Relatos

La maestra enojona

La ira ofusca la mente, pero hace transparente el corazón.
Nicolás Tommaseo (1802-1874)

Me recibió con mucha amabilidad. Tanta cortesía, pensaba yo, podía obedecer al hecho de no ser visitada muy a menudo. Su rostro era de sorpresa, pero también de alegría. Su escuelita era pequeña, tenía solo dos ambientes, uno era el aula y el otro un depósito. No tendría más de quince niños, de primero a tercer grado de primaria. El lugar era elevado, frío y solitario, en las afueras de Huancavelica. Un paisaje gris de montañas rocosas de similar altura era el imponente telón de fondo.

Ella era una maestra de mediana edad, gruesa, bajita, de pelo ensortijado, dentadura averiada y una sonrisa permanente en el rostro. Le dije que venía a observar su aula, a ver cuán útiles le estaban resultando los materiales educativos que había recibido y que podía elegir el que quisiera. Escogió un cuento. Me hizo pasar y me senté en una pequeña banquita de madera a observar la clase.

Los niños estaban sentados uno detrás de otros, mirándose la nuca, a pesar de la amplitud del espacio. La profesora se situó adelante, abrió el libro y empezó a leer la historia de un patito que salía de su casa para bañarse en la laguna. Leía en voz alta, mirando a los niños de pausa en pausa y sonriéndoles. Los rostros inexpresivos de los niños me llamaban la atención. Ellos observaban la escena en silencio.

Concluido el cuento, la maestra lanzó las preguntas de rigor. ¿Cómo se llamaba el patito? ¿Dónde vivía? ¿A dónde se dirigió? ¿Para qué lo hizo?, y varias otras por el estilo. Los niños la seguían observando en silencio. Ella todavía mantenía la sonrisa y me miraba de soslayo de cuando en cuando.

Al no obtener respuesta, la profesora repitió las preguntas. Nada. Los niños no hacían el menor gesto que delatara su intención de responder. Su sonrisa se fue desvaneciendo lentamente. Entonces decidió lanzarles un salvavidas. A ver niños, les dijo, el patito se llamaba… Lu… Lu… Como tampoco respondían, ella completó la frase: …cas! E insistió: ¡se llamaba Lu-cas! ¿Y a dónde se dirigió al salir de su casa? Esa pregunta tampoco obtuvo respuesta. El rostro de la maestra ya lucía diferente. Se iba poniendo cada vez más rojo. Su tono de voz se fue endureciendo. ¿A dónde se dirigió el patito? Se dirigió a la lagu… lagu… lagu. Nada. Entonces les gritó: ¡…na! ¡Se dirigió a la lagu-na! Los niños ya la miraban con miedo.

La maestra continuó con las demás preguntas siguiendo el mismo ritual, sin ocultar su enojo, sin evitar que aumente y sin lograr que los niños le hagan caso. Yo contemplaba asombrado los acontecimientos desde una esquina, rogando al cielo de que esta tortura termine pronto.

Como no hay mal que dure cien años, la sesión terminó, yo me puse de pie y le pedí a la maestra unos minutos para conversar sobre la clase. Ella se sonrojó y me pidió disculpas por la supuesta incapacidad demostrada por los niños para responder preguntas. Me sugirió ir al depósito de al lado para conversar con más tranquilidad y allí nos dirigimos.

El depósito era contiguo al aula. Trasladarnos de un sitio al otro no nos tomó más de un minuto. Ese minuto, sin embargo, se me hizo eterno. Tenía las emociones revueltas. Estaba indignado. Sin embargo, ¿Qué utilidad podría tener llenarla de reproches? Yo me iba a ir en un momento y quizás nunca más iba a volver a verla. Pero, si no cuestionaba su actitud, ¿qué podía decirle? No iba a avalar ese maltrato, pero tampoco podía ignorarlo.

Una vez en el ambiente, nos sentamos en medio de los bultos y el polvo. Ella abrió su cuaderno, cogió su lapicerito y me sonrió nuevamente. Recordé entonces mis lecturas de la psiquiatra italiana Mara Selvini-Palazzoli sobre el uso de la contraparadoja para desenredar situaciones confusas, donde la lógica aparece completamente desplazada por el absurdo. Y es que todo lo que había observado lo era. Se suponía que debía lucirse delante mío, mostrando sus mejores cualidades, pero en búsqueda de la eficacia sacó lo peor de sí misma. ¿Qué tan loco podría ser convertir su ira en el signo de una cualidad? Había que intentarlo.

  • Profesora, quiero empezar felicitándola.

No se lo esperaba. La verdad, yo tampoco. Dejé que mi cabeza se dejara llevar por mi intuición. Ella me miró extrañadísima. Quizás se había preparado, en ese interminable minuto que nos llevó al depósito, a recibir un regaño, pero ¿una felicitación?

  • ¿Por qué, profesor?

Respiré hondo y le dije: por su… compromiso. He visto su mortificación. He sido testigo de su enojo. La falta de respuesta de los niños le hizo perder la calma… ¿sabe por qué?

La profesora me observaba, incrédula y en silencio.

Le voy a explicar por qué. Porque le importan. He sido testigo, en las numerosas escuelas que he visitado, de la indiferencia de muchos colegas ante las dificultades de sus niños. Ellos hacen su clase y no les quita el sueño si lo que dicen o hacen los motiva. No es su caso. Usted se ha frustrado, por eso se enojó. Si no significaran nada para usted, no se habría enojado. Pero el que no estén aprendiendo, le importa a usted, ¿verdad? Le importa mucho.

  • Sí, sí, profesor, claro que me importa.
  • Lo sabía, le dije. Eso es compromiso. Ya quisiera que todos los maestros fueran como usted. Apasionados con lo que hacen, comprometidos con sus niños.

La maestra sonrío, bajó la mirada y asintió con la cabeza. Los colores se le subieron al rostro.

  • Profesora, pero yo sé que usted quiere mejorar. Déjeme hacerle algunas sugerencias para que sus niños respondan mejor cuando usted les proponga algo. Vamos a convertir su cólera en algo bonito.

Entonces retomó su cuaderno y empezó a anotar apuradamente todas las recomendaciones que le hice para despertar el interés de los niños sin recurrir al miedo. Estaba de buen ánimo. Claro, yo suponía que si no reaccionaron a la sesión era tal vez por ser la primera vez que veían a su profesora sonriente, amable y acomedida. Quizás no les daban crédito a sus ojos, quizás no reconocían a la dulce señora que había aparecido repentinamente a propósito de mi visita. Quizás nunca antes les había leído un cuento ni le habían hecho preguntas y solo tenían la costumbre de copiar. Hasta que volvió a ser ella misma. Pero hay cosas que yo no podía cambiar. Solo tenía ese instante y algo debía hacer para dejarle un buen recuerdo que la motivara a corregirse.

Shakespeare dijo alguna vez que no hay nada tan común como el deseo de ser elogiado. Quizás porque nos devuelve la fe en nosotros mismos y nos regala la esperanza de ser mejores. Pocas veces nos ponen un espejo para reconocer nuestros lados más sanos. Es verdad que en esa ocasión use el elogio como una táctica para ser escuchado, pero, con el paso de los años, cada vez que recuerdo este episodio, me convenzo más de que fui sincero.

Lima, 15 de agosto de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Zoraida Mejia

    Una experiencia que deja muchas enseñanzas y que a la vez nos llama a la reflexión, ¿Qué estamos haciendo como docentes para mejorar el aprendizaje de nuestros estudiantes?

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