Cuentos

Amapolas en el jardín

«Porque el alma tiene de amapola las arrugas y también lo etéreo lo efímero y lo que se lleva el viento»
Carlos Alvarado Larroucau

El día en que conocí a Maite, no imaginé que sería el final de la vida que había llevado hasta entonces, el final de mi mundo. Habíamos coincidido en la fiesta de cumpleaños de un amigo común. Destacaba entre la concurrencia que merodeaba la inmensa mesa del buffet esa mujer bonita, alta y distinguida, que se movía con sensualidad cada vez que se reía o que hablaba mientras cortaba el aire con sus manos. Me dediqué a observarla con discreción, sus animadísimas pláticas, su obsesión por el camembert, su vestido largo color turquesa. Me tomó algo de tiempo cerciorarme que no había venido acompañada, pese a encontrarse siempre rodeada de caballeros. Un nutrido grupo de mozos muy bien vestidos iban y venían ofreciendo canapés y toda clase de cócteles, mientras yo me esforzaba por evadir cortésmente a los amigos que me abordaban para no perderla de vista.

Solo después de mi tercer Martini es que gané valor para acercarme, aprovechando el instante en que se encontraba sola. Disculpa mi atrevimiento, le dije, imitando la voz de un hombre decidido, pero verte me perturba demasiado, debes estar acostumbrada a causar este efecto en la gente. Solo en la gente cándida, me dijo con una gran sonrisa. ¿Nos conocemos? Luego de presentarnos y ensayar una que otra cursi galantería, Maite –que también iba por su tercer vodka- me llevó sin preguntarme a la esquina menos iluminada de ese inmenso jardín interior. Fue allí donde nos besamos, parados sobre el pasto húmedo y debajo de un árbol apenas atemperados por la leve brisa de aquella noche.

Tuvimos un romance acelerado, de solo seis meses, pues antes de empezar el séptimo ella me propuso matrimonio. Para empezar de una vez a organizar mis horarios, me dijo. Vaya. Qué ejecutiva. Eso también admiraba de ella. ¿Quién no querría vivir con una mujer así? Acepté de inmediato.

Nos casamos por civil sin mucho aspaviento y nos fuimos a vivir a mi pequeño departamento en Pueblo Libre. Tuvimos que hacer sitio a las cosas de Maite, sobre todo a su ropa —tenía mucha— así como a sus libros. Ambos éramos profesores universitarios. Yo me encargo de eso, me dijo Maite, verás que haré magia para que todo encaje. Así ocurrió. Le encantaba decorar y redecorar, tenía la habilidad. En el año que estuvimos allí, la disposición de los muebles, la ambientación de la sala y la ubicación de los cuadros en algunas paredes sufrieron modificaciones por lo menos tres veces. Y aunque no siempre los cambios los sentía necesarios ni eran de mi completo agrado, veía que estas movidas la hacían feliz y eso me bastaba.

Me gustaba consentirla, ella lo sabía y se engreía conmigo. Ningún hombre me ha tenido tanta paciencia, me decía de vez en cuando, perfectamente consciente de la frecuencia de sus antojos y hasta de sus majaderías. Sabía, además, que una sonrisa y un beso suyos lo borraban todo. A Maite le gustaba también mi forma de hablar, siempre tan correcto, tú eres profesor de historia pero pareces profesor de lengua, me decía siempre. Los fines de semana nos gustaba salir en bicicleta a hacer compras en el Mercado Municipal de Pueblo Libre, al costado del cuartel Bolívar, o a recorrer de ida y vuelta la avenida Paso de los Andes, desde el Parque de La Bandera hasta que terminaba la alameda en el cruce con General Clement. No eran mis hábitos, pero me compré la bicicleta a pedido de ella y acepté introducir esta nueva rutina en nuestra vida. La primera de varias que cambiarían más cosas de las que me era posible ver o imaginar en ese instante.

***

Cada quién tiene sus manías. Las flores eran las mías. Y bueno, en verdad, era un vicio que heredé de mi padre. Para papá, el jardín era su vida, y sus flores sus hijas más queridas. Desde que yo era niño y, sobre todo, después que se jubiló, pasaba buena parte del día observando, podando, limpiando y organizando sus flores y sus arbustos con una minuciosidad admirable. Detrás de cada mata había siempre una historia, una expectativa, una emoción, una lucha constante por abrirle paso a la belleza en medio del calor y la sombra, la aridez y la humedad, las lombrices y los caracoles.

¿De verdad necesitas tanta maceta?, este es el espacio de la lavandería, quita sitio para caminar, amor. La pregunta surgió un domingo por la mañana, día de lavar la ropa, y me cogió de sorpresa. Mis azaleas, mis violetas, mis gardenias y mis begonias me habían acompañado toda la vida. Nunca nadie me había preguntado si podía prescindir de ellas.

Claro que las necesito, le respondí. ¿Pero no es más práctico comprar un par de ramos cada semana?, así te evitas el trabajo de cultivarlas. Yo veo que te quitan mucho tiempo. No, preciosa, le dije, así está bien. Las voy a arrimar un poco hacia allá para dejar esta esquina libre. A veces era condescendiente conmigo y me ayudaba a regarlas o podarlas, pero, en general, me dejaba el trabajo a mí, mientras ella se ponía a hacer otra cosa.

Después de la muerte de mamá, cuando tenía yo siete años, mi padre se hizo cargo por entero de mí. Las abuelas se turnaban para cuidarme mientras él estaba en el trabajo, pero a partir de las 5 de la tarde llegaba a prepararme la cena, a vigilar mis tareas, a meterme a la tina, a dejar lista la mochila del colegio para el día siguiente, y también a leerme cuentos echados en la cama hasta quedarnos ambos dormidos. Los fines de semana pasábamos horas en el jardín, yo jugando embelesado con el barro, el agua y los insectos de tierra, él podando y regando sus flores. Me enseñó a sembrar semillas de amapolas en almácigos, a cuidar sus primeros brotes, a drenar la tierra, a trasplantarlas después con delicadeza y a limpiarlas de bichos. Una que otra vez tuvo que llevarme a la posta médica por picaduras de avispa o de araña o por raspaduras horribles cuando me caía sobre el rosal, pero jamás me quitó la seguridad ni la ilusión por la vida jardinera.

Al cumplir 71 años le diagnosticaron un cáncer avanzado. Entonces, el viejo cayó en depresión. Se nos fue rápido, llevándose consigo una buena parte de mi vida. Durante sus últimos tres meses, si no hubiera sido por don Julio, su jardinero de siempre, el jardín hubiera sido también presa de la tristeza. Mi padre entraba cada vez menos a hacer su faena diaria y lo hacía con cada vez menos fuerzas.

En ese pedazo de tierra hay 40 años de mi vida, hijo, alcanzó a decirme antes de morir sobre la cama de ese hospital. Sé lo que significa para ti, papá, lo interrumpí. En efecto, yo había pasado toda mi niñez jugando en ese césped, acompañándolo siempre. Entre susurros le dije: lo dejas en buenas manos. De esa manera, la antigua casita rosada donde nací, con su espléndido jardín, fue su principal herencia y el que yo me haga cargo de sus cuidados, su última voluntad.

Fue así que la partida de mi padre supuso dejar mi departamento en Pueblo Libre para mudarnos con todo a la vieja casa familiar. Nos fuimos a instalar en esa casita de dos plantas en La Aurora, frente al Parque Ramón Castilla, al lado de un edificio nuevo de cinco pisos. Era de lejos la menos ostentosa de toda la cuadra, pero la que lucía el más hermoso de los jardines.

La casa nos quedaba grande, pero Maite se organizó de inmediato para distribuir todos nuestros trastes de la mejor manera. Sus muebles, sus colores, su decoración, correspondían al ambiente de una persona de 70 años, pero eran los escenarios que yo amaba, los mismos donde crecí. En cada habitación, en cada esquina, estaba yo tirado en el piso jugando con mi rústico camioncito de madera, con mi robot de cuerda, con mi platillo volador a pilas, con los soldaditos de plástico cuyas articulaciones acostumbraba reblandecer con un fósforo para cambiarlos de posición. Estaba también la vibración de los boleros que escuchaba mi madre inundando la casa de melancolía, la vieja radio de mi padre sintonizando programas en onda corta, el bullicio de la familia con ocasión de cualquier cumpleaños o el olor del tomate, la cebolla, el queso y la carne molida de la salsa que solía hacer mamá a la hora del almuerzo para teñir de rojo los espaguetis.

Desde que nos instalamos allí, nuestras rutinas cambiaron. La casa nueva trajo nuevas obligaciones y coincidió también con una etapa más exigente en la facultad. Llegaba tarde. Ahora las compras las hacía solo ella, los paseos en bici se fueron haciendo muy esporádicos, mis tiempos se fueron estrechando. Naturalmente, el jardín suponía una dedicación que me era imposible regatear. Lo primero que hice fue trasplantar las flores de mis macetas. Luego me hice el hábito de entrar a regar cada noche, a respirar el aroma de la tierra húmeda y el perfume de los alhelíes, a admirar la abundante floración de las petunias en sus variadas tonalidades, a deslumbrarme con las amapolas, las favoritas de mi padre, cuyas semillas fueron el ingrediente principal de las antiguas pócimas del amor, a contemplar los hermosos racimos multicolores de las hortensias o a disfrutar de mis hermosas margaritas. Además, cada fin de semana invertía buenas horas en librarlas de bichos, en limpiar sus hojas con algodón húmedo y en todos los cuidados que cada una de ellas necesitaba de mí.

A Maite le llamaba la atención mi consagración a este pequeño edén y el tiempo que me consumía. Si mis rituales con las macetas les parecían un exceso, esto la desconcertaba. Al principio entraba conmigo al jardín y me ayudaba alcanzándome las herramientas o la regadera, pero después se aburrió. Nunca logré interesarla realmente en el cultivo de las flores, a las que prefería verlas cortadas y en un jarrón. Qué bonito, me decía con desgano cada vez que me esforzaba por mostrarle detalles que eran motivo de asombro para mí, como los nuevos brotes de petunias o la variada coloración de los geranios en su máximo esplendor veraniego.

***

Al poco tiempo de casados, la universidad me involucró en un proyecto académico muy importante que me exigía viajar a Santiago cuatro veces al año, por una o dos semanas cada vez. El encargo me era muy ventajoso, pero era la primera vez desde que murió mi padre que iba a alejarme de Lima por periodos tan prolongados. Venía a apoyarme todos los fines de semana el maestro don Julio, nuestro eterno y fiel jardinero. Ahora iba a tener que recurrir a él de un modo más permanente.

Maite, tú sabes lo importante que es este jardín para mí, sólo te pido que chequees a don Julio, él es un buen jardinero, le he dicho que venga martes, jueves y sábado, vigila que cumpla. Ah, un favor adicional, el pasto japonés necesita riego diario, lo que debes hacer cada noche es abrir el grifo del jardín, eso es todo, y los aspersores harán su trabajo. No lo abras muy fuerte nomás porque el agua le caería a flores que no necesitan tanta humedad. Tampoco lo dejes abierto más de 15 minutos o se me inunda todo y sería la ruina para las amapolas. Ah, recuerda que las hortensias se riegan con agua hervida todos los días. Don Julio lo sabe, pero los días que no viene te voy a rogar que lo hagas tú. No te va a quitar mucho tiempo, por favor.

Maite me abrazó y me besó. Anda tranquilo mi vida, me dijo amorosamente, déjame la casa a mí. Yo me hago cargo de todo. Lo único que debe ocupar tu mente soy yo. Preocúpate por volver pronto nomás. No tenía dudas, yo amaba a esta muchacha. Su sola presencia en mi vida me llenaba de ilusión. Más todavía el poder empezar nuestra vida juntos en la casa donde nací y en la que viví toda mi infancia.

Durante las primeras dos semanas que estuve en Santiago, Maite llevó a su mamá a la casa para que la acompañe. Decía que le daba miedo quedarse sola pero, la verdad, es que ambas eran inseparables. Si antes no lo había hecho no fue por falta de ganas, sino porque el departamento era muy chico. Ahora había sitio de sobra. La señora era una mujer apacible y servicial, pero estábamos recién casados y, por lo mismo, no me hacía mucha gracia tener a alguien ajeno, no importa quién, metido en casa.

La primera sorpresa que me llevé a mi regreso de Santiago fue el césped amarillento y la tristeza de mis hortensias y margaritas. Les faltaba agua. Ay, perdóname, mi amor, me dijo, pero eso de estar abriendo el caño cada noche, ni mucho ni poco ni por más de quince minutos, es una cosa tediosa. Yo también tengo cosas que hacer mi vida, compréndeme. ¿Pero don Julio no ha estado viniendo?, le pregunté. La verdad es que a veces he llegado tarde del trabajo o de dar clases en la universidad y mi madre nunca le abre la puerta a nadie. Bueno, algunos días me he ido también a pasarla a casa de mi mamá porque ella no podía venir. ¿Es que no te das cuenta de lo que has hecho, Maite?, le dije molesto. Ay, mi vida, me respondió, ya te dije que lo siento, no te enojes así, no vas a pelearte conmigo por unas flores. Entonces puso cara de niña y me abrazó.

Mortificado pero haciendo un esfuerzo sincero por entender las circunstancias, con la ayuda de don Julio pude restablecer el orden y la belleza natural de las cosas. Dicho sea de paso, me sorprendió también encontrar una nueva disposición de los muebles y varios adornos que heredé de mis padres guardados en un baúl. No van con el estilo de la casa, me dijo Maite, déjamelo a mí que le voy a ir dando a todo un toque de modernidad. Yo sabía que le gustaba redecorar, ella era además una mujer con iniciativa, de esas que no se detienen a darle más de una vuelta a las cosas, pero no me simpatizaba demasiado la idea de cambiar de estilo a la casa, al menos no tan pronto. En fin, pensé que no era para hacer cuestión de estado. Lo dejé pasar.

La universidad me advirtió que mi segundo viaje a Chile se podría prolongar por un mes. ¿Un mes?, me dijo Maite horrorizada al enterarse. ¿Y qué me voy a hacer aquí sola por un mes? Mi amor, le dije, es solo una posibilidad, no es seguro. ¿Y así va a ser siempre?, me respondió con fastidio. No lo creo, le dije, son circunstancias muy especiales, pero nos mantendremos comunicados. Las primeras semanas, sin embargo, Maite se me engrió más que nunca reclamando a cada rato mi retorno a casa. Me aburro aquí sola, me decía constantemente. Pero se enojó mucho más cuando se confirmó finalmente la propuesta de extender mi visita por dos semanas más. ¿Y tú aceptaste?, me dijo furiosa. Son cosas del trabajo, amor, traté de explicarle, pero no debo declinar, me conviene, nos conviene a ambos, quince días pasarán pronto.

Un día antes del retorno, pude encontrar en una feria de Santiago una artesanía en madera fabulosa y pensé de inmediato en lo bien que quedarían esos objetos en la sala de la casa. Compré varios adornos. Lo que encontré a mi regreso, sin embargo, fue la sala toda pintada de blanco, los muebles tapizados del mismo color, y muy escasos objetos decorativos, todos de metal, que me eran desconocidos. Qué es esto, pregunté. Estilo minimalista, me dijo Maite con una amplísima sonrisa. Sí, claro, pero, ¿por qué lo has hecho sin consultarme?, le dije. Ella no se inmutó. Mira, me dijo, tú casi nunca estás aquí. Si cada cosa que se necesita hacer se tuviera que conversar primero, no se haría nunca. Si hay algo que debas hacer, lo haces y punto, para qué perder tiempo en discusiones. Además, mi amor, relájate, la casa ahora está hermosa. Lo he hecho pensando en nosotros, tú y yo somos jóvenes, merecemos una casa más moderna. Esto ya parecía el túnel del tiempo. Luego me regaló otra espléndida sonrisa, me besó, me abrazó y todo olvidado. Suspiré. Las artesanías de madera me las llevaré a mi oficina, le dije en voz baja.

Pero fue entonces que entré al jardín. ¿Dónde están mis amapolas?, grité horrorizado. Se murieron, me dijo desde adentro. Toqué el suelo y lo encontré sumamente húmedo. ¡Pero te dije que no necesitaban mucha agua! ¿Has dejado la manguera abierta por cuánto tiempo? Entonces Maite entró al jardín y me dijo con voz serena: entiende una cosa, mi amor, nosotros no podemos tener flores tan delicadas, ambos somos personas ocupadas que no pueden darse el lujo de utilizar el poco tiempo que pasan en casa en las plantas, ¿o ya no te gusta conversar o ver una película juntos o salir a pasear en bicicleta o meterte a la cama conmigo? Tú no puedes decidir eso sin mí, le dije contrariado, esas flores las heredé de mi padre, son importantes, si algo te molesta me lo dices pero no lo decides sola. ¿Ah, no?, me dijo, entonces para de viajar y quédate en la casa a hacerte cargo de tus cosas. Te largas un mes. Me dejas todo a mí. Que si no riego está mal y si riego, también está mal ¡Qué complicado habías sido!

Sentí ganas de decir mierda, de reclamarle su desconsideración, su falta de respeto, ¿por qué no fue capaz de hacer algo tan simple? La sangre me subió al rostro, apreté los puños con fuerza, como cuando agarro el hacha para podar mi Ficus, sentí tanta rabia en ese instante que me podía haber reventado el corazón. Por eso no dije nada. Antes de hablar demás y después arrepentirme, preferí tragarme la cólera, me mordí los labios y me di media vuelta en silencio, en dirección al jardín.

Mis petunias estaban también marchitas, pues a pesar de necesitar abundante agua no pueden estar en un terreno encharcado. Mis hortensias palidecían igual, de seguro que habían sido igualmente regadas en exceso y no con agua hervida. Mis suculentas también habían muerto ahogadas en el charco. Don Julio me dijo que ya no venía durante la semana porque nunca encontraba a nadie. No podía creer lo que estaba pasando con mi jardín, no podía resignarme a la muerte de mis amapolas, no podía entender la displicencia de Maite, me ofendía el poco valor que le daba a las cosas que tanto esfuerzo me costaban.

Las semanas que estuve en Lima hice lo que pude por reparar los daños, pero mi tercer viaje a Santiago también se extendió por un mes. Eso fue otro drama. Le pedí entonces a Julio que venga sábados y domingos, pues ya sabía que no podía encargarle nada a mi mujer. El cuidado de un jardín exigía delicadeza y, ahora lo comprobaba, esa cualidad no la distinguía. Tuve que comprar un dispositivo electrónico que activaba la manguera cada día a una misma hora, en el tiempo y la intensidad adecuados. Al menos eso estaba resuelto. Ahora bien, como el jardín se había vuelto un tema tabú entre nosotros, tuve que resignarme a vivir sin información sobre mis flores durante mi ausencia. Confiaba en que el jardinero se esforzaría por compensar los fines de semana el más que probable abandono de los días previos.

Por un problema entre el aeropuerto y la aerolínea el retorno a Lima se adelantó en dos horas, pero no le dije nada a Maite porque sabía que estaba en clases. Una vez frente a la casa me impresionó ver la fachada antes rosada ahora toda pintada de blanco. La buganvilla que desbordaba majestuosa el muro exterior ya no estaba. Una vez dentro, vi que el estilo minimalista de Maite había invadido por completo todos los rincones. El blanco dominaba, sólo contrastado por el rojo de algunos cojines convenientemente distribuidos por aquí y por allá. El cuero, el aluminio y el cristal era la tónica de los nuevos muebles. No había nadie. Supuse que Maite estaba aún en la universidad.

Un sudor frío me recorrió de pronto. Me dirigí rápidamente hacia el jardín. Entonces se me heló la sangre. El césped japonés, que mi padre cultivó con perseverancia por largos meses hasta hacerlo brotar y expandirse como una mullida alfombra verde, había sido reemplazado por veredas de cemento y losetas. No había petunias ni alhelíes, no había hortensias ni geranios, el rosal había desaparecido, también mis suculentas, sólo sobrevivían las margaritas, que ahora se había multiplicado por doquier. Una caída artificial de aguas, que simulaba un manantial natural, estaba incrustada sobre la pared del fondo y una multitud de luces indirectas resaltaban el verde de unos helechos colgantes que poblaban las paredes laterales. En una esquina, destacaban numerosas amapolas rojas, blancas y amarillas, que lucían tan bellas como un cadáver recién acicalado. Eran de plástico.

Me senté entonces en el suelo al lado de mis margaritas, las únicas sobrevivientes de esta espantosa devastación. Entonces lloré. Esta ya no era mi casa. Ya no era la casa en la que crecí. De pronto me sentí un extraño, un invitado, un inquilino de menor rango que mi propia suegra. No. Yo no me había casado para esto. Nunca imaginé que algo así pasaría. Retiró los adornos de mi padre, me trajo a su madre a vivir aquí, cambió los muebles, repintó la casa, marchitó mis flores, se bajó la buganvilla y ahora esto, esta mierda. Entonces me incorporé, cogí las flores artificiales con las dos manos y tiré con furia de ellas hasta arrancarlas todas, tomé las macetas colgantes y las estrellé contra el piso una por una, reventé los focos laterales con un pedazo de loseta y corrí a la cocina a buscar un martillo para bajarme la gruta a golpes. No podía contener las lágrimas. Estaba harto de Maite.

Pero ahora me iba a escuchar. Yo quería mi casa y mi jardín de vuelta, tal como estaban antes de irme. Quería mis amapolas de regreso. No quería la presencia impuesta de su madre en casa. En realidad, no quería a ninguna de las dos en casa. Sentí que este matrimonio había sido un error, un terrible malentendido. Era mejor cortar ahora que estábamos recién empezando, mejor ahora que después, mejor antes de arruinarnos vida.

Cuando me disponía a regresar al jardín a terminar lo que empecé, se abrió la puerta de la casa. Era Maite. Amor, ¡llegaste temprano! ¿Ya viste el jardín? ¿Lo viste? ¿Sí? No puede ser, ¡yo quería darte la sorpresa!, me dijo.

Permanecí parado delante de ella con el martillo en la mano, conteniendo la ira. Ella corrió y me abrazó con fuerza mientras me repetía, dime que te gusta, dime que te gusta. Este jardín sí puedo cuidarlo, amor, te lo prometo, me será más fácil.

Quise responderle sin disimular mi irritación, quise decirle que me tenía empachado y que esto se acababa aquí. El cuerpo me temblaba, respiré hondo para darle fuerza a mis palabras. En ese instante Maite miró hacia el jardín y descubrió el desastre. Lanzó un grito de espanto y me miró con horror.

Mi respiración se empezó a agitar más y más. En qué maldita hora la había metido en mi camino. Esta no era la vida que soñé. Sujeté entonces el martillo con más fuerza, desplazando toda la furia de la que era capaz hacia mis dedos, y me dirigí hacia la sala sin saber para qué. Me quedé paralizado por un instante en esa enorme y mullida alfombra blanca que jamás imaginé tener en mi sala. Contemplé esos estilizados muebles blancos que nunca se me habría ocurrido comprar. Miré esos cuadros abstractos e indescifrables sobre las paradas blancas que me rodeaban ahora, vaciando mi imaginación. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado aquí. Un martillo no me era suficiente para desaparecerlo todo ni para desaparecerme a mí. Tampoco para recuperar mi vida. Mis dedos me dolían. Solté entonces el martillo y contemplé por un instante mis manos rajadas y enrojecidas. Me arrodillé en el piso, como quien suplica a nadie capaz de oírte. Llora, hijo, llora, deja que la tristeza se vaya, solía decirme mi padre mientras me abrazaba cuando me veía abatido por algo. Pero él no estaba aquí. No estaba. Esta ya no era su casa. Tampoco la mía. Entonces lloré. Cerré los ojos y lloré como un niño ante el cadáver de sus padres.

***

Cuatro meses me tomó reconstruir el jardín. Las nuevas plantas estaban aún en brote, pero ya crecerían. Ahora todo dependía de mí. Mis hortensias estaban a la sombra y en tierra ácida, las regaría a diario con agua hervida y sedimentada, como siempre debió ser. Mis margaritas estaban a la luz, pero les puse un pequeño toldo desmontable para protegerlas del excesivo sol. Al sol también estaban mis nuevas amapolas, a salvo de la humedad y de la indiferencia. Cuánta paz, por dios, cuánta paz ahora. Cada vez que entro a mi jardín y disfruto del silencio de la tarde, con los pies sobre el pasto humedecido y mis manos camufladas por el barro, se me vienen a mi mente los recuerdos de mi infancia. Mi padre siempre en el jardín, con su tijera y su pequeña lampa, mis juegos nocturnos con la manguera, las interminables batallas contra gusanos y hongos, mi colección de caracoles. Sus flores, sus amapolas, sus bellísimas amapolas, envueltos él y yo en el perfume de los alhelíes.

Fecha: Lima, 12 de mayo de 2014

Impactos: 20

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

2 Comments

  • Avatar

    Akíinat o Akiámu. Nacer o criar

    …Aprendí de mi padre que no todas las plantas son iguales y que para lograr su florecimiento necesitaba poner atención a sus diferencias y darle a cada una el cuidado especial que requería, aunque tomara más tiempo y más esfuerzo. Como fruto de esta certeza, mi jardín mantuvo su lozanía y su belleza por tres largos años…una sabiduría que me lleva a pensar en lo diverso de nuestro país y la necesaria atención que tenemos que poner antes de una acción practica y hegemónica..odio a Maite ¡¡

  • Avatar

    luisguerrero

    Muchas gracias por tu comentario y tienes toda la razón. Si las flores son distintas y necesitan una atención diferente, cuanto más las personas, a toda edad ciertamente pero más aún en la niñez. En cuanto a Maite, hay que tener cuidado, su espíritu se nos puede meter en el cuerpo a veces y obligarnos a pasar por alto los detalles importantes de la vida. Un abrazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *