Cuentos

Selva negra

Habían cumplido cuatro horas de viaje y faltaban tres o cuatro más, si todo iba bien, naturalmente. El pronóstico era difícil en esas inesperadas circunstancias. Era una época de viajes, continuos, inopinados, el trabajo le obligaba a desplazarse a todos los lugares imaginables del país y por todos los medios posibles. Quizás por eso o por su actitud habitualmente distraída ante la vida es que no había averiguado qué representaba viajar ocho horas en bote a lo largo de un río como el Ene, serpenteando la selva baja de Junín a treintaicinco grados de calor.

El detalle que le abrió los ojos a la dimensión de la experiencia que estaba viviendo fue el chaleco salvavidas del guía. Era un atuendo grande, impermeable, de color naranja, se veía nuevo. Además, era el único. Nadie más llevaba uno. En caso el bote naufragara, la persona encargada de cuidarnos y llevarnos a Puerto Esmeralda sería la única sobreviviente. A menos, claro está, que los cocodrilos tuviesen otros planes.

El paisaje era fantástico. No estaba viendo una película ni un álbum fotográfico. Esto era real. Lo que para los pobladores de la cuenca era habitual, para él era extraordinario. Había vivido rodeado de cemento desde niño y estar ahora justo en medio de aguas agitadas sin más lugar para poner los pies que la madera estrecha, sucia y negra de ese bote a motor, le hacía vivir una experiencia inédita de vulnerabilidad y a la vez de fascinación extrema. Más allá, los bosques, tiñendo de verde las fronteras del río, en medio de los cuales tendría que internarse para hacer su trabajo cuando por fin llegaran al puerto.

—¿Dónde podríamos bañarnos?
—En el río no, no es agua limpia, deben ir al puquio

El calor había sido de espanto, habían soñado con una ducha todo el trayecto. Pero en la comunidad de colonos a la que llegaron, al igual que en toda la cuenca, no había ducha, ni baño, ni agua potable, ni luz. Pero eso lo sabían, por lo mismo, bañarse en un manantial les sonaba mejor que bien. Javier Heraud había escrito «no tengo miedo de morir entre pájaros y arboles». Él no pensaba en la muerte, al menos no ahora que estaba en tierra firme, pero el camino hacia el puquio estaba sembrado de pájaros y árboles, viviendo libres, expandiéndose a sus anchas. Cuando llegaron, el espectáculo era hermoso. Un chorro de agua bajaba desde el cerro creando vida a su alrededor y tiñendo de azul la pequeña fosa perforada con perseverancia a lo largo del tiempo. El olor y el color pardo de las rocas permanentemente humedecidas por el torrente, la hierba silvestre rodeando el pozo y cubriendo de un manto verde las paredes rugosas de la montaña. Un lujo bañarse allí.

Pero había un detalle. No eran los únicos que habían pensado acudir a ese lugar para ese y otros fines. Había una larga fila de pobladores con baldes, ollas y bateas esperando su turno, sea para lavar su ropa, para llevar agua a sus viviendas o para el aseo de rutina. Era evidente que no podrían bañarse como imaginaban hacerlo delante de una tribuna. Media vuelta, retroceso.

Se hizo de noche y la oscuridad trajo sonidos de todos los tonos, ritmos y colores, así como un cielo magníficamente estrellado que le hicieron sentirse parte del universo. Qué artificial era el mundo del que venía, cuán alejado de la belleza natural de la vida. Pero la noche trajo también bandas de murciélagos y una diversidad de bichos con alas de los que había que protegerse. Los chillidos extraños que se escuchaban al pasar por algunos árboles encendían la alerta de tarántulas. Allí no había médicos ni farmacias ni nada que se pudiera hacer por la salud de una persona más allá de los primeros auxilios.

El sol salió temprano. Había podido descansar bien después del largo viaje al amparo de un buen mosquitero. Pero no estaban sus compañeros en sus bolsas de dormir. Se habrían levantado antes. Salió de la cabaña, tampoco estaban afuera. Caminó hacia la pequeña plaza que los pobladores habían abierto a punta de machete, pero tampoco estaban ellos ni nadie. No había gente. ¿Dónde se habían ido todos? Era extraño. Recorrió el lugar y comprobó que, en efecto, la colonia estaba desierta. Se encaminó al río, quizás se habían reunido allí por algún motivo. Nada. Los botes aún estaban varados, eso quería decir que no se habían ido a la ciudad. ¿Estarían selva adentro? Caminó hacia el puquio. Fue inútil. Estaba solo.

Entonces escuchó el ruido de las aguas del río agitadas por un viento fuerte que empezó a sentirse de repente y a traer nubes oscuras que empezaron a cubrir el cielo. Luego el río empezó a desbordarse. Vio cómo sus aguas avanzaban lentamente hacia la plaza. Esto no podía estar pasando. Empezó entonces a gritar el nombre de sus compañeros una y otra vez con desesperación, hasta que escuchó voces en su oído que le decían estamos aquí, estamos aquí, quédate quieto, no te duermas, no muevas tu brazo, ya vienen a ayudarte, te ha mordido una serpiente.

Lima, 29 de marzo de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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