Yosselin Amaya

100 días sin mamá

La noche y el sueño

Mi hermano y Mili están en la cocina de nuestro pequeño departamento. Corro hacia ellos y les pido débilmente que salgamos, porque en pocos minutos el techo se desplomará. Se niegan a escucharme y se burlan. Entonces una extraña ventana aparece de pronto en la puerta de mi habitación; observo desde ahí rajaduras cada vez más profundas. Eso no es todo, hay rajaduras también en el techo de la habitación de Mili y también en la habitación de mi hermano. Entonces vuelvo rauda a la cocina donde ellos ríen. Esta vez les exijo con mayor vehemencia que salgamos del departamento. ¡Al fin me escuchan!, y huyen conmigo. Sólo unos segundos después, observamos desde el primer piso de la quinta el derrumbe de todo el tercer piso. ¿Qué haremos ahora?, me preguntan. Buscaremos otro hogar, respondo.

La noticia

Son aproximadamente las 3:00 am, y Mili golpea la puerta de mi habitación, despertándome de aquél extraño sueño. ¡Yossy tu mamá se ha puesto mal, te están llamando al celular! Veo mi móvil y, efectivamente, tengo 15 llamadas perdidas. En ese mismo instante está entrando una llamada, es mi tía… —tu mamá está muy mal, ha vomitado sangre, y ya no reacciona, tienes que venir…” —Dime qué ha pasadoYossy, tienes que venir ahora, no puedo explicarte más, la estamos llevando a Chimbote de emergencia. Es lo último que le escucho decir, y cuelga.

Tardé unos minutos en procesar la noticia.  Primero, mi madre estaba viviendo una nueva crisis, había vomitado sangre. Segundo, una ambulancia la llevaba inconsciente al hospital. Traté de recomponerme de la impresión, de calmarme, convenciéndome a mí misma de que era sólo un susto más, pero camino al terminal de autos, me invadió el miedo. Recordé que años atrás, el hermano menor de ella había fallecido a causa de una hemorragia ocasionada por el avanzado estado de su cirrosis. Mamá llevaba 10 años padeciendo de cirrosis e insuficiencia renal. No podía dejar de pensar si este sería realmente el final para ella.

El pasado

Las cuatro horas de viaje de camino al hospital, fueron suficientes para meterme en mis propios recuerdos y escarbar en ellos, desde el inicio, las escenas más dolorosas del padecimiento de mi madre.  Su repentina anemia, y la búsqueda de sus causas me puso frente a un sistema médico carente de empatía. Fueron madrugadas enteras esperando cupos de atención. Cuando al fin accedíamos a una cama, el diagnóstico era siempre el mismo: “No hay nada que hacer, la enfermedad es terminal…” “Lo mejor es que se preparen para entrar al programa de diálisis…” Cuando parecía que la insuficiencia renal era lo más grave, otro diagnóstico: Cirrosis, también en estado terminal.

Sus crisis la habían llevado muchas veces a salas de emergencia. En ocasiones la situación se había puesto más seria y había tenido que quedarse internada por días e incluso semanas, aunque ninguna peor que aquella vez en que tuvieron que inducirle un coma, estado en el que estuvo cuarentaicinco días. La razón principal de ese procedimiento fue salvarle los pulmones.  Ahí nos enteramos, gracias a algunos estudios médicos y a algunos doctores más interesados en el caso de mamá, que la causa de tantas enfermedades e innumerables crisis se debía a una enfermedad mayor llamada “vasculitis”.

En todas las ocasiones en que mamá debió ser traslada de emergencia al hospital, se repetía el mismo patrón: surgía la emergencia, actuábamos con rapidez para trasladarla, los médicos la atendían, lograban restablecerla, finalmente regresábamos a casa, no sin antes comernos un combinado de ceviche con tallarín en el centro de Chimbote.  En todas aquellas ocasiones ella había logrado librarse de la muerte. Entonces estuve segura, respiré con alivio y me convencí de que esta vez las cosas no serían distintas. Yo volvería a casa con mamá, le contaría las nuevas anécdotas de mi hermano en Huaraz y luego de unos días, me despediría acordando mi próxima visita a Casma.

El hospital

La primera parada del auto en Casma me trajo al presente. Eran aproximadamente las 9:00 de la mañana. Ya sólo faltaba una hora de camino para ver a mamá. A pesar de la noticia de su estado de salud, me la imaginaba sentada sobre su camilla, exigiendo su alta médica, o tratando de sobornar a alguien para que le comprase comida o se la dejaran ingresar, si es que ya había logrado lo primero.

En el trayecto y al pasar por las playas recordé lo que alguna vez me dijo mientras regresábamos a casa luego de su sesión de diálisis. “Me gustaría poder correr descalza por esos cerros de arena hija, me gustaría ser libre, libre de esta enfermedad...” Yo incapaz como siempre de asumir conversaciones dolorosas con la verdad, le dije. Algún día sanarás mamá, y entonces vendremos a este lugar. Ella y yo sabíamos que eso no pasaría.

Ingresé por la puerta de emergencia, y las vi ahí, sentadas en una banca, mi tía llevaba puesta una chompa vieja, y unas sandalias. Asumí que la emergencia no le había dado tiempo de cambiarse adecuadamente, mi abuela no estaba en mejores condiciones, estaba con una chompa de hilo, y un pantalón que generalmente usa en casa. Ambas lucían poco aseadas y por la expresión de su rostro se notaba la mala noche que habían tenido que pasar. Al verme estuvieron a punto de llorar, pero mi aparente tranquilidad las detuvo, ¿Cómo está mi mamá? Fue lo primero que me escucharon preguntar. No tenemos noticias, los médicos no nos dicen nada aún, dijo mi tía, y empezaron a contarme lo que había pasado: “Anoche empezó a quejarse de un dolor muy fuerte en la cabeza…”

La gran fiesta

Mamá amó la vida, las buenas conversaciones, la música a todo parlante y bailar.  Por eso no me pareció extraño, que horas antes de la crisis, fuera una de las promotoras de la celebración de los 80 años de mi abuela, y por lo que supe después, esa había sido una jarana patronal.  Mi madre, fiel a ella misma, se encargó de adornar la casa con globos, y serpentinas. Seleccionó la música que debía sonar y la comida que se debía servir. También fue la encargada de repartir las invitaciones. Ella celebró, cantó y comió olvidando cualquier restricción o indicación médica, e incluso sus propias dolencias.  En uno de los videos de ese día se le observa feliz tocando un arpa a modo de juego, cantando y haciendo hurras, mientras los asistentes la aplauden. Se le ve sonreír como en sus mejores años, bailar como en antaño y aplaudir con ese ritmo costeño que sólo ella tenía.

La noche negra y la agonía

Aproximadamente a la 1:00 am, los dolores de cabeza se le intensificaron y las náuseas se hicieron incontrolables. Su organismo luchaba por sacar todo aquello que era incapaz de asimilar. Entonces, en presencia de su madre y su hermana, llenó de sangre el piso de la habitación. Aún consciente, mi madre sabía que era el final.  Se acostó sobre la cama y descansó.  Antes de perder la lucidez, encomendó que cuidaran lo que ella más amaba y ahora debía dejar: sus hijos.

Fueron cinco días de intensa agonía que, de alguna manera, confirmaron mi fe. Estoy segura que mi madre negoció su renuncia a este mundo con Dios.  Seguramente no fue una conversación sencilla. Dentro del trato estaría el rendirse ella para que, a cambio, mi hermano, y yo pudiéramos transitar por esta vida sin mayores aflicciones o sufriendo solo lo estrictamente necesario.  Quizás Dios no estaba tan de acuerdo, existen políticas divinas, pero ella no se iría sin que él no aceptase el trato. Así de grande imagino su amor.

Es probable también que existiese en esa conversación muchas disculpas, perdones y explicaciones. Quizás mi madre se fue comprendiendo por qué Dios la hizo padecer durante diez años tantas enfermedades, porque no la dejó disfrutar su juventud, apenas tenía 42 años cuando los diagnósticos médicos empezaron a llegar; por qué la hizo ver padecer a su hijo de 7 años con cáncer, y por qué jamás pudo vivir ningún viaje a la aventura con su hija. Estoy segura que, entre argumentos y códigos divinos, a algún trato debieron llegar.

Pero faltaba algo importante: que yo aceptase dejarla ir, que renunciara a su presencia. Y no pude hacerlo hasta el quinto día después de la crisis, cuando mi amor por ella sobrepaso todo egoísmo. Me paré frente a ella, y la vi respirar con dificultad, estaba llena de aparatos que la mantenían con vida, no podía hablarme, ni verme, pero estoy segura que me oía.

Le agradecí su presencia en mi vida, le pedí perdón y también la perdoné. Tomé su mano y le hablé del inmenso amor que le tenía, y en nombre del cual la dejaba ir. Y me quedé ahí, viéndola partir con la mitad de mi vida. Irónicamente, ella me dejaba la mitad de la suya: mi hermano. Falleció a las 11:40 am.

Después de la declaración del deceso, sólo tuve 5 minutos más, para abrazarla y sentir sus manos tibias. Luego la acompañé hasta la morgue, y durante todo el trayecto le pedí que no tuviese miedo, le juré que ella estaría conmigo aun cuando ya no pudiese tocarla.

El adiós

Mamá fue acompañada a su última morada por su familia y amigos más íntimos.  En medio del dolor. Le dedique algunas palabras, que fueron esbozadas desde lo más profundo de mí: “Honra a tu padre y a tu madre dice un pasaje bíblico, en una traducción muy personal haré la siguiente interpretación: ama a tu madre, socórrela y atiende sus penas y necesidades, ayúdala a cumplir sus sueños…” al termino de mi alocución, el ataúd fue cargado por sus amigos y hermanos, y llevado hasta el nicho, donde en un círculo de cariño y afecto la personas  que la amábamos, pudimos decirle adiós por última vez.  

Mi hermano y la promesa.

Un viejo amigo me dijo que es en la muerte de los padres cuando uno conoce el dolor verdadero. Y aunque existan diferentes formas de expresarlo, lo cierto es que este dolor sobrepasa las fuerzas.

El ataúd de mamá fue descendido lentamente a lo más profundo del sepulcro, en un tiempo que se hizo eterno. Mi hermano y yo nos asomamos casi al mismo tiempo, él con una rosa roja, y yo con una blanca, para prometernos lealtad frente a la tumba aún abierta de mi madre. Después de eso, poco a poco el sepulturero fue tapando con tierra el ataúd.

De ese día, debo reconocer que hay escenas que no recuerdo. Es probable que mi mente decidiera borrarlos adrede. Pero si recuerdo que casi al mismo tiempo que todo esto ocurría, yo sentía los abrazos de muchas personas. En ninguno pude encontrar una calidez semejante a los de mamá. Después se fueron retirando uno a uno los asistentes. Y detrás de todos quedé yo.

Días sin ella

Anoche volví a soñar a mamá, estaba más hermosa que nunca, sin rastro de ninguna enfermedad. Su piel había recuperado su color y sus ojos lucían llenos de luz. Llevaba puestos los aretes marrones que le regale y una blusa de encaje. Sonreía y me abrazaba. Hablamos de lo que pasó días después de su partida, le conté de los rencores que surgieron con sus hermanos, de los resentimientos que me causaron sus acciones.  Ella me miro con su infinito amor, y llena de ternura me pidió perdonar.  Desperté de aquel sueño contenta, porque mamá en su nuevo plano, en nueva versión de existencia había encontrado la forma de comunicarse conmigo y acompañarme.

Huaraz, 12 marzo de 2023

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Mi nombre es Yosselin Yudith Amaya Cabello, nací en la ciudad de Casma, y volví a nacer 25 años después en un pueblo llamado Uchuhuayta, al redescubrir mi propósito en la vida: ser docente y dedicar mi vida a la enseñanza y escritura. Actualmente trabajo en diferentes proyectos educativos en el Perú desenvolviéndome cómo líder. Soy coautora del libro de cuentos "Veintitrés mundos: antología valiente de relatos peligrosos".

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