Yosselin Amaya

Adiós Eterno

Seis meses después de la muerte de mamá, he vuelto a recoger los últimos enseres y recuerdos de valor en el hogar que compartí con ella. Llené todo lo que pude en mi maleta, no dejé nada. No volveré nunca más. No existe nada que me haga regresar. Antes de marcharme, cierro los ojos y me permito recordar por última vez. Frente a mí, se eleva aquella esquina llena de recuerdos de mi infancia. De pronto, casi todo a mi alrededor se deconstruye, el letrero luminoso desaparece y vuelve a ser una pizarra de tiza que ofrece comida a los transeúntes. El edificio de cinco pisos deja de serlo y retrocede al tiempo en el que es una casa rústica con paredes de estera. Yo dejo de ser una mujer adulta, para volver a ser la niña con la mirada caída y la expresión triste, que vive en la casa de techo de Eternit, la sobrina de la costurera, la nieta de la anciana renegona, la hija de doña Claudia.

Mi mente me lleva a aquel día en que velaban al hijo menor de mis abuelos. El servicio funerario coloca frente a la casa, sobre una base de metal, el ataúd; mientras los asistentes se organizan en forma de U, y en medio de todos ellos mis abuelos se toman de la mano. De todos los lados de la calle, especialmente de aquella esquina, uno a uno, los vecinos se congregan, algunos vestidos de negro, otros con flores, unos cuantos no se animan a acercarse a la casa y observan a lo lejos la dolorosa escena. Una vecina que es enfermera, y que innumerables veces le administró morfina al difunto, se acerca cautelosamente a consolar a los padres del finado; sin presagiar que cinco años después, la misma madre que ahora llora la muerte de su hijo, abrazaría a su hija también, consolándola por su repentina muerte. Mi abuelo toma la mano de su esposa, la abraza, y sin poder evitarlo tose, no sabe que ese es el anuncio de una irreversible fibrosis, y que tres años después, aquella mujer con la que compartió treinta años de su vida lloraría su partida. De pronto los músicos entonan “nadie es eterno” y las lágrimas se desatan por doquier. Cierro los ojos, y los vuelvo a abrir con la calma de una persona que ha perdido y ganado cuantas veces es posible en la vida.

En la misma esquina, pero desde otro ángulo, veo a los niños del barrio jugar fútbol, se salpican tierra mientras anotan un gol. El más pequeño de ellos reparte indicaciones, a la vez que se mueve de lado a lado en el arco construido improvisadamente con zapatillas. Lo observo y no logro comprender en qué momento de su vida dejó de defender ese arco, y se volvió consumidor de cocaína. Casi como avizorando el futuro, me mira, sonríe y pide que le regrese la pelota que sin querer pateó cerca de mí. Tiempo después, los muchachos de mi barrio tomarían rumbos distintos, y aquella calle sería asfaltada para ser transitada por decenas de vehículos. Los muchachos de ese entonces no volvieron a jugar allí, ni ellos, ni los que les siguieron después.

Esta esquina que ha visto tanto como yo, me lleva al pasado y trae al presente, sin discriminar recuerdos. Desde aquí escucho a mi abuela decir: “…Los años pasan rápido, en cualquier momento voy a morir”. Veintiséis años después le repite lo mismo a sus vecinos y a quien la quiera escuchar. La recuerdo sin canas, todavía no cojea, aún sonríe, yo aún la quiero. De pronto mi tía cruza la sala con la cinta métrica amarilla colgada en su cuello. Ella no lo sabe, pero es feliz. No ser consciente de aquella felicidad puede llevarnos a perder el rumbo. Una vez más retrocedo al pasado y la veo con los ojos de la niña que se refugiaba en ella buscando cariño. La veo con admiración, tan lejos de la tirria que despertaría en mí aquella mujer alcohólica en la que años más tarde se convirtió.

Son pocos los minutos que me quedan para evocar recuerdos en este barrio que me vio crecer, pero no puedo irme sin volver a ver a mamá. Ella cruza la esquina y pienso que es hermosa, tiene el cabello ondulado, es de piel clara, y una enorme sonrisa se dibuja en su rostro al verme. Llega a casa y la ilumina. Corro para tomarla de la mano, me mira con ternura mientras le pido que me lleve a la tienda a comprar caramelos. Caminamos juntas por la acera; acompañando mis recuerdos, las poncianas de la plazuelita se mueven con el viento, don Alejo camina hacia su casa empujando su triciclo, doña Rita cruza presurosa la calle llevando pan a su casa. Mis primos corren para alcanzarnos; la tarde va cayendo, y yo abrazo la cintura de mamá, mientras ella me pregunta qué quiero cenar…

Huaraz, noviembre de 2023

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Mi nombre es Yosselin Yudith Amaya Cabello, nací en la ciudad de Casma, y volví a nacer 25 años después en un pueblo llamado Uchuhuayta, al redescubrir mi propósito en la vida: ser docente y dedicar mi vida a la enseñanza y escritura. Actualmente trabajo en diferentes proyectos educativos en el Perú desenvolviéndome cómo líder. Soy coautora del libro de cuentos "Veintitrés mundos: antología valiente de relatos peligrosos".

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