que cualquier hipótesis diferente puede ser interpretada por sus propios pares como un intento de evadir su responsabilidad, atribuyéndosela al pobre maestro. Afortunadamente para ellos, siempre podrán ganar algo de alivio responsabilizando a sus hijos.

Una cosa es cierta: los profesores que no logran hacer que sus alumnos avancen a pesar del trabajo invertido en enseñarles, muchas veces en condiciones difíciles, no suelen verse a sí mismos como una causa probable del problema. De otro lado, los que sí lo notan o lo intuyen, pueden no sentirse en condiciones, pedagógicas o anímicas, de hacer nada distinto a lo que ya hicieron para lograr que aprendan. Luego, asumir la responsabilidad de ayudar a los niños que se quedan atrás pueden sentirlo como una admisión de culpa, hecho que los incomoda porque los hace quedar mal y, encima, les aumenta el trabajo. Demasiada carga.

En este predicamento, dice la psicología, las personas tendemos a redimirnos a nosotros mismos a través de un mecanismo muy simple: trasladando la culpa. Mucho mejor si a personas dispuestas a asumirla sin mayor discernimiento. Si las escuelas se hicieran responsables de sus resultados, propiciarían que sus maestros se autoevalúen continuamente, colaboren entre sí y reciban los apoyos necesarios para mejorar, con respaldo en la política educativa. Mientras no sea así, que pena, la culpable del bajo rendimiento seguirá siendo la vaca.

Luis Guerrero Ortiz
Publicado en El río de Parménides
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Fotografía © Brulama/ www.flickr.com
Lima, viernes  de 2010

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

4 Comments

  • nico

    Nicolás Knutzen dijo:
    Muchos tienen algo de vaca, es nuestra naturaleza atribuir nuestros fracasos a otros, es más fácil, cómodo y sobre todo nos libera de responsabilidad; es verdad, penoso y vergonzoso para aquellos que de alguna manera estan frente a un grupo de alumnos y tienen el reto de enseñar con dedicación, mística, vocación y pasión, ¿pero toda esta descripción de perfeccíón de maestro es común encontrar?, simplemente no, habra muchos que actuen con esa indiferencia de atribuir los fracasos a los alumnos y no reconocer que son ellos los fracasados por no esforzzarse en investigar, actualizarse y capacitarse. La responsabilidad directa de los directores es el manejo responsable de la escuela y por supuesto de los promotores de exigir un buen rendimiento en sus docentes, exigencia de excelencia educativa con pasión, esmero y sobre todo responsabilidad, que mueran las vacas en la educación, ¡que mueran!, pues lo único que estaremos haciendo bien es que nuestros alumnos se conviertan en terneras.

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    luisguerrero

    Amigo Claudio, por supuesto, reproduce el artículo y envíame una referencia donde pueda ver cómo quedó, será un honor. Y estoy completamente de acuerdo contigo Marco, es el afán de buscar culpables el que nos lleva finalmente a defendernos y justificarnos en vez de asumir las responsabilidades que nos tocan. Como dice Nico, eso es lo que quiere mostrar la historia de la vaca, todo el mundo le tira dedo al siguiente y al final, son los alumnos y sus padres los que terminan señalados como la causa última de los bajos niveles de rendimiento. Lo grave es que los chicos y hasta sus padres terminan creyéndoselo, asumiendo que las cosas salen mal porque ellos son los que están fallando. No hay una conciencia clara del conjunto de factores inherentes al aula que interfieren o desalientan los aprendizajes, nos hemos formado en la idea de que sólo somos juguetes del destino, es decir, pequeños barquitos de papel que las circunstancias externas (familia, sociedad) arrastran sin piedad.

    Abrazos y gracias por comentar!
    Luis

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